martes, 23 de marzo de 2010

Sanatorio de muñecos.




Calle Preciados, 19.
-Mira Sam, aquí quizá haya algún peluche.
-Hmmm...
-No se te ve muy convencida...pff, estoy cansada, por mirar no pasa nada.
-Bien, paso yo primero.
Nos encontrábamos frente a un estrecho portal, ante nosotras, una destartalada puerta con los cristales destrozados se abría para dejarnos adivinar unas viejas escaleras de madera con forma de caracol.
Delante de mí, Sam apoyó la mano en la varandilla de la escalera para comenzar a subir, haciendo una mueca de disgusto al comprobar que su mano había aterrizado en una sustancia un tanto..."pegajosa". Al poner el pie en el primer escalón, éste comenzó a chirriar con desgana, poniendo todo mi cuerpo en tensión. Sam dirigió hacia mí sus burlones ojos verdes.
-Qué tétrico, ¿eh? - Mi voz trataba de ocultar la tensión a la que se sentía sometido mi cuerpo ante el desbordante aluvión de imágenes que lanzaba mi imaginación en situaciones dignas del inicio de una película de terror.
Samantha no respondió, se limitó a sonreír y siguió subiendo. Mis pies arrancaban quejidos a la antigua madera de los escalones y mi mente luchaba por controlarse, pues el sitio se volvía cada vez más tenebroso, en aquél edificio ya no vivía nadie, eso era seguro, y aquella escalera parecía no terminar nunca, ascendiendo hacia una cada vez más profunda oscuridad.
Los escalones terminaron, situándonos a las dos frente a una gran puerta de cristal que nos separaba de miles de muñecas sentadas en una enorme estantería, de cara a nosotras. Sus ojillos apagados parecían suplicar compañía, probablemente llevaban allí, sin dueño, más tiempo del que podíamos imaginar.
Sam se acercó a la puerta y posó su mano sobre el cristal, empujándolo hacia dentro. Un espeso olor a plástico y polvo nos rodeó, haciéndonos toser, por mi parte, y hacer una mueca de desagrado, por parte de ella.
-Espera - conseguí decir, aún tosiendo - ¿no ves que no hay peluches? Son todo muñecos...y no muy agradables, la verdad.
-Bueno, por entrar no perdemos nada, tenemos tiempo de sobra, por desgracia.
Haciendo caso omiso a mi petición, Sam avanzó entre estanterías, los muñecos lo invadían todo, estaban en los estantes, en el suelo, en el mostrador, e incluso encima de otros muñecos.
-Buah, no hay nada, ni siquiera está el dueño, mejor vámonos. - Dijo Sam, girándose hacia mí para señalar la puerta, pero su mirada se detuvo, asustada.
-Ey Sam, ¿qué pasa? - Samantha levantó el brazo para señalar con el dedo índice unos metros por detrás de mí. Su expresión era realmente inquietante. Me giré lentamente, temiendo lo que podía encontrar.
Al darme la vuelta, mis ojos pudieron comprobar el motivo del susto de mi amiga, una muñeca permanecía depié, de cara a nosotras, mirándonos con su único ojo de botón y con una extraña sonrisa pintada en su pequeña boquita.
