Ya era de noche. Atravesé el campus a pie, observando las sombras que los edificios proyectaban sobre el suelo. Los fulgores mortecinos de las farolas apenas bastaban para iluminar el oscuro camino. No estaba solo Lorena y Sandra iban a mi lado.
-¿Qué tal el examen?-. Pregunté. -Como siempre...- Dijo Lore. -Siempre dices lo mismo y luego apruebas-. -Sí, sí, pero Elia se ha pasado un montón esta vez-. -Pues menuda novedad, al menos has estudiado más que yo ¿No?... ¿Lore?-. -¿Con quién hablas?-
Me sobresalté, Sandra me miraba sonriendo y no había ni rastro de Lore.
-Con Lorena ¿Se ha ido ya a la parada del bús?-
Me miró con complicidad, pero al ver que yo la miraba confuso su rostro demudó en preocupación.
-Jota... hace más de un mes que Lorena viene y va en coche a su casa-.
Me paré en seco mientras procesaba aquello... la miré.
-Es cierto, perdona no me acordaba-.
Sonrió y me tocó en el hombro.
-Deja de hacerte el idiota y vamonos que empieza a hacer frío-.
Reanudamos la marcha mientras ella hablaba de como le había ido el examen, lo que había respondido, lo que se había dejado... Yo dejé de escucharla cuando empecé a pensar en lo que había ocurrido un rato antes, debía de haber flipado o algo así porque hubiera jurado que... Me detuve en seco.
-Un momento- Dije -Tú no has hecho el examen, eres de primero, no tienes esa asignatura-.
Pero allí solo estaba yo. Miré a mi alrededor, en el fondo sabía que había ido solo todo el camino desde que había salido del examen de Elia. Me estaba empezando a asustar, saqué los cascos de mi bolsillo y conecte el reproductor del movil. Me sentí un poco más tranquilo cuando empezó a sonar "Inis Mona" a un volumen respetable. Eché a andar con el paso acelerado que imprimía siempre a mis pasos cuando iba solo a cualquier parte y salí del recinto de la universidad. Crucé la carretera y entré al portal de mi edificio. A esas horas, no había un alma en el portal, aunque normalmente era bastante frecuentado en las horas puntas. Subí en el ascensor hasta mi piso y abrí la puerta del piso.
Avancé por el recibidor hasta las escaleras y ví a Juan haciéndose la cena mientras tarareaba una canción, lo saludé y me respondió meneando la cabeza y sonriendo. Subí a mi habitación y encendí el PC. Zorita estaba conectada en el msn.
La verdad está sobrevalorada ^^ {5477} dice: *... *te vas a reir pero cada día se me va más la cabeza xD *estas?
Esperé, pero no me respondió "Bueno, pues nada" pensé para mis adentros, saqué una de las láminas que tenía que entregar y comencé a darle color con las acuarelas. En ese instanté los ojos se me abrieron de par en par. Sin querer, derramé el agua del bote donde limpiaba los pinceles sobre la lámina que comenzó a combarse. Juan no vivía en el piso desde el año pasado, se había graduado... y Elia no era mi profesora, era la profesora del otro grupo, mi profesor era Andrés. Mi cabeza comenzó a dar vueltas ¿Qué era real? ¿Qué no lo era? Me mareé, sentí nauseas y de repente la verdad me alcanzó como un rayo alcanza a un hombre en el centro de una llanura... yo... no existía tal cosa, yo era nada. Mi visión comenzó a distorsionarse y mis sentidos se resquebrajaron, mi mente se ahogó y mi cuerpo comenzó a desvanecerse, y sonreí, porque sabía que no habría un recuerdo de mí en ninguna parte, aún cuando aquellos que puedieran recordarme existieran y todo se apagó, mi conciencia se extinguió hasta que solo quedo... oscuridad.
