lunes, 6 de diciembre de 2010

Cristales rotos.

   La familia de tu madre había conservado el jarrón durante generaciones, ella esperaba ahora dártelo a ti, con ilusión, ahora ella mira sus pedazos esparcidos en el suelo, suspirando. "No pasa nada", te dice, pero tú sabes que no es verdad, con el golpe, la confianza que existía en el interior del jarrón ha quedado esparcida, desapareciendo, y la desilusión se ha materializado en el aire, sobre los pedazos de cerámica. Ella no te lo volverá a recriminar, pero la culpabilidad volverá a tus ojos cada vez que en una conversación familiar pueda adivinarse tu torpeza, mientras ella baja la mirada y te sonríe forzadamente. Pues lo que tú nunca sabrás es lo que ella se afanaba en cuidarlo, en ese jarrón se escondía más que el polvo, en ese jarrón ella guardaba sus miedos, y esperaba que tú algún día le ayudaras a vaciarlo. Al romperlo le has recordado lo que pasaba en su interior, y ahora que lo has roto, ya no queda sitio donde guardarlos, ni alguien en quien confiar para dejar ese jarrón a su cuidado algún día, cuando estuviera vacío.

   Lo mismo pasa con esos cristales imaginarios que separan las cosas, no eres consciente de que están ahí hasta que abres la boca innecesariamente, hablando tan alto que haces que estallen y que el estruendo suene en el interior de esa otra persona. Esos cristales suponen un límite, un límite que si sobrepasas sin darte cuenta, no volverá a existir. Cuando rompes uno de ellos, el límite desaparece, haciendo desaparecer también parte de lo que habían de delimitar, separando todo aún más por una gruesa capa de humo que no deja pasar la luz, bajo la que sólo se adivinan aún los restos de esos cristales, recordándote tu error.
   Pues si existe un límite, es precisamente porque traspasarlo indebidamente puede hacer que todo se tambalee. Para hacer que éste desaparezca, debes pulir poco a poco la superficie del cristal, con suavidad y confianza, debes saber hacerlo. Y si no tienes los suficientes conocimientos sobre lo que vas a hacer, lo mejor es procurar no hablar demasiado alto, o aventurarse a lo primero que se te ocurra, pues recuerda que lo que tienes delante es un cristal frágil, y si se rompe, los pedazos al saltar podrán cortar a la persona que te espera detrás, haciendo que ésta se aleje, que huya con un pequeño corte que dejará cicatriz.
   Y cuando algo se rompe, es muy difícil repararlo, nunca quedará como antes estaba, sino mucho más frágil, y si lo consigues, una vez lo tengas reconstruido, tendrás que comenzar otra vez a pulirlo, lentamente, con cuidado de no hacer que salte en añicos, mientras la persona de detrás te mira seriamente, sin ánimo alguno de que consigas pulir ya el cristal, haciéndolo un poco más grueso cada vez que tú dejes de esforzarte en él.



P.D: cuando te pedí una historia bonita quería ver si quedaba algo de felicidad en ti que usar para hacerte sonreir, con tu irónica respuesta me quedó claro que no.

Zorita.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Kolo

Kolo es una de mis mascotas favoritas. Es un galgo precioso de color marrón moteado y blanco, tiene unas patas largas, un cuerpo delgado y un hocico alargado, que cuando abre para jadear después de una carrera, parece una sonrisa perruna llena de dientes blancos y afilados. Kolo es un perro cariñoso y leal, nunca le he oído gruñir a nadie, sus únicos ladridos han sido de alegría, y cuando hace algo mal agacha la cabeza avergonzado y te mira con ojos tristes, es imposible enfadarse con él.
A Kolo le gusta jugar con un hueso de goma que tiene en su cesta, se pasa horas zarandeandolo de un lado a otro y tirándolo hacia arriba con el hocico para correr detrás de él. También le gusta que le tiren una pelota de tenis cuando pasea por el parque, para ir veloz en pos de ella a recogerla, brincando alegremente con sus largas patas y su lengua colgando, sí, creo que Kolo es un gran perro.

Es mentira, no conozco a Kolo, probablemente no sea su verdadero nombre, ni tan siquiera sé si es un macho, solo que es un galgo. El domingo pasado mi padre me llevó a Alicante en coche, bajando por la salida de la autovía, vimos un galgo que venía por el centro de la carretera, en dirección contraria, solo, de noche. Mi padre lo esquivó y el coche de atrás también, pero no puede ver más alla cuando se perdió por el centro de la carretera. Lo más probable es que Kolo fuera brutalmente atropellado y muriera al instante o pasara unos minutos de dolor insufrible antes de que lo atropellara otro coche.
No sé si quien dejo a Kolo suelto lo hizo a conciencia o por descuido, solo sé que se merece una muerte horrible.

A ver si cualquier día le hacemos un favor al mundo y nos extinguimos.

J.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Inmortal.





