"¿Pero es posible cambiar?. Los optimistas tienden a creer en esa posibilidad, con la implicación de que las cosas además cambiarán a mejor. La idea de que no podemos cambiar sugiere que no podemos mejorar, y nadie quiere creer esto, aunque algunos se pueden consolar con lo que también implica esta afirmación, no podemos empeorar. La pregunta es: ¿En qué medida es posible el cambio y hasta que punto no lo es?. ¿Es nuestra naturaleza como un palíndromo de alguna forma, impermeable al cambio por mucho que, paradójicamente cambiemos?. Algunos pueden encontrar la idea de que nunca cambiamos deprimente y determinista. Y aún así la incapacidad es en muchos aspectos liberalizadora, te libera entre otras cosas de la obligación de cambiar. Y aceptar esta incapacidad puede ser una manera de consolarse: nadie es inmune, todo el mundo debe ser quien es. Puede haber una sensación de estar condenado, pero también de redención."
Todd Solondz
">>Mi corazón latía con rapidez. Había llegado la hora del juicio que decidiría si mis esperanzas estaban bien fundadas o mis peores temores se confirmaban. Los criados se habían marchado a una feria cercana. todo estaba en silencio dentro y en los alrededores de la casa: era una oportunidad excelente. Pero, cuando procedí a ejecutar mi plan, me fallaron las piernas y caí al suelo. Me levanté y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, quité los tableros del cuchitril que ocultaban mi presencia. El aire fresco me me despejó y, con renovada determinación, me acerqué a la puerta de la casa y llamé.
>>-¿Quién es?-dijo el anciano-. Entre.
>>-Perdone la intromisión -dije entrando en la casa-. Soy un viajero que necesita descanso. Me sentiría muy agradecido si me permitiera calentarme junto al fuego.
>>-Pase-dijo De Lacey-. Intentaré aliviar sus fatigas. Por desgracia mis hijos han salido y, como soy ciego, me temo que me costará encontrar algo de comer.
>>-No se moleste, señor. Tengo comida. Solo necesito descansar y entrar en calor.
>>Me senté y nos quedamos en silencio. Sabía que cada minuto era precioso y, sin embargo, no conseguía iniciar la conversación. En ese momento el anciano me dirigió la palabra.
-A juzgar por su lenguaje, señor, supongo que es de mi país. ¿Es francés?
>>No, pero me educó una familia francesa y solo entiendo este idioma. Voy a pedir la protección de unos amigos, a quienes quiero con toda mi alma, y que espero que me acojan.
>>-¿Son alemanes?
>>-No, franceses; pero cambiemos de tema. Soy infeliz porque fui abandonado. No tengo parientes ni amigos. Esta gente tan agradable a quien voy a ver no sabe quién soy. Tengo mucho miedo porque si fracaso seré un marginado, un ser expulsado del mundo para siempre.
>>-No se desespere. Carecer de amigos es sin duda una desgracia, pero el corazón de los hombres, si ningún interés egoísta lo anima, rebosa de amor fraternal y caridad. Confíe en sus esperanzas y, si sus amigos son buenos y afables, no pierda la fe.
>>-Son amables, sí. . . Son los seres más fantásticos del planeta, pero, por desgracia, tienen prejuicios contra mí. Yo soy de buen natural. Hasta el momento no he causado daño alguno y mi vida ha sido, hasta cierto punto, satisfactoria. No obstante un prejuicio fatal les nubla la mirada y, en lugar de ver a un amigo compasivo y amable, solo contemplan a un monstruo detestable.
>>-Eso sí que es una desgracia, pero, si realmente es usted inocente, ya encontrara el modo de desengañarlos.
>>-Esa es la tarea que voy a a acometer. Estoy aterrorizado. Quiero a esos amigos con todo mi corazón. Desde hace muchos meses, sin que lo sospecharan, he adquirido la costumbre de procurarles atenciones cada día, pero ellos creen que deseo lastimarles, y ese es el error que deseo aclarar.
>>-¿Dónde residen esos amigos?
>>-Cerca de aquí.
>>Si desea confiarme sin reservas los pormenores de su historia -dijo el anciano tras permanecer un rato en silencio-, quizá le pueda prestar mi ayuda para sacarlos de su error. Soy ciego y no puedo juzgar cómo es su rostro, pero algo en sus palabras me dice que es sincero. Yo soy pobre, un exiliado, pero será un gran placer prestar mis servicios a un ser humano.
>>-¡Es usted un hombre excelente! Se lo agradezco y ac epto su generosa oferta. Su gentileza conseguirá salvarme; y confío en que, gracias a su ayuda, no me veré privado de la compañía y la compasión de sus semejantes.
>>-¡Que el cielo no lo permita! Aunque fuese un criminal lo haría, porque lo contrario solo conduce a la desesperación y no conmina a practicar la virtud. Yo también soy afortunado. Mi familia y yo fuimos condenados a pesar de nuestra inocencia. Juzgue, por consiguiente, si no soy capaz de apiadarme de sus infortunios.
>>-¿Cómo se lo podría agradecer, mi preciado y único benefactor? De sus labios oigo por primera vez que alguien me dirige palabras de afecto. Le estaré siempre agradecido, y la humanidad que ahora me demuestra me hace confiar en esos amigos a quién estoy a punto de conocer me recibirán con los brazos abiertos.
>>¿Puede decirme el nombre de sus amigos y el lugar dónde viven?
