lunes, 6 de diciembre de 2010

Cristales rotos.

   La familia de tu madre había conservado el jarrón durante generaciones, ella esperaba ahora dártelo a ti, con ilusión, ahora ella mira sus pedazos esparcidos en el suelo, suspirando. "No pasa nada", te dice, pero tú sabes que no es verdad, con el golpe, la confianza que existía en el interior del jarrón ha quedado esparcida, desapareciendo, y la desilusión se ha materializado en el aire, sobre los pedazos de cerámica. Ella no te lo volverá a recriminar, pero la culpabilidad volverá a tus ojos cada vez que en una conversación familiar pueda adivinarse tu torpeza, mientras ella baja la mirada y te sonríe forzadamente. Pues lo que tú nunca sabrás es lo que ella se afanaba en cuidarlo, en ese jarrón se escondía más que el polvo, en ese jarrón ella guardaba sus miedos, y esperaba que tú algún día le ayudaras a vaciarlo. Al romperlo le has recordado lo que pasaba en su interior, y ahora que lo has roto, ya no queda sitio donde guardarlos, ni alguien en quien confiar para dejar ese jarrón a su cuidado algún día, cuando estuviera vacío.

   Lo mismo pasa con esos cristales imaginarios que separan las cosas, no eres consciente de que están ahí hasta que abres la boca innecesariamente, hablando tan alto que haces que estallen y que el estruendo suene en el interior de esa otra persona. Esos cristales suponen un límite, un límite que si sobrepasas sin darte cuenta, no volverá a existir. Cuando rompes uno de ellos, el límite desaparece, haciendo desaparecer también parte de lo que habían de delimitar, separando todo aún más por una gruesa capa de humo que no deja pasar la luz, bajo la que sólo se adivinan aún los restos de esos cristales, recordándote tu error.
   Pues si existe un límite, es precisamente porque traspasarlo indebidamente puede hacer que todo se tambalee. Para hacer que éste desaparezca, debes pulir poco a poco la superficie del cristal, con suavidad y confianza, debes saber hacerlo. Y si no tienes los suficientes conocimientos sobre lo que vas a hacer, lo mejor es procurar no hablar demasiado alto, o aventurarse a lo primero que se te ocurra, pues recuerda que lo que tienes delante es un cristal frágil, y si se rompe, los pedazos al saltar podrán cortar a la persona que te espera detrás, haciendo que ésta se aleje, que huya con un pequeño corte que dejará cicatriz.
   Y cuando algo se rompe, es muy difícil repararlo, nunca quedará como antes estaba, sino mucho más frágil, y si lo consigues, una vez lo tengas reconstruido, tendrás que comenzar otra vez a pulirlo, lentamente, con cuidado de no hacer que salte en añicos, mientras la persona de detrás te mira seriamente, sin ánimo alguno de que consigas pulir ya el cristal, haciéndolo un poco más grueso cada vez que tú dejes de esforzarte en él.



P.D: cuando te pedí una historia bonita quería ver si quedaba algo de felicidad en ti que usar para hacerte sonreir, con tu irónica respuesta me quedó claro que no.

Zorita.