  Allí estábamos, sentados sobre el lago helado, en medio de la nada, yo únicamente vestida con su gran camisa negra, adornada por mi pelo desordenado al rededor de la cabeza, él llevaba aquéllos pantalones que tanto me gustaban, sus pies descalzos se deslizaban sobre el hielo como queriendo dibujarme una sonrisa. El vaho se escapaba de nuestros labios con cada respiración, atravesando los millones de diminutos copos de nieve que caían lentamente, casi estáticos en el aire, dando al ambiente un extraño aspecto mágico. La nieve rodeaba todo aquello a partir de los límites del lago, pero nosotros no sentíamos frío, no había nada malo que sentir allí, y ninguno de los dos, sumergidos en aquella extraña, mágica y sobrecogedora situación, íbamos a cuestionar su naturaleza, no nos atrevíamos, Morfeo así lo había querido, él nos lo había dado y él nos lo podía quitar.
-Tengo algo que entregarte...
-Lo sé mi amor, si tú lo sabes, yo lo sabré.
  Con una breve inclinación de cabeza, él sacó de su espalda una preciosa rosa negra de cristal, los detalles eran tales en aquella hermosa escultura, que si no hubiera sido por su traslúcido aspecto no habría sabido diferenciarla de una verdadera rosa. Su belleza era sobrecogedora, estática, eterna. Las rosas eran hermosas no sólo por su belleza, si no porque ésta era efímera, cuando menos te lo esperabas había desaparecido, convirtiéndo la bella rosa en una rosa marchita, débil. Pero aún así la rosa seguirá siendo hermosa, su significado perdurará en tu recuerdo, recordándote que no todo dura para siempre ante tus ojos, pero sí en tu memoria. Sin embargo, el sentimiento de belleza en aquella rosa no existía, ella ya estaba muerta, por lo tanto su significado también lo estaba. Él no podía parar de pensar en ello una vez se dió cuenta, me había regalado una rosa muerta, sin belleza verdadera, tratando inconscientemente de reparar aquélla que yo ya había perdido, él no podía quitárselo ya de la cabeza, por lo tanto, yo tampoco. Sostenía la rosa entre sus manos, sus labios habían formado una mueca rabiosa, impotente y contenida, y con un gemido, las lágrimas comenzaron a brotar líquidas de sus ojos, convirtiéndose en pequeños cristales brillantes antes de chocar contra la superficie del lago y hacerse añicos. Al ver ésto, su rabia tomó por completo la expresión de su rostro, lanzando con fuerza la rosa de cristal sobre la superficie de hielo.
- ¡Ni siquiera mis lágrimas son ya de verdad! ¡Ni siquiera ellas tienen ya sentido! - Su grito quedó ahogado por el estruendo de cristales y hielo, pero su dolor me llegó desde el interior. Me quedé inmóvil, como hasta entonces, mientras una pequeña tristeza se iba apoderando de mí, creciendo en mi pecho. No era una tristeza con la que llorar, de la que intentar escapar para buscar desesperadamente la felicidad, ésta era ya una tristeza calmada, paciente, era la tristeza de quien no espera ya que vuelva la felicidad, era una tristeza que se mantendría allí hasta el fin verdadero de mi recuerdo. Él me miró, aún con los ojos inhundados en lágrimas de diamante, suplicante, pidiéndome que cambiase lo que sucedía. Pero él sabía ya que aquéllo no dependía de mí, que había quedado solamente en sus manos y en las del tiempo, y por lo tanto, yo lo sabía con él.
- Es la hora mi amor.
- No...no lo es, aún no han cantado los pájaros.
  Una leve mirada de la misma tristeza se apoderó de mis ojos, quedando reemplazada rápidamente por el amor, que bullía en mi pecho y luchaba por salir a traves de mis ojos para encontrarse nuevamente con los suyos. Pero no era amor real, era aquél que él tanto deseaba volver a ver, que ya sólo existía en aquel hermoso lago. Bajé la cabeza y dejé que, como todas las noches, desde las puntas de mis dedos hasta mi interior, el fuego decidiera ponerle fin. Él, como siempre, gritó millones de súplicas, mientras sus lágrimas de cristal continuaban resbalando por sus mejillas. A mi alrededor, los copos suspendidos en el aire habían desaparecido, consumidos por el calor de mis llamas. Quería decirle que no me dolía, que ya había pasado, que me había resignado a ello y sólo deseaba que fuera feliz, pero Morfeo no me lo permitía, había decidido que era la hora de marcharse, llenando la estática imagen del lago con los cantos de unos pájaros inexistentes. Sí me iría, pero antes debía despedirme, como nunca pude hacer. Levanté lentamente la mano, acercándola a su rostro, acariciando su suave mejilla mojada por las lágrimas con las yemas de mis dedos, mi piel y su camisa seguían intactas sobre mi cuerpo a pesar del fuego. Siempre adoraba ver el hermoso fenómeno que se producía en ese instante; las llamas de mi mano se volvían azuladas, y conforme la acercaba lentamente a su rostro se iban extinguiendo, evitando la peligrosa caricia, como si una cúpula invisible de dióxido de carbono le protegiera del dolor.
- ¿No lo ves?- Preguntaba, como cada vez, ahogado por las lágrimas.- Me haces más daño tratando de apartar el dolor de mí que dejando que me queme, y como cada vez, hoy no podrás despedirte.
  La losa de culpa volvía a caer sobre mis hombros.
- Lo siento. - Cerré los ojos y bajé la cabeza, dejando escapar una pequeña lágrima de fuego que él jamás vería.
  Mi cuerpo despareció, convirtiéndose en una suave ráfaga de ceniza transportada por el viento que había comenzado a soplar con el extraño canto de las aves. Y allí se quedó él, inmóvil, junto con sus lágrimas inmóviles en su mejilla, los copos inmóviles sobre el aire y los cristales rotos de la rosa inmóviles sobre el hielo, cerrando lentamente los ojos y convirtiéndose para él el canto de los pájaros en un pitido incómodo que anunciaba el fin de la noche.

  Ahora era un recuerdo, el recuerdo de aquella vez, correteando por el pequeño bosque delimitado por el asfalto que había enfrente de mi casa. Corríamos entre carcajadas mientras la lluvia caliente del verano nos empapaba rápidamente, atravesando la capucha de mi sudadera y empapando mis piernas desnudas que sólo cubría parcialmente su minifalda favorita, con cada pisada, mis viejas converse se inhundaban y el agua helaba mis pies, pero en aquellos momentos no me importaba, me encontraba demasiado ocupada observando cómo su camiseta de manga corta empapada se pegaba a su cuerpo y como su pelo chorreaba, empapando su nuca. Paramos de correr, deteniéndonos cerca de la puerta de mi casa.
-Te tengo que dejar ya pequeña, voy a llegar a mi casa empapado.- El amor de sus ojos me llegaba como una ráfaga de felicidad.
- Vale, no pasa nada, desde aquí llego yo solita, no creo que me ataquen por el camino.- Con una pequeña risotada, me acerqué a él y de puntillas le di un suave beso de despedida que respondió atrapándome en un largo abrazo. Luego salí corriendo, con la suerte del tonto feliz, pisando todos los charcos que iban creciendo a mi paso sin importarme lo más mínimo.

  Ahora dormía en su cama, ahora le besaba con amor, ahora le gritaba enfadada por una estupidez, ahora le pedía disculpas, ahora le abraza mientras lloraba, ahora miraba con alegría por la ventanilla de su coche con el pelo revuelto por el viento, ahora le dibujaba un corazón de tinta azul en sus apuntes, ahora cantaba nuestra canción favorita...

  Ojalá pudiera borrarlo, reaccionar para decirle que no quería sentir su dolor, pero no era así, pues no había nada que decir ni sentir por mí misma, tan sólo era el recuerdo que él decidía que yo fuera, con tristeza y dolor me llevaba de un lado a otro con la esperanza de no dejarme morir, de hacerme inmortal en su pequeño mundo. Nadaba en un mar de imágenes e historias, recuperando pequeños retazos de su alegría pasada, pero no de su felicidad. Yo vivía en su recuerdo, era una vida hermosa, él me recordaba feliz, por lo tanto yo era feliz. Pero odiaba las noches, ellas tan sólo le daban el dolor, por lo que me lo daban a mí, le recordaban que nunca se podría librar de aquel sueño en el que desaparezco para siempre, hacían que me odiara, que me culpara por no seguir a su lado para siempre.
  Deseaba que el sueño desapareciera, cuando se olvidase esa pequeña parte de mí yo moriría un poco, pero él podría volver a encontrar la felicidad, y yo seguiría viviendo en sus difusos recuerdos, ya no tan dolorosos, que irían espaciándose con el paso del tiempo hasta desaparecer, llevándome al olvido a mí con ellos, lamentando solamente no poder ser yo quien le diese vida después de su muerte.