Abrí los ojos y divisé el techo de mi habitación. Me puse las zapatillas y fuí al baño. Respiré con alivio al ver como mi reflejo me observaba desde el otro lado, acaricié mi rostro empapado en sudor y me recogí la melena pelirroja a la espalda. Me observé atentamente, estaba un poco más pálida de lo normal y en mis verdes ojos aún ardían unos pocos rescoldos de miedo. Me lavé la cara y regresé a mi cama. Me tendí, esperaba poder dormir tranquila el resto de la noche... a veces me preguntaba a mí misma de dónde sacaba mi mente aquellos personajes extraños y desconocidos que moraban en algunos de mis sueños... y pesadillas.
Echo de menos vivir en casa de mis padres mucho mas de lo que probablemente estaría dispuesto a admitir...
Otra noche en su cama mirando al techo. El despertador sonaba ya para levantarse a estudiar, lo apagó y cerró los ojos con rabia. Maldita sea, otra noche sin dormir. Su subconsciente se burlaba cada noche, se reía estrepitosamente en su interior, haciendo eco en su memoria, recorriendo cada fibra nerviosa de su cuerpo y atormentando cada rincón de su imaginación convertido en surrealistas pesadillas de incognoscible procedencia, pesadillas sin sentido que miraban con miedo lo que ellas mismas eran, lo que ellas sabían y lo que habían venido a decir. Pero ninguna nunca decía nada, o, por así decirlo, no eran escuchadas, quizá porque eran faltas de importancia, quizá porque tenían demasiada, quizá, porque, realmente, no se quisiera escuchar lo que ellas debían decir.
Miraba la pared con aire distraído, rascando la blanca pintura con la uña, comenzando ésta a desprenderse poco a poco. Paró de arañar la pared, que siguió desintegrándose, abriendo ante su mirada un profundo agujero que tiró de su cuerpo, hacia el inmenso vacío de su propia oscuridad.
Abrió los ojos, o eso creyó hacer, pues no hubo diferencia alguna. Aquella opaca oscuridad parecía envolverlo todo, de fondo podía escuchar aquella canción que su madre le cantaba todas las noches antes de dormirse. Pero sabía que no era ella, estaba ya muy lejos de la realidad. Respiró hondo, "¿otra pesadilla?" pensó, y sus pensamientos rebotaron algo más allá de la oscuridad, expandiéndose, como si de un grito se tratase, por aquel figurado infinito. Pudo sentir cómo poco a poco la oscuridad perdía opacidad, y a lo lejos pudo distinguir un punto luminoso, más que propio, un reflejo de alguna luz exterior, un brillo en una lejana superficie que llegaba hasta sus ojos con una ondulación acuosa. Una imagen comenzaba a formarse ante sus ojos, definiéndose en la oscuridad poco a poco, haciéndola menos densa. Apareció un enorme ojo de iris marrón verdoso y largas pestañas castañas. Su respiración se aceleró "es otra pesadilla", supo, inesperadamente, sus pies comenzaron a correr en dirección contraria a aquello que la miraba inmutable, "írónico", pensó "es lo único que el bicho puede hacer y es lo que más extraño encuentro". Como cada noche, corrió lo más velozmente que pudo, sintiendo cómo sus piernas se hacían más pesadas a cada paso, y, cuando creyó que ya no podría correr más, vislumbró una tenue luz a lo lejos y aceleró el ritmo con desesperación, decepcionándose al adivinar que aquel brillo no provenía sino de la misma criatura de la que estaba huyendo. Dándose por vencida, paró en seco, y con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a aquello que la miraba como única función posible, murmuró..."¿Qué eres?...