Las suaves y frías gotas de lluvia caían sobre mis hundidos hombros, mojando la carga que se cernía sobre ellos con pequeñas dosis de culpa. Los pequeños pedacitos de cristal brillaban como estrellas escarlata en un oscuro fondo de asfalto, mientras los árboles alrededor se me antojaban viejos y sabios jueces, tristes testigos de mi insensatez. “Tú…tú…has sido tú…”, me susurraba el viento, acusador, “es tu culpa…para siempre...para ellas”. Y tenía razón, si no hubiera tenido tanta prisa por llegar a aquel sitio maldito, podría haber vuelto, evitando el asesinato de mi historia. Más adelante, un automóvil descansaba bajo un enorme sauce llorón, cubierto por sus muertas ramas, que atravesaban su techo y a su conductor, clavando a su vez una enorme estaca en mi pecho…maldita prisa, maldito antro, maldita idea, estúpida cabeza. El cielo tomaba poco a poco el color de la carretera, reflejo de la sangre que ahora la cubría. Caminé lentamente hacia el coche para siempre aparcado, introduciendo la cabeza por la ventanilla, observé aquel demacrado rostro ensangrentado; las lágrimas aún resbalaban por su inerte mejilla, surcando de ríos los desolados parajes de la piel de lo que antes fue mi rostro. Acaricié con la yema de mis insustanciales dedos el comienzo del pelo, dejando escapar finas lágrimas de mis inexistentes ojos, reflejo de las que aún permanecían en mi cuerpo. Pude imaginar en la guantera las fotos de aquella aún hermosa mujer a la que ya no podría pedir disculpas por mi estupidez, las suaves caritas de ojos azules de las mellizas, que ya ni siquiera volverían a ver a su padre para poder recordarlo.La gente se equivoca, pensé: la muerte no es lo terrible, lo terrible es el crimen, el asesinato de una vida, de una historia, la muerte de lo que podría haber sido la vida de aquellas personas de mis fotos. Y la causa fue mi inconsciencia; la consecuencia, la muerte; el castigo, la culpa.domingo, 27 de junio de 2010
Las suaves y frías gotas de lluvia caían sobre mis hundidos hombros, mojando la carga que se cernía sobre ellos con pequeñas dosis de culpa. Los pequeños pedacitos de cristal brillaban como estrellas escarlata en un oscuro fondo de asfalto, mientras los árboles alrededor se me antojaban viejos y sabios jueces, tristes testigos de mi insensatez. “Tú…tú…has sido tú…”, me susurraba el viento, acusador, “es tu culpa…para siempre...para ellas”. Y tenía razón, si no hubiera tenido tanta prisa por llegar a aquel sitio maldito, podría haber vuelto, evitando el asesinato de mi historia. Más adelante, un automóvil descansaba bajo un enorme sauce llorón, cubierto por sus muertas ramas, que atravesaban su techo y a su conductor, clavando a su vez una enorme estaca en mi pecho…maldita prisa, maldito antro, maldita idea, estúpida cabeza. El cielo tomaba poco a poco el color de la carretera, reflejo de la sangre que ahora la cubría. Caminé lentamente hacia el coche para siempre aparcado, introduciendo la cabeza por la ventanilla, observé aquel demacrado rostro ensangrentado; las lágrimas aún resbalaban por su inerte mejilla, surcando de ríos los desolados parajes de la piel de lo que antes fue mi rostro. Acaricié con la yema de mis insustanciales dedos el comienzo del pelo, dejando escapar finas lágrimas de mis inexistentes ojos, reflejo de las que aún permanecían en mi cuerpo. Pude imaginar en la guantera las fotos de aquella aún hermosa mujer a la que ya no podría pedir disculpas por mi estupidez, las suaves caritas de ojos azules de las mellizas, que ya ni siquiera volverían a ver a su padre para poder recordarlo.La gente se equivoca, pensé: la muerte no es lo terrible, lo terrible es el crimen, el asesinato de una vida, de una historia, la muerte de lo que podría haber sido la vida de aquellas personas de mis fotos. Y la causa fue mi inconsciencia; la consecuencia, la muerte; el castigo, la culpa.martes, 22 de junio de 2010
Oh, Luna, ¿dónde estás?