>>Permanecí en silencio. Había llegado el momento de decidirse, pensé, el momento que iba a privarme de la felicidad, o a concedérmela para siempre. Hice acopio de valor para responderle, pero fue en vano. El esfuerzo había terminado con las pocas fuerzas que me quedaban. Me hundí en la silla y empecé a sollozar. Fue entonces cuando oí los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía ni un momento que perder y, cogiendo al hombre de la mano, grité:
>>-¡Esta es la ocasión…! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son los amigos que busco. ¡No me abandone en la hora del juicio!
>>-¡Santo cielo! –exclamó el anciano-. Dígame, ¿quién es usted?
>>En ese instante la puerta de la casa se abrió y Félix, Safie y Agatha entraron. ¿Quién iba a describir el terror y la consternación que sintieron al verme? Ágatha se desmalló y Safie, incapaz de ayudar a su amiga, salió corriendo. Félix saltó sobre mí y, con una fuerza sobrenatural, me apartó de su padre, a cuyas rodillas yo estaba aferrado. Dominado por la furia, me lanzó al suelo y me golpeó violentamente con un palo. Yo habría podido despedazarlo, miembro a miembro, como el león destroza al antílope. No obstante, me hundí en el más amargo de los pozos y me abstuve de defenderme. Cuando vi que Félix iba a reemprender su ataque, embargado por el dolor y la angustia, salí de casa y, en medio del desconcierto general, logré escabullirme hasta el cobertizo.
-¡Maldito sea mi creador! ¿Por qué me has hecho vivir? ¿Por qué en este mismo instante no extingo la llama de la existencia que, de un modo absurdo, me otorgaste? No lo sé. La desesperación todavía no se había apoderado de mi ser y mis sentimientos eran de rabia y venganza. Podría haber destruido la casita y a sus habitantes con infinito placer y saciar mi ira con sus gritos y su infortunio. […]
Aquel ser terminó de hablar y me miró fijamente, esperando mi respuesta. Yo estaba horrorizado y perplejo, y me sentí incapaz de hilvanar mis pensamientos para comprender el pleno alcance de su propuesta. El monstruo tomó la palabra de nuevo.
-Tienes que crear una mujer para mí, con la que pueda vivir e intercambiar el afecto que tan necesario resulta para mi ser. Solo tú puedes hacerlo, y te lo exijo como un derecho que no debes negarme.
Este último comentario volvió a prender en mí la llama de la cólera que su relato sobre la tranquila vida junto a los habitantes de la casita había logrado extinguir, y, tras oír su discurso me resultó imposible calmar la vida que empezaba a dominarme.
-¡me niego rotundamente!- -le contesté-. ¡Ni la más vil tortura logrará que acceda a tal cosa! Aunque por tu culpa me convierta en el ser más desgraciado de toda la humanidad, jamás conseguirás que me rebaje hasta tal extremo. ¿Acaso piensas que crearía a otro ser igual que tú para que con vuestras maldades pudierais causar la desolación en este mundo? ¡Fuera de mi vista! Ya tienes tu respuesta. Por más que me tortures, jamás consentiré en ello.”
Diálogo entre Frankenstein y su monstruo. Mary Shelley.
Aquella noche, en el principio y el final de las cosas.
Había otros, pero a ella no le interesaron, no aquella vez. Me sonrió, quemándome con aquel Sol, abrasando no mi piel sino mi alma, y yo, sonreí a mi vez, pues recordé los versos de aquel poeta… “Acaso ella se ríe como me río yo”. Pero no era así. Me tranquilizó, inundándome de serenidad, de paz, aquella noche, en el principio y el final de las cosas.
En blanca mano tendida, me ofreció de beber y yo, alma ingenua, acepté sin recelos pues nada, pensé, tenía que temer de aquel ser y ella volvió a sonreír, y yo me contagié de su alegría y deseé hacer el bien a aquel ser, desee complacerla, y seguí bebiendo mientras contemplaba el principio y el final de las cosas.
De improviso calló y me miró con la inteligencia reflejada en los ojos, y aquella mirada me heló la sangre. Me desnudó. No hubo proposición, no hubo solicitud, simplemente se lo propuso y lo hizo, nada tuvo que ver mi voluntad entonces. Lo hubiera hecho yo mismo si lo hubiera pedido, pero ella simplemente lo hizo, y yo nada pude hacer para evitarlo, para no desvelar mi verdadero aspecto, mi monstruo interior. Temblé, pues empezó a levantarse viento, y yo estaba desnudo. Después de observarme, de absorberme y congelarme en aquellos ojos, alzó una mano, acariciando mi pecho, y aquella caricia fue como el fuego del horno, tórrida, asfixiante, abrasadora. Entonces grité de dolor, cuando aquella delicada y pálida mano se hundió en mi piel, desgarrando y revolviendo mis entrañas, destrozándome por dentro y dejándome, si era posible, aún más vacío, sin otro testigo que el principio y el final de las cosas.
¿Cuánto tiempo pasó? No sabría decirlo. Horas, siglos, ya no importaba, en aquella agonía el tiempo había perdido su significado, en aquella agonía solo había lugar para el dolor. Cuando se cansó volvió a mirarme, pero después de todo aquello no reconocí aquella expresión ¿Compasión? Quizá. Y en aquel momento comencé a sentir alivio, me estaba curando. El dolor disminuyó y se evaporó, como si nunca hubiera existido. Volví a sentirme como al principio, pero ella no se detuvo, trató de seguir sanando mis heridas, y allí, en el principio y el final de las cosas le mostré la más ácida de mis sonrisas y negué con la cabeza “no puedes” susurré, y su mirada se torno furia y pena, y así permanecimos hasta que me desperté en otro lugar, allí, en el principio y el final de las cosas.
J.
She broke her little bones on the boulders below...
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