domingo, 28 de febrero de 2010

El pacto de la mariposa.

Dejé atrás la estación y doblé la esquina con pasos rápidos, deseando que de camino a casa hubiera alguna farmacia de guardia para poder comprarme el test, no estaba segura de desear aquello. Miré mi reloj y descubrí que había salido del trabajo mucho más tarde de lo que pensaba; "no pasa nada bueno después de las dos de la mañana", pensé, con una irónica sonrisa.
Empezó a lloviznar, maldije por lo bajo, ya había pasado mi casa de largo hacía rato para buscar una farmacia, pero ni rastro de una y cada vez el panorama se volvía más tenebroso. Descubrí una silueta apoyada en la pared unos metros más adelante y un escalofrío recorrió mi espalda, me recriminé por mi miedo infantil y seguí andando con normalidad, pasando por delante de aquel tipo sin cambiar el ritmo de mis pasos ni girar siquiera un poco mi cabeza para mirarle. Sin embargo, algo en mi mente se activó, y me detuve tras dar dos zancadas más… "¿Qué….?"
- Zorita, cuánto tiempo.- Aquella voz, aquella manera de llamarme…
- Han pasado quince años - Giré lentamente mi cuerpo para encontrarme de frente con aquella mirada antes tan familiar mientras una lluvia de recuerdos inundaba mi mente. En mi rostro se dibujó una extraña mueca de sorpresa.
- ¡Jota! Madre mía, cuánto tiempo…estás…has cambiado – Dije, con un claro tono de desconcierto, desde luego, no presentaba un aspecto muy saludable.
- Sí Zorita, he cambiado, he cambiado porque han pasado quince años y te has olvidado de mí, tú, y Fran, y todos, y poco a poco me he hundido en ese agujero que tanto temías cuando te importaba algo la gente a tu alrededor, estoy muerto, pero no más muerto que todos aquellos que decíais apreciarme y que os olvidasteis del pobre Jota, ése al que tanto había que compadecer. – Sus músculos se tensaban conforme aquel discurso se alargaba, yo cada vez estaba más asustada, mis frenéticos pensamientos se disparaban en una maraña de confusión, ni siquiera entendía del todo aquello que me estaba diciendo. Él se fue acercando lentamente a mí obligándome a caminar hacia atrás mientras balbucía alguna suerte de disculpa o pedía algún tipo de amable explicación. – Me habéis olvidado todos Zorita, pero yo no os he olvidado a vosotros, y jamás lo haré. – Sentí su abrazo, y por un momento me relajé, pensando que aquel era Jota, confidente y amigo, compañero adicto de aquello que todos los jóvenes adoraban, internet. Pero entonces sentí su frialdad, y, al abrir los ojos, pude distinguir aquella horrible marca azulada de su cuello, "no puede ser…", traté de comprender, e incluso de gritar en un último intento de despertarme de aquella pesadilla, pero tan sólo tuve tiempo de sentir el frío filo de la muerte clavándose en mi nuca, el calor de mi sangre recorriendo mi espalda, para ver los ojos de aquel amigo, mi asesino, mirándome con tristeza, y para un último pensamiento…Fran…"¿Qué habrá sido de él? ¿Dónde estará ahora? ¿Será feliz?" Pero supe que él también estaría muerto, y que yo había cometido el peor error de mi vida.

Zorita.