Zorita.




P.D: el último vídeo no me gusta, pero la letra de la canción quedaba bien con la historia xD

lunes, 25 de octubre de 2010

El Bosque

"—Date –conminó de nuevo– o te mato.
El capitán reflexionó un instante. Conocía la suerte que esperaba a los regicidas: torturados hasta la muerte y luego hechos cuartos. No era un futuro agradable.
—Mejor me matas.
Miraba el rostro barbudo del que hasta esa noche había sido su amigo –estaba perdiendo amigos con demasiada rapidez."


Dos personas llegaron a un mismo bosque en dos dimensiones paralelas. Las dos exploraron el bosque y decidieron que les gustaba, por ello, decidieron quedarse a vivir en el lugar.

La primera persona quería hacerse una casa, así que diseñó una mansión de mil metros cuadrados, taló todos los árboles que estaban en el lugar donde iba a construirla y con su madera se fabricó la mansión. La segunda persona también quería una casa, de modo que espero recogiendo las ramas que caían de los árboles, durmiendo al raso muchas noches, hasta que pudo construir una humilde cabaña en un pequeño claro, cerca de un álamo.

La primera persona descubrió que la maleza le dificultaba el paso, así que la arrancó toda y asfaltó un camino con alquitrán para caminar cómodamente. La segunda persona sin embargo decidió que la dificultad para caminar era algo que pertenecía al bosque, y aprendió a vivir con ello.

La primera persona encontró un gran lago transparente con corales en el fondo. Para aprovecharlo mejor, lo drenó completamente con un camión cisterna y se hizo una enorme piscina con jacuzzi en el porche de su mansión, cogió los corales que quedaban en el fondo y los empleó para hacer una exquisita decoración para su casa. La segunda persona, maravillada por la majestuosidad del lago, se construyó un diminuto muelle en una de sus orillas, con cuidado de no tocar demasiado el lago, y a este amarró una pequeña balsa que fabricó con las ramas que le sobraron de la cabaña. Y cada día cogió un cubo de agua para beber y regar el álamo que crecía junto a su cabaña.

La primera persona no podía dormir, los insectos le molestaban, así que fumigó todo el bosque, aniquiló a todos los insectos que quedaban vivos y la jugada le salió redonda, ya que con ellos cayeron los pájaros que de ellos se alimentaban y cuyo canto a aquella persona también le molestaba. La segunda persona indagó un poco, recolecto algunas frutas y se fabricó una loción que repelía a los insectos que se untaba en la piel cada noche.

Un día la primera persona miró a su alrededor y descubrió que ya no quedaba nada de bosque. Había moldeado a su antojo aquel lugar hasta que había perdido lo que lo hacía tan especial, entonces se sintió como si el bosque le hubiera abandonado.

Para la segunda persona ese día nunca llego.

Pequeña alegoría.

J.

miércoles, 13 de octubre de 2010

The Fourth

"We're all one thing, Lieutenant. That's what I've come to realize. Like cells in a body. 'Cept we can't see the body. The way fish can't see the ocean. And so we envy each other. Hurt each other. Hate each other. How silly is that? A heart cell hating a lung cell." Donald Kaufman, The three.

The young man, tied up to a chair, stared at his opponent with the hate burning in his eyes.

–You fucking monster! How do you dare to do this to me?! I´ll kill you! and you– his eyes fell upon a figure who stood at the corner

–How can you let him to do what he wants? You, probably the best person in this room.

The man opposite to the chair laughed.

–Calm yourself down J. Or I must remember you how finished your reign? Let me think... Oooh yeah, I remember, with a fucking ocean of pain.

–He´s right J. He is on charge because is the better for all of us.

–Oh really? So tell me: How are you doing guys? Do you feel happier? Cause I´m actually not.

–Well, then cry. That´s what you know to do best aren´t you?

–You bastard! In fact I think that you know a lot of it too.

–Maybe but do you know something? At least my butt is not tied up to a chair yet.

–By the moment.

–Why are you always fighting? I can´t have a moment of peace...

–You know this is bad, you know that he just have brought pain to us and to others. J. Stop him now that you can.

–Actually I can´t, J. He have been in charge too much time, now he´s smarter than me.

–So close your mouth, what a hell of guy, stop babbling you give me headache.

–We´re doomed...

At this moment, the room´s door opened slowly, across the doorway, a young man was waiting to enter to the room. He was an average-heighted man, black curly hair, brown eyes and serious look painted in her face.

He advanced to penetrate into the room and closed the door behind him.

–And who the heck are you boy?

–You don´t know? I am the fourth, I´m here to fix your mistakes.

–My mistakes?! That´s incredible man, go away before I kick your butt to the stratosphere.

–I don´t think so, I am the next we want to be and I have strong ties to fight for.

J.´s face turned white, but he recovered quickly and adopted a defensive position.

–Well, you know how this thing works...

The newcomer adopted the same position and faced him.

–For your information I didn´t expected nothing less.

Fable.