sábado, 19 de junio de 2010
(Sin título)
Me desperté fuera de lugar. Un sudor frío empapaba mi cabello, mis mejillas, mi torso. Empapaba también las sábanas y la almohada. “Otra pesadilla”, pensé. Sin embargo, esta vez parecía más real que el resto. Habría jurado que tenía de irreal lo que tiene una rosa de fealdad. Me había visto a mí mismo corriendo, perseguido por una muchedumbre enfurecida. Lo extraño es que llevaban ropa que me resultaba familiar, al igual que sus cuerpos. No obstante, lo más sobrecogedor de todo aquello eran sus rostros. O más bien su ausencia de rostros. Allí donde deberían estar sus caras, simplemente había una zona ensombrecida. Y me perseguían a mí. Me perseguían con actitud furiosa, como si hubiera matado a sus familias, robado su dinero o ultrajado su orgullo. Podría haberlos afrontado, pero el hecho de resultarme tan familiares me impidió parar y enfrentarme a ellos. Corría todo lo que mis piernas me permitían, hasta que encontré un lugar donde esconderme. Estaba a salvo. O eso creía. De repente, mi propia sombra empezó a tomar forma de brazo. La mano que había en su extremo me apretó el cuello hasta que desperté.
“Menos mal que todo ha sido una pesadilla”. Me levanté de la cama y salí de la habitación. Estaba deshidratado. Me acerqué a la cocina y tragué tanta agua como mi cuerpo me permitió. Luego me metí en el cuarto de baño para darme una ducha. Al encender la luz, volvió a aparecer la sombra de mi sueño. Antes de poder gritar para pedir ayuda, mi cuello ya estaba oprimido por esa fuerza sobrehumana. La ausencia de respiración fue menguando mi oxígeno en sangre. Mis ojos empezaron a cerrarse, a la par que todo adquiría un matiz borroso. Cerré los ojos y me desplomé sobre el suelo del baño.
Me levanté violentamente. “Joder, otra vez la misma pesadilla”. Y entre miedo y somnolencia, me volví a dormir.
miércoles, 9 de junio de 2010
(Sin título)
Voy a probar eso de las bandas sonoras:
Entré al hospital con el corazón en un puño, tropezándome con cada banco, con cada acera, con cada viejo que me encontraba por la calle. La noticia de su colapso me había llegado vía e-mail. El contenido de éste afirmaba que yo era la única persona con la que habían podido contactar y que acudiera al Hospital General de Barcelona para poder “entrevistarme”. También constataba que habría sufrido las consecuencias de una enfermedad hasta ahora desconocida del corazón y que estaba recibiendo un seguimiento monitorizado. Al leer dicho correo, mi reacción fue de esperar: salí corriendo como un bólido, presa del pánico, pues a mi amada le podían quedar segundos de vida. Tal fue la sorpresa de la recepcionista al verme entrar tan abruptamente que en seguida supo quién era y a qué venía. Me acompañó al despacho del doctor que estaba estudiando el caso. Al verme entrar, me reconoció al instante, de la misma manera que lo reconocí yo a él. Era Salva, mi amigo de la infancia. Me dijo: “De todas las personas que podrían haber estado relacionadas con ella, tú eras la última que esperaba ver”. Seguidamente, me dio un abrazo y continuó: “Lamento decirte que Andrea padece una enfermedad cardiovascular que nunca habíamos visto hasta ahora y para la cual no hemos encontrado cura posible. Es más, podría morir mientras nosotros hablamos”. Mi reacción fue posiblemente catalogada de insólita en la mente de mi amigo. En ese momento, yo ya estaba más calmado, pues el pequeño “paseo” con la recepcionista me había permitido ordenar mis ideas. Lo único que hice fue asentir y preguntarle a Salva: “¿Estás totalmente seguro de que no hay ninguna cura y que su vida está totalmente perdida?”