-Eso antes no estaba ahí...¿verd... - No tuve tiempo de terminar la frase, la muñeca abrió la boca para soltar una chirriante carcajada, al tiempo que las luces de la endiablada tienda se fundían, sumiéndonos en la oscuridad.
-¡Corre joder!
No necesité oir más, mis pies se lanzaron a la carrera hacia la acristalada puerta por la que habíamos entrado, apartando con los brazos y atropeyando con las piernas a todos los muñecos que despertaban de su largo ensueño para perseguirnos. Pero por más que corrí, no pude encontrar la entrada. Desesperada, di media vuelta y seguí corriendo, pero ya no oía pasos a mi espalda.
-¿Sam? - Me detuve en seco, girando lentamente mi cabeza, para descubrir, horrorizada, cómo de las estanterías se lanzaban millones de muñecas, cubriendo por completo el espasmódico cuerpo de mi amiga, que arañaba el aire en busca de una salida y de la cual lo último que pude ver fueron sus ojos verdes, repletos de lágrimas de desesperación, y sus labios, que gritaban mi nombre en un último intento de ser socorrida.
Incrédula y dolida, me lancé sobre aquella montaña de falsos cuerpecillos en un desesperado intento de recuperarla. Los muñequitos se apartaron, mirándome en una suerte de intento de comprender qué pretendía con aquello. Pero bajo ellos no había nada, confusa, me giré, y entonces pude contemplar sus sonrisa, de afilados dientecillos ensangrentados, su posición hambrienta y aquellos ojos sin vida que me miraban con avidez. Entonces supe que debía correr. Escapé del abrazo de sus inarticulados bracitos a tiempo para no ser devorada por aquellos seres, compañeros de infancia de tantos niños.
Corrí, hasta vislumbrar de pasada una puerta de madera entreabierta, que dejaba escapar algo de luz. Sin dudarlo, me dirigí hacia allí, manteniendo mi ritmo desenfrenado.
Entré, cerrando la puerta a toda prisa y apoyando mi espalda sobre ella. Aseguré la puerta con una silla cercana y entonces pude detenerme a escuchar los sollozos que provenían del fondo de la habitación. Me giré, sobresaltada.
Una niña, al fondo de aquella especie de antigua habitación infantil, se acurrucaba, balanceándose llorosa, contra un enorme arcón con el dibujo grabado de un tiovivo. Aquella imagen causó en mí una profunda tristeza, recordando a la niña que aún lloraba tantas cosas en mi interior.
-¿Qué te pasa, pequeña?¿Estás aquí sola?¿Por qué lloras?
-Lloro porque yo tengo la culpa.
-Oh, dime, ¿de qué tienes la culpa?¿Qué crees que has podido hacer para tener la culpa de algo?
-Tengo la culpa de todo. De mi vida, de la de mis papás, de la de tu amiga...y pronto, de la tuya. Tengo la culpa por haberles dicho que os comieran.
La niña levantó la mirada, aún inundada de lágrimas. Me miraba con compadecencia, sabía lo que venía a continuación, y no pensaba ponerle remedio.
La tapa del arcón se abrió poco a poco, y de allí saltó una extraña muñeca, algo distinta de las demás. Sus apagados ojillos verdes predicaban mi destino.