J.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Hoppeless

Es curiosa la forma en la que ves las cosas cuando caes con el rostro vuelto hacia el cielo.
Ves como todo se aleja en una carrera desenfrenada hacia el suelo.
Ves a la última persona que trató de cogerte y su rostro se graba a fuego en tu retina, incluso después de muerto. Te preguntas que piensa mientras te contempla cayendo al vacío con la cara retorcida por el terror y la angustia, probablemente eso, terror y angustia, porque en esos instantes tu cerebro trabaja a mucha más velocidad que el suyo ¡ah! el instinto de supervivencia, la eterna lucha entre animal y hombre, entre emoción y voluntad... La primera y última barrera que mantiene a raya el nihilismo auto destructivo de los hombres. Nunca es superada del todo sin embargo, una vez se cruza la línea ya no hay nada que pueda contener la marea. Notas el aire nocturno, húmedo y fresco acariciando tu rostro y te despides de él, allí donde vas no hay sensaciones, ni pensamientos, ni dolor...
Es curioso la maraña de pensamientos que desborda tu mente cuando caes con el rostro vuelto hacia el cielo. Piensas en como has llegado allí, en quién eres y quién fuiste un día menos sombrío. Piensas en los que dejas arriba y en el dolor que les vas a infligir, pero sabes que son fuertes y se tienen unos a otros, el mundo seguirá girando después con fría indiferencia. Piensas en seres inferiores que nunca te volverán a ver y que nunca entenderán qué paso, compasivos animales que solo tienen amor para dar al mundo y que, en demasiadas ocasiones, el mundo solo les devuelve desprecio.
Es curioso como la luz de la luna puede llegar a deslumbrar ¿O es quizá que tu percepción sensorial se sobreexcita por la adrenalina? Es difícil saber dónde radica la diferencia, pero no es importante, en realidad sabes que todo dejará de importar en unos segundos.
Es curioso las sensaciones que despiertan, como nuevas, cuando caes con el rostro vuelto hacia el cielo. La negrura aterciopelada del cielo, cuajado de pequeños puntos blancos. El sonido suave y melancólico de las olas, acunadas por la misma brisa que te acuna a ti. El tono rojizo de la tierra, alzándose imponente y señorial ante tus ojos. El tacto de tu propia ropa, suave, acariciador, entonces sabes que estás mas vivo que nunca.
La cuestión es si eres capaz de controlarte para disfrutar ese momento, el último o el miedo y la negrura se apoderarán de tu ser. Pero ya lo sabes, la culpa y el dolor te han acompañado durante cada día de tu vida, arrastrando tus errores, empañando tus victorias. Es pues lo justo que sientas entonces la culpa por cómo finaliza tu corta vida y sientas el dolor que vas a infligir. Pero no importa ya.
Un instante de infinito dolor cuando tu columna se rompe contra las rocas, tan intenso que tu cuerpo se convulsiona, pero después dejas de sentirlos, tanto cuerpo como dolor. Ves una mancha rojiza teñir el agua, rielar a la luz de la Luna, te sorprende descubrir que es tuya, tanto tiempo sintiendo el vacío que habías empezado a creer que no eras más que una cáscara. Se oscurece tu mirada poco a poco y sientes como tu conciencia se evapora en el viento, en un ultimo esfuerzo hercúleo tratas de cerrar los párpados para que los que te encuentren no vean tu cara de dolor, pero no lo consigues. Se te niega la visión, se te niegan los sentidos, se te niega el pensamiento...
y mueres.



J.

sábado, 3 de julio de 2010

No es país para memos


"Parece que casi todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que el grado de civilización y de progreso se mide por la desaforada capacidad del entorno para meter bulla y que el silencio es cosa de paletos y de gente anclada en los tiempos de maricastaña..."





-Hola a todos, hoy voy a hablaros sobre algo que no mucha gente conoce: el mundial de sudáfrica.-

-Ooooh ¿Y eso qué es Sr, Raist?-

-Me alegra que me lo preguntes pequeño Timy, verás el mundial es una competición en la que 32 países envían a 23 intelectuales a Porculistán cada uno para que se den patadas detrás de una bola de cuero acompañados de música de Bisbal.-

-Vaya Sr. Raist pues dicho así parece una chorrada ¿No? ¿Qué finalidad tiene?-

-Ja ja ja, tiene más de una finalidad pequeño Timy, la primera y más importante es estafarle a la gente grandes cantidades de dinero en entradas y marketing...-

-¿Cómo la iglesia?-

-Exacto Timy, como la iglesia, pero el mundial también es una excelente forma de distraer a la población de problemas más graves como la alarmante cantidad de parados o la reforma del mercado de trabajo.-

-Oh vaya Sr. Raist, pero eso no está bien ¿No tiene nada de positivo?-

-Claro que sí Timy, el mundial sirve para que naciones cutres tengan algo de lo que sentirse orgullosos.-

-No le sigo Sr. Raist, ¿A qué se refiere?-

-Lo que quiero decir es que mientras los suizos se jactan de tener una de las mejores economías del mundo, o los fineses se sienten orgullosos de su gran sistema educativo, países como el nuestro puede ir por ahí con la cabeza alta porque somos los mejores en darnos patadas detrás de una bola de cuero.-

-¿Pero Sr. Raist, es realmente algo de lo que sentirse orgulloso?-

-Buena pregunta Timy, dime ¿Va a ser mejor tu vida si ganamos el mundial?-

-... No...-

-En efecto, pero la gente no parece pensar igual que tú Timy, por ello celebran por todo lo alto cada partido ganado, metiendo ruido, pitando con sus coches y gritando como energúmenos-

-Oh vaya, pues no deben ser muy inteligentes.-

-No lo son Timy, no lo son.-

Esta entrada va dedicada a todos los garrulos de mierda de san vicente, ojala gane Alemania para que yo pueda bailar, si bailar...

domingo, 27 de junio de 2010

Las suaves y frías gotas de lluvia caían sobre mis hundidos hombros, mojando la carga que se cernía sobre ellos con pequeñas dosis de culpa. Los pequeños pedacitos de cristal brillaban como estrellas escarlata en un oscuro fondo de asfalto, mientras los árboles alrededor se me antojaban viejos y sabios jueces, tristes testigos de mi insensatez. “Tú…tú…has sido tú…”, me susurraba el viento, acusador, “es tu culpa…para siempre...para ellas”. Y tenía razón, si no hubiera tenido tanta prisa por llegar a aquel sitio maldito, podría haber vuelto, evitando el asesinato de mi historia. Más adelante, un automóvil descansaba bajo un enorme sauce llorón, cubierto por sus muertas ramas, que atravesaban su techo y a su conductor, clavando a su vez una enorme estaca en mi pecho…maldita prisa, maldito antro, maldita idea, estúpida cabeza. El cielo tomaba poco a poco el color de la carretera, reflejo de la sangre que ahora la cubría. Caminé lentamente hacia el coche para siempre aparcado, introduciendo la cabeza por la ventanilla, observé aquel demacrado rostro ensangrentado; las lágrimas aún resbalaban por su inerte mejilla, surcando de ríos los desolados parajes de la piel de lo que antes fue mi rostro. Acaricié con la yema de mis insustanciales dedos el comienzo del pelo, dejando escapar finas lágrimas de mis inexistentes ojos, reflejo de las que aún permanecían en mi cuerpo. Pude imaginar en la guantera las fotos de aquella aún hermosa mujer a la que ya no podría pedir disculpas por mi estupidez, las suaves caritas de ojos azules de las mellizas, que ya ni siquiera volverían a ver a su padre para poder recordarlo.La gente se equivoca, pensé: la muerte no es lo terrible, lo terrible es el crimen, el asesinato de una vida, de una historia, la muerte de lo que podría haber sido la vida de aquellas personas de mis fotos. Y la causa fue mi inconsciencia; la consecuencia, la muerte; el castigo, la culpa.

Zorita.

martes, 22 de junio de 2010

Oh, Luna, ¿dónde estás?

Dime, Luna, ¿dónde estás?
Necesito tu luz
para pasear por las calles
sumidas de oscuridad

¡Oh, Luna! Dime... ¿por qué?
¿Por qué has desaparecido de mi camino
si hasta las Estrellas se han apagado
y el Sol de mí se ha olvidado?

¿Por qué, Luna, por qué
tengo miedo de estas calles retorcidas?
¿Qué me depara el final del camino?
No tengo tu guía.