. Esa pregunta hizo que se girara y empezara a pensar, o, al menos, eso me pareció a mí. Al minuto, volvió a dirigirse a mí con una mirada totalmente fría, diferente a la cálida y comprensiva con la que me había recibido. Me dijo: “Quizás sí la haya, pero el precio es muy elevado”. Yo, sin dudarlo, contesté: “Pagaré lo que sea”. Salva negó con la cabeza y me explicó la situación: “Hemos descubierto que esa enfermedad está ligada únicamente al corazón de la víctima, por lo que un trasplante es lo único que podría salvarla. Y, como bien sabrás, Jose, hoy en día no hay donantes de corazón. No sé si me explico…”. De repente, mi mirada se iluminó. Existía una salvación para ella. Aunque el precio a pagar era muy alto. Quizás demasiado. Pero dio la casualidad de que, en esos últimos días, estuve pensando en una situación parecida. ¿Valdría la pena dar mi vida por ella si ello significara salvar la suya? Si yo no daba mi corazón para salvar su vida, ella moriría y yo me sentiría culpable por no haber intentado salvarla. Sin duda, ello sería el peor de los castigos que yo podría recibir. Sin embargo, si le entregaba mi corazón, yo moriría feliz por haberle dado una segunda oportunidad a Andrea y ella podría seguir viviendo e intentar encontrar la felicidad, aunque no fuera conmigo. Quizás fue egoísta por mi parte tomar la elección que tomé, pues ella tendría que vivir sin mí. Eso fue lo único que turbó brevemente mis pensamientos momentos después. Sin embargo, Salva no pareció sorprendido al oírme decir que quería donar mi corazón para que ella pudiera continuar viviendo. También le dije que me prestara un papel y un bolígrafo para dejarle un mensaje que pudiera leer una vez hubiera salido de la operación y estuviera estable.
Al cabo de media hora, Salva ya había hecho las preparaciones para llevar a cabo la operación. Antes de meterme en la sala de operaciones, Salva me dijo: “No hay forma de que cambies de opinión, ¿verdad?”. Negué con la cabeza. “Está bien. Procedamos con la operación”.
Ahora estoy a su lado. Puedo contemplar su belleza por última vez. Sin duda, creo que he tomado el camino correcto. Y, a diferencia de otras personas cuando están frente a la muerte, yo no veo desolación, ni agonía, ni ningún sentimiento parecido. Sólo recuerdo los momentos que pasé junto a ella. Las risas, los abrazos, los besos, las caricias, el tiempo que gastamos juntos. No los malgastamos. Y no me importa lo que haya después de esta vida. Lo único importante ahora es tener la certeza que ella tendrá una segunda oportunidad para ser feliz, aunque carezca de mi compañía. Tengo fe en que la aprovechará.
Al fin, la anestesia empieza a hacer su efecto. Me pesan los párpados. Creo que he hecho lo correcto…
Lo que Andrea leyó una vez estuvo totalmente recuperada fue lo siguiente:
“Si Salva, el médico que estaba a cargo de ti, no te ha dicho todavía por qué no estoy a tu lado, no creo que sea oportuno preguntárselo. Simplemente, aprovecha la vida que alguien te ha dado. Yo no creo que pueda estar contigo a partir de ahora, pues estoy en el extranjero por cuestiones un tanto secretas. Ya sabes, podría estar en un apuro si alguien más leyera esto. Sólo te pido que no me odies por ello, pues tu vida, para mí, es lo más importante que he tenido entre mis manos. Por favor, intenta ser feliz con esta segunda oportunidad y no la malgastes llorando por no poder estar conmigo. En el mundo hay muchos hombres que estarán dispuestos a hacerte feliz. Sin embargo, hay algo que sí puedo asegurarte: mi corazón y todos los sentimientos hacia ti que éste albergaba estarán siempre contigo. Puedo asegurarte que el amor que siento por ti no podrá acallarlo ni la misma Muerte.
Cuídate, mi vida.
Te amo.
Jose.”