¿Dónde estoy?" Aquel extraño ser se acercó más al rostro de ella y, entornando los párpados, respondió "Tú sabes dónde te encuentras porque eres la única que puede saberlo y la única que aquí puede llegar, por mucho que te niegues a ver la simple respuesta". Su "voz" abarcó todos los rincones de aquella oscuridad, llegando a sus oidos como un pensamiento desde el interior de su cabeza. "¡No! ¡Basta ya! Sácame de aquí, estoy harta de que juegues conmigo, siempre metido en mi cabeza, hurgando en mi memoria, revolviendo mis pensamientos, adueñándote de mis sentidos y riéndote de ellos, ¿qué eres? ¿Qué haces aquí?" "Tú lo sabes, ya has visto la realidad, pero no quieres reconocerla, soy lo que eres, ésta es la verdad, no hay más, deja de darle vueltas, las cosas son así, no importa si no te gustan, porque no puedes cambiarlas". La oscuridad había ido reduciendo su inmensidad, atrapándola en una imposible jaula mental, dejando a aquel ojo fuera de sus paredes. Comenzó a golpear las imaginarias paredes de la jaula, impotente, derrotada, sin lograr otro efecto más que el de martillazos en su cabeza. "¡Ya está bien! ¡Deja de atormentarme! No haces otra cosa, noche tras noche persigues la imagen de mi felicidad con sardónicas sonrisas y vacías promesas, gimiendo de falsa tristeza por mi huida y tambaleando con despecho mi mundo. No te voy a dejar salir, soy feliz, se acabó tu destartalada existencia, yo ya he aceptado que existes, y lo he superado, acepta tú que la vida terminó para ti".
Del enorme ojo salieron las grandes lágrimas que siempre habían salido, se había terminado, eso era cierto, pero esta vez las lágrimas, además de la acostumbrada tristeza, albergaban alguna gota de esperanza. La jaula había desaparecido, y, desíntegrándose en su sueño, pudo adivinar de fondo la nana de su madre, sonando con más fuerza que nunca, inundando de paz la oscuridad. Y, esta vez, cuando el despertador volvió a sonar, en su rostro podía adivinarse una extraña sonrisa de determinación.
Zorita.
P.D: En cuanto al título; Judd, lo prometido es deuda (aunque no tenga mucho que ver) ^^
"¿Pero es posible cambiar?. Los optimistas tienden a creer en esa posibilidad, con la implicación de que las cosas además cambiarán a mejor. La idea de que no podemos cambiar sugiere que no podemos mejorar, y nadie quiere creer esto, aunque algunos se pueden consolar con lo que también implica esta afirmación, no podemos empeorar. La pregunta es: ¿En qué medida es posible el cambio y hasta que punto no lo es?. ¿Es nuestra naturaleza como un palíndromo de alguna forma, impermeable al cambio por mucho que, paradójicamente cambiemos?. Algunos pueden encontrar la idea de que nunca cambiamos deprimente y determinista. Y aún así la incapacidad es en muchos aspectos liberalizadora, te libera entre otras cosas de la obligación de cambiar. Y aceptar esta incapacidad puede ser una manera de consolarse: nadie es inmune, todo el mundo debe ser quien es. Puede haber una sensación de estar condenado, pero también de redención."
Todd Solondz
">>Mi corazón latía con rapidez. Había llegado la hora del juicio que decidiría si mis esperanzas estaban bien fundadas o mis peores temores se confirmaban. Los criados se habían marchado a una feria cercana. todo estaba en silencio dentro y en los alrededores de la casa: era una oportunidad excelente. Pero, cuando procedí a ejecutar mi plan, me fallaron las piernas y caí al suelo. Me levanté y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, quité los tableros del cuchitril que ocultaban mi presencia. El aire fresco me me despejó y, con renovada determinación, me acerqué a la puerta de la casa y llamé.
>>-¿Quién es?-dijo el anciano-. Entre.
>>-Perdone la intromisión -dije entrando en la casa-. Soy un viajero que necesita descanso. Me sentiría muy agradecido si me permitiera calentarme junto al fuego.
>>-Pase-dijo De Lacey-. Intentaré aliviar sus fatigas. Por desgracia mis hijos han salido y, como soy ciego, me temo que me costará encontrar algo de comer.