No quiero saberlo.
Tu luz mis miedos espanta
y me ayuda a seguir caminando.
¡Oh, Luna, mi amada Luna! ¡No te vayas!

¿Por qué me abandonas, Luna?
Este viaje es difícil andarlo
cuando hasta mi infatigable amiga,
la Soledad, me ha olvidado

Oh, Luna, ¿dónde estás?
En una esquina de estas calles lloro
presa del miedo, del pánico y del dolor,
pues ver la luz no logro.

Oh, Luna, ilumíname una vez más,
atiende a mi ruego
Con tanta oscuridad
No puedo encontrar el camino...
...de mis recuerdos.

Oh, Luna, amada mía...
¿Dónde estás?
No me dejes solo...

sábado, 19 de junio de 2010

(Sin título)

Me desperté fuera de lugar. Un sudor frío empapaba mi cabello, mis mejillas, mi torso. Empapaba también las sábanas y la almohada. “Otra pesadilla”, pensé. Sin embargo, esta vez parecía más real que el resto. Habría jurado que tenía de irreal lo que tiene una rosa de fealdad. Me había visto a mí mismo corriendo, perseguido por una muchedumbre enfurecida. Lo extraño es que llevaban ropa que me resultaba familiar, al igual que sus cuerpos. No obstante, lo más sobrecogedor de todo aquello eran sus rostros. O más bien su ausencia de rostros. Allí donde deberían estar sus caras, simplemente había una zona ensombrecida. Y me perseguían a mí. Me perseguían con actitud furiosa, como si hubiera matado a sus familias, robado su dinero o ultrajado su orgullo. Podría haberlos afrontado, pero el hecho de resultarme tan familiares me impidió parar y enfrentarme a ellos. Corría todo lo que mis piernas me permitían, hasta que encontré un lugar donde esconderme. Estaba a salvo. O eso creía. De repente, mi propia sombra empezó a tomar forma de brazo. La mano que había en su extremo me apretó el cuello hasta que desperté.

“Menos mal que todo ha sido una pesadilla”. Me levanté de la cama y salí de la habitación. Estaba deshidratado. Me acerqué a la cocina y tragué tanta agua como mi cuerpo me permitió. Luego me metí en el cuarto de baño para darme una ducha. Al encender la luz, volvió a aparecer la sombra de mi sueño. Antes de poder gritar para pedir ayuda, mi cuello ya estaba oprimido por esa fuerza sobrehumana. La ausencia de respiración fue menguando mi oxígeno en sangre. Mis ojos empezaron a cerrarse, a la par que todo adquiría un matiz borroso. Cerré los ojos y me desplomé sobre el suelo del baño.

Me levanté violentamente. “Joder, otra vez la misma pesadilla”. Y entre miedo y somnolencia, me volví a dormir.

miércoles, 9 de junio de 2010

(Sin título)

Voy a probar eso de las bandas sonoras:

Entré al hospital con el corazón en un puño, tropezándome con cada banco, con cada acera, con cada viejo que me encontraba por la calle. La noticia de su colapso me había llegado vía e-mail. El contenido de éste afirmaba que yo era la única persona con la que habían podido contactar y que acudiera al Hospital General de Barcelona para poder “entrevistarme”. También constataba que habría sufrido las consecuencias de una enfermedad hasta ahora desconocida del corazón y que estaba recibiendo un seguimiento monitorizado. Al leer dicho correo, mi reacción fue de esperar: salí corriendo como un bólido, presa del pánico, pues a mi amada le podían quedar segundos de vida. Tal fue la sorpresa de la recepcionista al verme entrar tan abruptamente que en seguida supo quién era y a qué venía. Me acompañó al despacho del doctor que estaba estudiando el caso. Al verme entrar, me reconoció al instante, de la misma manera que lo reconocí yo a él. Era Salva, mi amigo de la infancia. Me dijo: “De todas las personas que podrían haber estado relacionadas con ella, tú eras la última que esperaba ver”. Seguidamente, me dio un abrazo y continuó: “Lamento decirte que Andrea padece una enfermedad cardiovascular que nunca habíamos visto hasta ahora y para la cual no hemos encontrado cura posible. Es más, podría morir mientras nosotros hablamos”. Mi reacción fue posiblemente catalogada de insólita en la mente de mi amigo. En ese momento, yo ya estaba más calmado, pues el pequeño “paseo” con la recepcionista me había permitido ordenar mis ideas. Lo único que hice fue asentir y preguntarle a Salva: “¿Estás totalmente seguro de que no hay ninguna cura y que su vida está totalmente perdida?”. Esa pregunta hizo que se girara y empezara a pensar, o, al menos, eso me pareció a mí. Al minuto, volvió a dirigirse a mí con una mirada totalmente fría, diferente a la cálida y comprensiva con la que me había recibido. Me dijo: “Quizás sí la haya, pero el precio es muy elevado”. Yo, sin dudarlo, contesté: “Pagaré lo que sea”. Salva negó con la cabeza y me explicó la situación: “Hemos descubierto que esa enfermedad está ligada únicamente al corazón de la víctima, por lo que un trasplante es lo único que podría salvarla. Y, como bien sabrás, Jose, hoy en día no hay donantes de corazón. No sé si me explico…”. De repente, mi mirada se iluminó. Existía una salvación para ella. Aunque el precio a pagar era muy alto. Quizás demasiado. Pero dio la casualidad de que, en esos últimos días, estuve pensando en una situación parecida. ¿Valdría la pena dar mi vida por ella si ello significara salvar la suya? Si yo no daba mi corazón para salvar su vida, ella moriría y yo me sentiría culpable por no haber intentado salvarla. Sin duda, ello sería el peor de los castigos que yo podría recibir. Sin embargo, si le entregaba mi corazón, yo moriría feliz por haberle dado una segunda oportunidad a Andrea y ella podría seguir viviendo e intentar encontrar la felicidad, aunque no fuera conmigo. Quizás fue egoísta por mi parte tomar la elección que tomé, pues ella tendría que vivir sin mí. Eso fue lo único que turbó brevemente mis pensamientos momentos después. Sin embargo, Salva no pareció sorprendido al oírme decir que quería donar mi corazón para que ella pudiera continuar viviendo. También le dije que me prestara un papel y un bolígrafo para dejarle un mensaje que pudiera leer una vez hubiera salido de la operación y estuviera estable.

Al cabo de media hora, Salva ya había hecho las preparaciones para llevar a cabo la operación. Antes de meterme en la sala de operaciones, Salva me dijo: “No hay forma de que cambies de opinión, ¿verdad?”. Negué con la cabeza. “Está bien. Procedamos con la operación”.

