Calle Preciados, 19.
-Mira Sam, aquí quizá haya algún peluche.
-Hmmm...
-No se te ve muy convencida...pff, estoy cansada, por mirar no pasa nada.
-Bien, paso yo primero.
Nos encontrábamos frente a un estrecho portal, ante nosotras, una destartalada puerta con los cristales destrozados se abría para dejarnos adivinar unas viejas escaleras de madera con forma de caracol.
Delante de mí, Sam apoyó la mano en la varandilla de la escalera para comenzar a subir, haciendo una mueca de disgusto al comprobar que su mano había aterrizado en una sustancia un tanto..."pegajosa". Al poner el pie en el primer escalón, éste comenzó a chirriar con desgana, poniendo todo mi cuerpo en tensión. Sam dirigió hacia mí sus burlones ojos verdes.
-Qué tétrico, ¿eh? - Mi voz trataba de ocultar la tensión a la que se sentía sometido mi cuerpo ante el desbordante aluvión de imágenes que lanzaba mi imaginación en situaciones dignas del inicio de una película de terror.
Samantha no respondió, se limitó a sonreír y siguió subiendo. Mis pies arrancaban quejidos a la antigua madera de los escalones y mi mente luchaba por controlarse, pues el sitio se volvía cada vez más tenebroso, en aquél edificio ya no vivía nadie, eso era seguro, y aquella escalera parecía no terminar nunca, ascendiendo hacia una cada vez más profunda oscuridad.
Los escalones terminaron, situándonos a las dos frente a una gran puerta de cristal que nos separaba de miles de muñecas sentadas en una enorme estantería, de cara a nosotras. Sus ojillos apagados parecían suplicar compañía, probablemente llevaban allí, sin dueño, más tiempo del que podíamos imaginar.
Sam se acercó a la puerta y posó su mano sobre el cristal, empujándolo hacia dentro. Un espeso olor a plástico y polvo nos rodeó, haciéndonos toser, por mi parte, y hacer una mueca de desagrado, por parte de ella.
-Espera - conseguí decir, aún tosiendo - ¿no ves que no hay peluches? Son todo muñecos...y no muy agradables, la verdad.
-Bueno, por entrar no perdemos nada, tenemos tiempo de sobra, por desgracia.
Haciendo caso omiso a mi petición, Sam avanzó entre estanterías, los muñecos lo invadían todo, estaban en los estantes, en el suelo, en el mostrador, e incluso encima de otros muñecos.
-Buah, no hay nada, ni siquiera está el dueño, mejor vámonos. - Dijo Sam, girándose hacia mí para señalar la puerta, pero su mirada se detuvo, asustada.
-Ey Sam, ¿qué pasa? - Samantha levantó el brazo para señalar con el dedo índice unos metros por detrás de mí. Su expresión era realmente inquietante. Me giré lentamente, temiendo lo que podía encontrar.
Al darme la vuelta, mis ojos pudieron comprobar el motivo del susto de mi amiga, una muñeca permanecía depié, de cara a nosotras, mirándonos con su único ojo de botón y con una extraña sonrisa pintada en su pequeña boquita.
-Eso antes no estaba ahí...¿verd... - No tuve tiempo de terminar la frase, la muñeca abrió la boca para soltar una chirriante carcajada, al tiempo que las luces de la endiablada tienda se fundían, sumiéndonos en la oscuridad.
-¡Corre joder!
No necesité oir más, mis pies se lanzaron a la carrera hacia la acristalada puerta por la que habíamos entrado, apartando con los brazos y atropeyando con las piernas a todos los muñecos que despertaban de su largo ensueño para perseguirnos. Pero por más que corrí, no pude encontrar la entrada. Desesperada, di media vuelta y seguí corriendo, pero ya no oía pasos a mi espalda.
-¿Sam? - Me detuve en seco, girando lentamente mi cabeza, para descubrir, horrorizada, cómo de las estanterías se lanzaban millones de muñecas, cubriendo por completo el espasmódico cuerpo de mi amiga, que arañaba el aire en busca de una salida y de la cual lo último que pude ver fueron sus ojos verdes, repletos de lágrimas de desesperación, y sus labios, que gritaban mi nombre en un último intento de ser socorrida.
Incrédula y dolida, me lancé sobre aquella montaña de falsos cuerpecillos en un desesperado intento de recuperarla. Los muñequitos se apartaron, mirándome en una suerte de intento de comprender qué pretendía con aquello. Pero bajo ellos no había nada, confusa, me giré, y entonces pude contemplar sus sonrisa, de afilados dientecillos ensangrentados, su posición hambrienta y aquellos ojos sin vida que me miraban con avidez. Entonces supe que debía correr. Escapé del abrazo de sus inarticulados bracitos a tiempo para no ser devorada por aquellos seres, compañeros de infancia de tantos niños.
Corrí, hasta vislumbrar de pasada una puerta de madera entreabierta, que dejaba escapar algo de luz. Sin dudarlo, me dirigí hacia allí, manteniendo mi ritmo desenfrenado.
Entré, cerrando la puerta a toda prisa y apoyando mi espalda sobre ella. Aseguré la puerta con una silla cercana y entonces pude detenerme a escuchar los sollozos que provenían del fondo de la habitación. Me giré, sobresaltada.
Una niña, al fondo de aquella especie de antigua habitación infantil, se acurrucaba, balanceándose llorosa, contra un enorme arcón con el dibujo grabado de un tiovivo. Aquella imagen causó en mí una profunda tristeza, recordando a la niña que aún lloraba tantas cosas en mi interior.
-¿Qué te pasa, pequeña?¿Estás aquí sola?¿Por qué lloras?
-Lloro porque yo tengo la culpa.
-Oh, dime, ¿de qué tienes la culpa?¿Qué crees que has podido hacer para tener la culpa de algo?
-Tengo la culpa de todo. De mi vida, de la de mis papás, de la de tu amiga...y pronto, de la tuya. Tengo la culpa por haberles dicho que os comieran.
La niña levantó la mirada, aún inundada de lágrimas. Me miraba con compadecencia, sabía lo que venía a continuación, y no pensaba ponerle remedio.
La tapa del arcón se abrió poco a poco, y de allí saltó una extraña muñeca, algo distinta de las demás. Sus apagados ojillos verdes predicaban mi destino.
Zorita.
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