Zorita.

domingo, 14 de marzo de 2010

Chains




Escucha mientras lees.



"Acostado en la penumbra, volvió la pesadilla. En ningún momento había cesado de acecharle, sólo precisaba del ambiente propicio para reaparecer. Se estremeció. Los escalofríos se entremezclaban en su ser con un sudor gélido que se manifestaba en el goteo de sus sienes. No osaba entornar los párpados y abandonarse al sueño, pese a lo extenuado que se sentía. ¿Cuántas noches hacía que no lo visitaba un descanso reparador?"

[. . .]

[. . .]

[. . . ]

[Jota]

(. . .)

[Jota]

(. . . ¿Qué?)

[Despierta]

(. . .)

(. . . ¿Quién eres?)

[¿No es evidente? Tienes que despertar]

(No . . .)

[Vamos, ya es hora]

(No. . . por favor no me obligues)

[Abre los ojos]

(No, no quiero)

[¿Qué pasa?]

(Sabes lo que pasa)

[Hablemos de ello]

(No quiero hablar, quiero que te vayas)

[No, tenemos que hablar]

(No, vete)

[. . .]

(Siempre estás ahí. Siempre ahí, incluso ahora, mientras duermo, estas ahí)

[. . .]

(Contigo encima, cada minuto, cada instante. . . eres la obsesión que me obsesiona, no me dejas vivir)

[Sabes que me necesitas]

(No. . . no te necesito, estaría mucho mejor sin ti, todo iría mucho mejor sin ti)

[Solo busco lo mejor para los dos]

(No, mientes, lo mejor para ambos sería que pudiera descansar)

[Ya has descansado, ahora es hora de que te levantes]

(No te equivoques, cuando digo descanso me refiero a descanso sin tí, siempre estás ahi, en un rincón, recordándome cuánto tengo que hacer y que poco tiempo, machacandome una y otra vez hasta quebrarme)

[Dejaré de hacerlo cuando acabes tu trabajo]

(. . . No soy estúpido, el trabajo nunca acabará, nunca acabará, haga lo que haga, seguiré escalando la pared del pozo que se hace más profundo a cada segundo)

[. . . Deja de quejarte]

(Pues deja de volverme loco, ¿Sabes qué me dijeron el otro día? Que por qué me ponía a musitar de forma inteligible mientras camino a solas. Es por tí, es por tu culpa. Tú me estas alterando)

[¡BASTA! ¡LEVÁNTATE DE UNA VEZ!]

Abrí los ojos y contemplé los reflejos de la capa de yeso del techo sobre mí, el sol se filtraba por la ventana y creaba juegos de luces y sombras con el gotelé del techo. Suspiré y me levanté. Me puse las zapatillas y caminé hasta el escritorio. Me senté y ajusté el paralex a la mesa. Cogí el estuche y busqué un estilógrafo de 0,1 mm de diámetro. Alcé la punta, del aspecto de una aguja, me detuve en seco. En el cristal de la ventana mi rostro, reflejado, mostraba unas enormes manchas violáceas justo debajo de los ojos.

-¿Hasta cuándo?- Musite entre dientes. . .

J.

No pasa de esta semana que pase a que me vea un médico. . .

sábado, 13 de marzo de 2010

Adiós, carretera.


Tres siluetas silenciosas en una carretera recordada. nocturna y silenciosa imagen de la amistad.

-Nos hemos olvidados de ella, siempre abandonada, siempre nuestra, siempre la habíamos recordado, y ahora que la olvidamos, el resto del mundo se acuerda de ella y nos la arrebata.- Sentenciaba M, observando los indicios de las obras a su alrededor con aire crítico.

-¿Cuánto llevábamos sin venir?¿Un año? Ya tenía ganas de volver.- La mirada de J se perdía entre recuerdos mientras daba un trago a aquella bebida, que más tarde le haría volver a olvidar.

-Cómo ha cambiado esto...han quitado incluso el puente por el que pasábamos asustadas al otro lado. me acuerdo de Paula, siempre gritando porque decía que había ratas.- recordaba A, cambiando su tono nostálgico a uno de desdén conforme se acercaba al final de la frase. J se reía, procedía a aquella reacción cuando algo le molestaba.

-Anda, pásame la botella, se me ha terminado el primer vaso.- J le alcanzó la botella a M, apurando también al suyo.

-Me he traído el edding, voy a poner algo...- J se levantó de un salto y salió corriendo por la carretera.

-¿A dónde va?- Como siempre, A no se había enterado de nada.

-A despedirse.- Al rato, J aparecía corriendo de la oscuridad, sonriente.- ¿Qué has puesto?

-He puesto: "Adiós, carretera", en la valla de cemento que hay allí.- Indicó, señalando con el dedo.

-Bonito mensaje, yo hubiese puesto: "Cabrones, nos estáis robando nuestros recuerdos".- M, frustrada, se bebía de un trago el contenido del vaso que acababa de llenar.- Pronto volverán a pasar coches por aquí, justo donde estamos sentadas, y no podremos volver a sentarnos a escuchar música, a hablar sin tener que decir nada en un sitio en el que sabes que nadie te escucha ni te juzga.