Ahora estoy a su lado. Puedo contemplar su belleza por última vez. Sin duda, creo que he tomado el camino correcto. Y, a diferencia de otras personas cuando están frente a la muerte, yo no veo desolación, ni agonía, ni ningún sentimiento parecido. Sólo recuerdo los momentos que pasé junto a ella. Las risas, los abrazos, los besos, las caricias, el tiempo que gastamos juntos. No los malgastamos. Y no me importa lo que haya después de esta vida. Lo único importante ahora es tener la certeza que ella tendrá una segunda oportunidad para ser feliz, aunque carezca de mi compañía. Tengo fe en que la aprovechará.

Al fin, la anestesia empieza a hacer su efecto. Me pesan los párpados. Creo que he hecho lo correcto…

Lo que Andrea leyó una vez estuvo totalmente recuperada fue lo siguiente:

“Si Salva, el médico que estaba a cargo de ti, no te ha dicho todavía por qué no estoy a tu lado, no creo que sea oportuno preguntárselo. Simplemente, aprovecha la vida que alguien te ha dado. Yo no creo que pueda estar contigo a partir de ahora, pues estoy en el extranjero por cuestiones un tanto secretas. Ya sabes, podría estar en un apuro si alguien más leyera esto. Sólo te pido que no me odies por ello, pues tu vida, para mí, es lo más importante que he tenido entre mis manos. Por favor, intenta ser feliz con esta segunda oportunidad y no la malgastes llorando por no poder estar conmigo. En el mundo hay muchos hombres que estarán dispuestos a hacerte feliz. Sin embargo, hay algo que sí puedo asegurarte: mi corazón y todos los sentimientos hacia ti que éste albergaba estarán siempre contigo. Puedo asegurarte que el amor que siento por ti no podrá acallarlo ni la misma Muerte.

Cuídate, mi vida.

Te amo.

Jose.”

domingo, 23 de mayo de 2010

Bajas Presiones





"Drefan se dirigió a los dormitorios. Tras echar un rápido vistazo regresó y negó con la cabeza. Richard no podía apartar la mirada del marido y la mujer muertos. Trataba de imaginarse la desolación de Clive sentado en la silla, enfermo de peste, con su mujer muerta en los brazos; sus sueños y sus esperanzas muertos en sus brazos."

"Las tormentas se crean cuando un centro de baja presión se desarrolla con un sistema de alta presión que lo rodean. Esta combinación de fuerzas opuestas puede crear vientos y resultar en la formación de nubes de tormenta"


Tratas de eliminarlos de tu mente, pero nunca se van completamente. Siempre están ahí y, a veces, llegan sin previo aviso. A veces los necesitas y otras simplemente los odias por existir. A veces te pasas semanas sumidos en ellos y otras parece que han sido desterrados de tu existencia, pero el día menos pensado están ahí de nuevo, oprimiéndote como si estuvieras atascado dentro de una cavidad estrecha y oscura.

Los días de bajas presiones, la calma antes de la tempestad. Necesitas llorar, pero no eres capaz, tus ojos se mantienen secos y el mundo se detiene, gris y anodino, enmudeciendo tu mente y constriñendo tu alma hasta el punto en el que cuesta respirar.

La tapa cierra el pozo y deja de llegarte la luz...

Una imagen, un sonido, una historia. Tristes o hermosos, hermosos o tristes, también en aquello que es triste se esconde algo hermoso.







domingo, 16 de mayo de 2010

(Sin título)

"-Señora -dijo Gerard, que por fín pareció capaz de mover su paralizada lengua-. Estoy de acuerdo con Palin. No debéis confiar en el tal gobernador Medan. Es un caballero negro y, aunque los de su clase hablen de honor y sacrificio, sus palabras son vanas, tan hueras como sus almas.

-Sé que tenéis razón -admitió Laurana-. Aún así he visto la semilla del bien caer en la más oscura ciénaga y crecer fuerte y hermosa a pesar de la nociva miasma. Como también he visto la misma semilla, cultivada con suaves lluvias y sol brillante, crecer retorcida y fea y dar un fruto amargo."


Y de la semilla, nace la vida. Bajo una húmeda capa de tierra fértil, una pequeña semilla es abierta. Sus raíces, suaves y tiernas, alcanzan cuantos nutrientes pueden para permitir la germinación del tallo. Éste, cual topo en sus túneles, se abre paso a través de las capas de tierra que hay encima de él. Sin embargo, parece que el tramo nunca termina. El tallo sube y sube, pero no consigue alcanzar la luz. Por suerte, no se da por vencido y consigue resquebrajar el suelo. Mas no se encuentra lo que esperaba. No hay luz. No existe el brillante destello del sol. Sólo oscuridad. El cielo, totalmente apagado. Ni luna ni estrellas enturbian la sobrecogedora oscuridad. El recién nacido, asustado, no sabe qué hacer. Tiene miedo a crecer, pues esa oscuridad podría engullirlo. Su piel, verde brillante, adquiere tonalidades amarillentas frente a ese miedo repentino. No sabe qué hacer. De repente, sus raíces se mueven solas, sin preguntar a su voluntad. Buscan algo, pero... ¿qué? Ni siquiera el mismo tallo lo sabe. Ni siquiera sabe que el color marrón tenue de sus raíces se ha tornado oscuro, casi negro como el carbón. No sabe que esas raíces, que deberían dar vida, sólo traerán muerte. Aquello que buscan esas ennegrecidas raíces es algo a lo que aferrarse, como el marinero que se aferra a un tablón de madera despues del naufragio. Las raíces se aferran a la vida. Se aferran a la muerte. De pronto, encuentran algo enorme en comparación a su diminuto tamaño. Aunque lo más importante es que desprende alegría. Desprende vida. Las raíces se aferran a ello. Al instante, un agónico dolor recorre todo el camino que habían recorrido el tallo y las raíces hasta ahora. Seguidamente, un imperioso impulso por consumirlo todo. No se ha dado cuenta que ha perdido todo su verde vivaracho y que su sustituto es un ponzoñoso amarillo oscuro descolorido. Sin embargo, el dolor se atenua al absorber la vida a la que se han aferrado sus raíces. Ello le proporciona un placer extremo, casi orgásmico. Un placer morboso y macabro. El tallo se siente bien. Ya no recuerda el miedo a la oscuridad, por lo que retoma su crecimiento. Y a medida que crece, un halo de putrefacción se extiende a su alrededor. Muerte y caos se arremolinan tanto alrededor de las raíces como alrededor del tallo de la planta. Incluso las hojas han perdido su color verde vivo. Y cuando sus raíces no pueden extender más su aura de muerte, empiezan a agrandarse al mismo tiempo que la planta florece. Sus flores, de colores apagados, emiten un olor desagradable, propio de un cadáver en descomposicón. Sus formas grotescas espantan la poca vida que queda a su alrededor. La planta se siente satisfecha. No obstante, al poco tiempo, sus flores se pudren. No han logrado ser fecundadas. La planta se siente desolada. Se pregunta qué habrá hecho mal. Le queda poco tiempo. Se arrepiente de haber arrancado tanta vida. Sin embargo, su arrepentimiento no la curará de su desdicha ni de su muerte.