>>-No se moleste, señor. Tengo comida. Solo necesito descansar y entrar en calor.
>>Me senté y nos quedamos en silencio. Sabía que cada minuto era precioso y, sin embargo, no conseguía iniciar la conversación. En ese momento el anciano me dirigió la palabra.
-A juzgar por su lenguaje, señor, supongo que es de mi país. ¿Es francés?
>>No, pero me educó una familia francesa y solo entiendo este idioma. Voy a pedir la protección de unos amigos, a quienes quiero con toda mi alma, y que espero que me acojan.
>>-¿Son alemanes?
>>-No, franceses; pero cambiemos de tema. Soy infeliz porque fui abandonado. No tengo parientes ni amigos. Esta gente tan agradable a quien voy a ver no sabe quién soy. Tengo mucho miedo porque si fracaso seré un marginado, un ser expulsado del mundo para siempre.
>>-No se desespere. Carecer de amigos es sin duda una desgracia, pero el corazón de los hombres, si ningún interés egoísta lo anima, rebosa de amor fraternal y caridad. Confíe en sus esperanzas y, si sus amigos son buenos y afables, no pierda la fe.
>>-Son amables, sí. . . Son los seres más fantásticos del planeta, pero, por desgracia, tienen prejuicios contra mí. Yo soy de buen natural. Hasta el momento no he causado daño alguno y mi vidaha sido, hasta cierto punto, satisfactoria. No obstante un prejuicio fatal les nubla la mirada y, en lugar de ver a un amigo compasivo y amable, solo contemplan a un monstruo detestable.
>>-Eso sí que es una desgracia, pero, si realmente es usted inocente, ya encontrara el modo de desengañarlos.
>>-Esa es la tarea que voy a a acometer. Estoy aterrorizado. Quiero a esos amigos con todo mi corazón. Desde hace muchos meses, sin que lo sospecharan, he adquirido la costumbre de procurarles atenciones cada día, pero ellos creen que deseo lastimarles, y ese es el error que deseo aclarar.
>>-¿Dónde residen esos amigos?
>>-Cerca de aquí.
>>Si desea confiarme sin reservas los pormenores de su historia -dijo el anciano tras permanecer un rato en silencio-, quizá le pueda prestar mi ayuda para sacarlos de su error. Soy ciego y no puedo juzgar cómo es su rostro, pero algo en sus palabras me dice que es sincero. Yo soy pobre, un exiliado, pero será un gran placer prestar mis servicios a un ser humano.
>>-¡Es usted un hombre excelente! Se lo agradezco y ac epto su generosa oferta. Su gentileza conseguirá salvarme; y confío en que, gracias a su ayuda, no me veré privado de la compañía y la compasión de sus semejantes.
>>-¡Que el cielo no lo permita! Aunque fuese un criminal lo haría, porque lo contrario solo conduce a la desesperación y no conmina a practicar la virtud. Yo también soy afortunado. Mi familia y yo fuimos condenados a pesar de nuestra inocencia. Juzgue, por consiguiente, si no soy capaz de apiadarme de sus infortunios.
>>-¿Cómo se lo podría agradecer, mi preciado y único benefactor? De suslabios oigo por primera vez que alguien me dirige palabras de afecto. Le estaré siempre agradecido, y la humanidad que ahora me demuestra me hace confiar en esos amigos a quién estoy a punto de conocer me recibirán con los brazos abiertos.
>>¿Puede decirme el nombre de sus amigos y el lugar dónde viven?
>>Permanecí en silencio. Había llegado el momento de decidirse, pensé, el momento que iba a privarme de la felicidad, o a concedérmela para siempre. Hice acopio de valor para responderle, pero fue en vano. El esfuerzo había terminado con las pocas fuerzas que me quedaban. Me hundí en la silla y empecé a sollozar. Fue entonces cuando oí los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía ni un momento que perder y, cogiendo al hombre de la mano, grité:
>>-¡Esta es la ocasión…! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son los amigos que busco. ¡No me abandone en la hora del juicio!