La noche se hacía cada vez más cerrada, al frente, más abajo, otra carretra, recién construida, separaba la carretera abandonada de la autovía de Barcelona. Ya no estaba el puente por el que había que escalar para llegar a la cabina de SOS, ni el lago pestilente de debajo, ni los botes vacíos de sprays, y ya tampoco había un camino por el que llegar al otro lado, aquel campo misterioso en el que había una casa vacía que todos evitan cuando son niños. Y lo peor, ya no estaba la infancia, las obras en la carretera no eran sino otra evidencia de que el tiempo pasa, de que se deja de ser un niño para entrar en una vida monótona, adulta y sin imaginación, y, sobre todo, llena de preocupaciones absurdas.

La noche iba pasando, y con ella, el sentido común de las tres amigas.
J rodaba por el suelo de asfalto cuando pegó un brinco para ponerse "de pié"- ¡Esta canción me gusta!- y se acercó corriendo para tirarse al suelo, apoyando la cabeza en las piernas de M.- "He creado un ángel verde y gris, que se pasea de noche y no lo puedo ver...-comenzó a cantar, con los ojos cerrados, siendo imitada al instante por A, que estaba empezando a tiritar de frío.

M también cerró los ojos, dejándose llevar por aquel sentimiento de tranquilidad y confidencialidad, sabía que no volverían allí, se iba a cerrar otra etapa, y ella lo iba a echar de menos. Ahora sólo deseaba que aquello no acabase nunca.

Zorita.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Motivos




La vida es bella… o eso es lo que dicen, yo siempre la he considerado más bien monótona, aburrida, cargante, deprimente y una pila de calificativos más que no voy a mencionar. Sí, la vida presenta pocos alicientes, pero es lo que hay, si por mí fuera habría nacido Rockefeller, desgraciadamente he nacido más bien con la cartera apretada y, así, las cosas se ponen difíciles para Jota, vagando como un perro abandonado en una autopista, sin saber a donde ir. Y es que mis metas, las que he conseguido, siempre han sido una decepción. En el colegio quería llegar al instituto, en el instituto quería pasar a la universidad, y ahora y miro atrás y me pregunto ¿Estoy mejor que en el colegio? Bueno, sería exagerado decir que estoy peor, estoy mejor en algunos aspectos, pero no he conseguido lo que pretendía al llegar a este punto de mi camino, y eso me hace preguntarme ¿Y después qué? Entrar en el estudio de algún arquitecto tiránico si de verdad logro terminar la carrera sin abandonar o suicidarme por el camino y currar como un negro para pagarle a mi jefe unas vacaciones en las Islas Seychelles al más puro estilo Ted Mosby… patético. Con esta perspectiva tan halagüeña, reconozco que me cuesta mucho seguir adelante y luchar por… digamos una causa poco alentadora.

No obstante, desde hace un par de semanas he encontrado algo por lo que esforzarme, levantarme por las mañanas y mirarme al espejo sin decir “c´est la vie”. Un motivo para no tirar la toalla y levantarme si me caigo. Un motivo para pelear día a día, para aguantar a todos los memos, los cabrones y los inútiles a los que tengo que aguantar día sí y día también. Un motivo para… soñar. Y ese motivo tienen nombres y apellidos, y es porque Fran y Zorita y Vale me han enseñado la vida que podría tener si peleo por ella. Miles de cosas pueden pasar de aquí a seis o siete años. Puede que tenga que acabar viviendo en un cuchitril o que tenga que acabar trabajando en un Telepizza con título de arquitecto o que yo y Fran nos peleemos a muerte, o Zorita y Fran, o yo y Zorita, estos tres últimos lo dudo, lo único que sé seguro es que, aún con muchas posibilidades de caer en el viaje, no son motivo para no intentarlo, he visto lo que hay y lo quiero, aún sin poder imaginar la sangre que me va a costar. Aún si acabo por morir por el camino, mejor morir con las botas puestas.

J.