Kratos

domingo, 9 de mayo de 2010

Despertar

Escuchad esto mientras leéis mi relato ^^



La noche era opaca, una espesa niebla cubría,como si de ceniza se tratase,la ciudad. La humedad y el frío entraban por igual en sus pulmones, a la par que el el viento musitaba una extraña sinfonía en sus oidos. Su sombra se alargaba tras el paso de cada farola y la luz de la siguiente farola era la única guía en aquel paseo. Se había hecho ese camino miles de veces y sin embargo le seguía resultando desconcertante.

Una sombra negra apoyada a una columna de ladrillo rojizo espera pacientemente como cada dia desde cuando podía recordar."Sabes lo que te conviene" le musitaba al oído mientras el caminante pasaba de largo, como si de una nube de polvo y ceniza se tratase. Aquella sombra era insistente, se había pasado años intentándolo, su vida dependía de ello pero el caminante nunca se planteaba escucharlo.

El videoclub estaba cada vez más cerca, sólo un polideportivo ruinoso y en obras le separaban de aquella luz rojiza de 24 H. Sin embargo la sombra era insistente, había llegado casi la hora y como cada noche luchaba por evitar su muerte, era hábil pero sólo podía esperar e intentar hablar con el caminante.

El corazón de nuestro caminante se aceleraba al paso del polideportivo, y alli volvía a esperarlo aquella infame sombra, apoyado sobre la reja oxidada. No podía evitar sentir miedo y a la par atracción, eran tantos años a su lado...
"¿Vas a dejarlo así?", aquella voz, tan familiar...tan profunda...su respiración aún seguía cortándose cada vez que la oía, sin desacelerar su paso nuestro peregrino saca de su bolsillo un cigarrillo, el tabaco había sido su mejor metodo de abstracción, aunque sabía cual era el precio a pagar...

Apenas quedaban unos diez metros para llegar a gestor de renta de películas, se podía sentir en sus ojos aquella ansia de terminar con aquel paseo, aquella necesidad de acortar aquellos desesperantes momentos...miró un momento su móvil, la hora llegaba.
La centralita estaba vacía, algo le desconcertaba, aquella sombra no le espera en la columna como era costumbre, se relaja, nuestro protagonista siente la calma de después de la tormenta, busca en su chaqueta la tarjeta para poder hacer posible la devolución, y alza la vista...
Su corazon se acelera, su repiración se corta y una ardiente ira se apodera de su cuerpo. Por fin aquella maldita sombra se había mostrado, le miraba fijamente a los ojos, aquellos ojos desafiantes...
Le golpea consicutivamente, sus manos sangran, pero el dolor aún no se hace presente, la sombra le sonríe, "Sabes que serías capaz...liberame".
Tanto sufrimiento, tanto dolor la razón vuelve a nuestro caminante, ve el cristal de la centralita destrozado y como su sangre fluye por sus manos y por los cristales rotos, la alarma suena...Busca en sus bolsillos, la encuentra, pero esta vez no se la introduce en la boca, espera...piensa...

Sus ojos muestran el mismo signo de desesperación y cansancio que los de quella sombra...escucha un suave murmullo "Vuelve a ser tú".
Muchos son los pensamientos que abordan a nuestro caminantes, posibilidades remotas y posibles, necesidades y ambiciones, pero todas convergen en un punto...él mismo. En un acto de determinación lanza la pastilla y una tormentas de ideas le saturan. Sonríe, se siente relajado, completo, capaz. Mira a su alrededor y solo dislumbra la luz de las farolas sobre una atmósfera de ceniza. Tantos años inutilizado, tantas afrentas recibidas, una mueca surge en su rostro, sabe que es la compensación de la sombra a su decisión. Devuelve la película y camina hacia la oscuridad, tantas cosas que planear y tan poco tiempo...la noche es muy larga...


Asomado en su balcón observa como una figura pensativa camina a lo largo de la carretera...ambos se miran...un escalofrío recorre su espalda mientras la figura desaparece en la noche.

martes, 27 de abril de 2010

Chaos Mind



Escucha mientras lees.



Ya era de noche. Atravesé el campus a pie, observando las sombras que los edificios proyectaban sobre el suelo. Los fulgores mortecinos de las farolas apenas bastaban para iluminar el oscuro camino. No estaba solo Lorena y Sandra iban a mi lado.

-¿Qué tal el examen?-. Pregunté.
-Como siempre...- Dijo Lore.
-Siempre dices lo mismo y luego apruebas-.
-Sí, sí, pero Elia se ha pasado un montón esta vez-.
-Pues menuda novedad, al menos has estudiado más que yo ¿No?... ¿Lore?-.
-¿Con quién hablas?-

Me sobresalté, Sandra me miraba sonriendo y no había ni rastro de Lore.

-Con Lorena ¿Se ha ido ya a la parada del bús?-

Me miró con complicidad, pero al ver que yo la miraba confuso su rostro demudó en preocupación.

-Jota... hace más de un mes que Lorena viene y va en coche a su casa-.

Me paré en seco mientras procesaba aquello... la miré.

-Es cierto, perdona no me acordaba-.

Sonrió y me tocó en el hombro.

-Deja de hacerte el idiota y vamonos que empieza a hacer frío-.

Reanudamos la marcha mientras ella hablaba de como le había ido el examen, lo que había respondido, lo que se había dejado... Yo dejé de escucharla cuando empecé a pensar en lo que había ocurrido un rato antes, debía de haber flipado o algo así porque hubiera jurado que...
Me detuve en seco.

-Un momento- Dije -Tú no has hecho el examen, eres de primero, no tienes esa asignatura-.

Pero allí solo estaba yo. Miré a mi alrededor, en el fondo sabía que había ido solo todo el camino desde que había salido del examen de Elia. Me estaba empezando a asustar, saqué los cascos de mi bolsillo y conecte el reproductor del movil. Me sentí un poco más tranquilo cuando empezó a sonar "Inis Mona" a un volumen respetable. Eché a andar con el paso acelerado que imprimía siempre a mis pasos cuando iba solo a cualquier parte y salí del recinto de la universidad. Crucé la carretera y entré al portal de mi edificio. A esas horas, no había un alma en el portal, aunque normalmente era bastante frecuentado en las horas puntas. Subí en el ascensor hasta mi piso y abrí la puerta del piso.

Avancé por el recibidor hasta las escaleras y ví a Juan haciéndose la cena mientras tarareaba una canción, lo saludé y me respondió meneando la cabeza y sonriendo. Subí a mi habitación y encendí el PC. Zorita estaba conectada en el msn.