>>-¡Santo cielo! –exclamó el anciano-. Dígame, ¿quién es usted?
>>En ese instante la puerta de la casa se abrió y Félix, Safie y Agatha entraron. ¿Quién iba a describir el terror y la consternación que sintieron al verme? Ágatha se desmalló y Safie, incapaz de ayudar a su amiga, salió corriendo. Félix saltó sobre mí y, con una fuerza sobrenatural, me apartó de su padre, a cuyas rodillas yo estaba aferrado. Dominado por la furia, me lanzó al suelo y me golpeó violentamente con un palo. Yo habría podido despedazarlo, miembro a miembro, como el león destroza al antílope. No obstante, me hundí en el más amargo de los pozos y me abstuve de defenderme. Cuando vi que Félix iba a reemprender su ataque, embargado por el dolor y la angustia, salí de casa y, en medio del desconcierto general, logré escabullirme hasta el cobertizo.
-¡Maldito sea mi creador! ¿Por qué me has hecho vivir? ¿Por qué en este mismo instante no extingo la llama de la existencia que, de un modo absurdo, me otorgaste? No lo sé. La desesperación todavía no se había apoderado de mi ser y mis sentimientos eran de rabia y venganza. Podría haber destruido la casita y a sus habitantes con infinito placer y saciar mi ira con sus gritos y su infortunio. […]
Aquel ser terminó de hablar y me miró fijamente, esperando mi respuesta. Yo estaba horrorizado y perplejo, y me sentí incapaz de hilvanar mis pensamientos para comprender el pleno alcance de su propuesta. El monstruo tomó la palabra de nuevo.
-Tienes que crear una mujer para mí, con la que pueda vivir e intercambiar el afecto que tan necesario resulta para mi ser. Solo tú puedes hacerlo, y te lo exijo como un derecho que no debes negarme.
Este último comentario volvió a prender en mí la llama de la cólera que su relato sobre la tranquila vida junto a los habitantes de la casita había logrado extinguir, y, tras oír su discurso me resultó imposible calmar la vida que empezaba a dominarme.
-¡me niego rotundamente!- -le contesté-. ¡Ni la más vil tortura logrará que acceda a tal cosa! Aunque por tu culpa me convierta en el ser más desgraciado de toda la humanidad, jamás conseguirás que me rebaje hasta tal extremo. ¿Acaso piensas que crearía a otro ser igual que tú para que con vuestras maldades pudierais causar la desolación en este mundo? ¡Fuera de mi vista! Ya tienes tu respuesta. Por más que me tortures, jamás consentiré en ello.”
Diálogo entre Frankenstein y su monstruo. Mary Shelley.
Aquella noche, en el principio y el final de las cosas. La Luna asomaba sobre las nubes y se reflejaba en un mar que se me antojaba extraño. Y allí estaba ella, sonriendo con esa sonrisa cálida y reconfortante, como el Sol…
Había otros, pero a ella no le interesaron, no aquella vez. Me sonrió, quemándome con aquel Sol, abrasando no mi piel sino mi alma, y yo, sonreí a mi vez, pues recordé los versos de aquel poeta… “Acaso ella se ríe como me río yo”. Pero no era así. Me tranquilizó, inundándome de serenidad, de paz, aquella noche, en el principio y el final de las cosas.
En blanca mano tendida, me ofreció de beber y yo, alma ingenua, acepté sin recelos pues nada, pensé, tenía que temer de aquel ser y ella volvió a sonreír, y yo me contagié de su alegría y deseé hacer el bien a aquel ser, desee complacerla, y seguí bebiendo mientras contemplaba el principio y el final de las cosas.
De improviso calló y me miró con la inteligencia reflejada en los ojos, y aquella mirada me heló la sangre. Me desnudó. No hubo proposición, no hubo solicitud, simplemente se lo propuso y lo hizo, nada tuvo que ver mi voluntad entonces. Lo hubiera hecho yo mismo si lo hubiera pedido, pero ella simplemente lo hizo, y yo nada pude hacer para evitarlo, para no desvelar mi verdadero aspecto, mi monstruo interior. Temblé, pues empezó a levantarse viento, y yo estaba desnudo. Después de observarme, de absorberme y congelarme en aquellos ojos, alzó una mano, acariciando mi pecho, y aquella caricia fue como el fuego del horno, tórrida, asfixiante, abrasadora. Entonces grité de dolor, cuando aquella delicada y pálida mano se hundió en mi piel, desgarrando y revolviendo mis entrañas, destrozándome por dentro y dejándome, si era posible, aún más vacío, sin otro testigo que el principio y el final de las cosas.
¿Cuánto tiempo pasó? No sabría decirlo. Horas, siglos, ya no importaba, en aquella agonía el tiempo había perdido su significado, en aquella agonía solo había lugar para el dolor. Cuando se cansó volvió a mirarme, pero después de todo aquello no reconocí aquella expresión ¿Compasión? Quizá. Y en aquel momento comencé a sentir alivio, me estaba curando. El dolor disminuyó y se evaporó, como si nunca hubiera existido. Volví a sentirme como al principio, pero ella no se detuvo, trató de seguir sanando mis heridas, y allí, en el principio y el final de las cosas le mostré la más ácida de mis sonrisas y negué con la cabeza “no puedes” susurré, y su mirada se torno furia y pena, y así permanecimos hasta que me desperté en otro lugar, allí, en el principio y el final de las cosas.
J.
She broke her little bones on the boulders below...
Frankenstein creó afanosamente al ser, y, al conseguir su propósito y hacerle despertar, éste le sonrió, inocente. Entonces, el doctor se dio cuenta de que había creado una monstruosidad, y le obligó a marcharse de su casa. El monstruo, rechazado por su "padre" y el mundo, decidió esconderse en el cobertizo de una granja, espiando a la amable familia que allí vivía durante una semana. Un día, decidió salir, pues él había nacido inocente, ignorante, se mostró a aquellos seres que tan buenos le habían parecido, conociendo al abuelo en primer lugar. El anciano mantuvo con el monstruo una amable conversación, debido a que él no podía percibir la única parte horrenda del ser, pues era ciego. Pero entonces, el hijo apareció, y, al ver al monstruo, gritó asustado y echó al terrible ser de su hogar. El monstruo, en busca de respuestas y compensaciones, acudió a su creador de nuevo; "tú me has creado, tú tienes la obligación de proporcionarme la felicidad". El monstruo le pidió al doctor compañía de su misma especie, un ser que le comprendiera y le apartara de la soledad, pero el doctor se negó, ya era suficiente con "una bestia". Despechado, odiado por todos, repelido por su propio "padre", comenzó a albergar la maldad en su interior, una maldad que le consumía sin razón de merecerlo, pues él había nacido como todos, inocente, puro, ignorante de los males del mundo, y aquel hombre, aquel verdadero monstruo, culpable de su infelicidad perenne, se había atrevido a darle vida, vida de dolor, rechazo, soledad y sufrimiento, sin darle si quiera algo a lo que aferrarse.
Ha sido perfecto, ojalá fuera más fácil eso de vernos con frecuencia...ojalá algún día no demasiado lejano sea más fácil. Es un sentimiento maravilloso el de sentirte comprendida (o por lo menos plenamente aceptada y querida) con ciertas personas, sobre todo si son las mejores (^^). Ojalá no pase jamás una de esas drásticas cosas que pueden estropearlo todo en milésimas de segundo, y ojalá no se rompa vuestro vínculo nunca, es maravilloso tener la suerte de veros juntos.
Estos cuatro días han sido sencillamente sublimes...