La verdad está sobrevalorada ^^ {5477} dice:
*...
*te vas a reir pero cada día se me va más la cabeza xD
*estas?

Esperé, pero no me respondió "Bueno, pues nada" pensé para mis adentros, saqué una de las láminas que tenía que entregar y comencé a darle color con las acuarelas. En ese instanté los ojos se me abrieron de par en par. Sin querer, derramé el agua del bote donde limpiaba los pinceles sobre la lámina que comenzó a combarse. Juan no vivía en el piso desde el año pasado, se había graduado... y Elia no era mi profesora, era la profesora del otro grupo, mi profesor era Andrés. Mi cabeza comenzó a dar vueltas ¿Qué era real? ¿Qué no lo era? Me mareé, sentí nauseas y de repente la verdad me alcanzó como un rayo alcanza a un hombre en el centro de una llanura... yo... no existía tal cosa, yo era nada. Mi visión comenzó a distorsionarse y mis sentidos se resquebrajaron, mi mente se ahogó y mi cuerpo comenzó a desvanecerse, y sonreí, porque sabía que no habría un recuerdo de mí en ninguna parte, aún cuando aquellos que puedieran recordarme existieran y todo se apagó, mi conciencia se extinguió hasta que solo quedo... oscuridad.



Abrí los ojos y divisé el techo de mi habitación. Me puse las zapatillas y fuí al baño. Respiré con alivio al ver como mi reflejo me observaba desde el otro lado, acaricié mi rostro empapado en sudor y me recogí la melena pelirroja a la espalda. Me observé atentamente, estaba un poco más pálida de lo normal y en mis verdes ojos aún ardían unos pocos rescoldos de miedo. Me lavé la cara y regresé a mi cama. Me tendí, esperaba poder dormir tranquila el resto de la noche... a veces me preguntaba a mí misma de dónde sacaba mi mente aquellos personajes extraños y desconocidos que moraban en algunos de mis sueños... y pesadillas.






Echo de menos vivir en casa de mis padres mucho mas de lo que probablemente estaría dispuesto a admitir...

viernes, 23 de abril de 2010

Lágrimas de fuego.




Otra noche en su cama mirando al techo. El despertador sonaba ya para levantarse a estudiar, lo apagó y cerró los ojos con rabia. Maldita sea, otra noche sin dormir. Su subconsciente se burlaba cada noche, se reía estrepitosamente en su interior, haciendo eco en su memoria, recorriendo cada fibra nerviosa de su cuerpo y atormentando cada rincón de su imaginación convertido en surrealistas pesadillas de incognoscible procedencia, pesadillas sin sentido que miraban con miedo lo que ellas mismas eran, lo que ellas sabían y lo que habían venido a decir. Pero ninguna nunca decía nada, o, por así decirlo, no eran escuchadas, quizá porque eran faltas de importancia, quizá porque tenían demasiada, quizá, porque, realmente, no se quisiera escuchar lo que ellas debían decir.
     Miraba la pared con aire distraído, rascando la blanca pintura con la uña, comenzando ésta a desprenderse poco a poco. Paró de arañar la pared, que siguió desintegrándose, abriendo ante su mirada un profundo agujero que tiró de su cuerpo, hacia el inmenso vacío de su propia oscuridad.
     Abrió los ojos, o eso creyó hacer, pues no hubo diferencia alguna. Aquella opaca oscuridad parecía envolverlo todo, de fondo podía escuchar aquella canción que su madre le cantaba todas las noches antes de dormirse. Pero sabía que no era ella, estaba ya muy lejos de la realidad. Respiró hondo, "¿otra pesadilla?" pensó, y sus pensamientos rebotaron algo más allá de la oscuridad, expandiéndose, como si de un grito se tratase, por aquel figurado infinito. Pudo sentir cómo poco a poco la oscuridad perdía opacidad, y a lo lejos pudo distinguir un punto luminoso, más que propio, un reflejo de alguna luz exterior, un brillo en una lejana superficie que llegaba hasta sus ojos con una ondulación acuosa. Una imagen comenzaba a formarse ante sus ojos, definiéndose en la oscuridad poco a poco, haciéndola menos densa. Apareció un enorme ojo de iris marrón verdoso y largas pestañas castañas. Su respiración se aceleró "es otra pesadilla", supo, inesperadamente, sus pies comenzaron a correr en dirección contraria a aquello que la miraba inmutable, "írónico", pensó "es lo único que el bicho puede hacer y es lo que más extraño encuentro". Como cada noche, corrió lo más velozmente que pudo, sintiendo cómo sus piernas se hacían más pesadas a cada paso, y, cuando creyó que ya no podría correr más, vislumbró una tenue luz a lo lejos y aceleró el ritmo con desesperación, decepcionándose al adivinar que aquel brillo no provenía sino de la misma criatura de la que estaba huyendo. Dándose por vencida, paró en seco, y con la cabeza gacha, sin atreverse a mirar a aquello que la miraba como única función posible, murmuró..."¿Qué eres?...¿Dónde estoy?" Aquel extraño ser se acercó más al rostro de ella y, entornando los párpados, respondió "Tú sabes dónde te encuentras porque eres la única que puede saberlo y la única que aquí puede llegar, por mucho que te niegues a ver la simple respuesta". Su "voz" abarcó todos los rincones de aquella oscuridad, llegando a sus oidos como un pensamiento desde el interior de su cabeza. "¡No! ¡Basta ya! Sácame de aquí, estoy harta de que juegues conmigo, siempre metido en mi cabeza, hurgando en mi memoria, revolviendo mis pensamientos, adueñándote de mis sentidos y riéndote de ellos, ¿qué eres? ¿Qué haces aquí?" "Tú lo sabes, ya has visto la realidad, pero no quieres reconocerla, soy lo que eres, ésta es la verdad, no hay más, deja de darle vueltas, las cosas son así, no importa si no te gustan, porque no puedes cambiarlas". La oscuridad había ido reduciendo su inmensidad, atrapándola en una imposible jaula mental, dejando a aquel ojo fuera de sus paredes. Comenzó a golpear las imaginarias paredes de la jaula, impotente, derrotada, sin lograr otro efecto más que el de martillazos en su cabeza. "¡Ya está bien! ¡Deja de atormentarme! No haces otra cosa, noche tras noche persigues la imagen de mi felicidad con sardónicas sonrisas y vacías promesas, gimiendo de falsa tristeza por mi huida y tambaleando con despecho mi mundo. No te voy a dejar salir, soy feliz, se acabó tu destartalada existencia, yo ya he aceptado que existes, y lo he superado, acepta tú que la vida terminó para ti".
     Del enorme ojo salieron las grandes lágrimas que siempre habían salido, se había terminado, eso era cierto, pero esta vez las lágrimas, además de la acostumbrada tristeza, albergaban alguna gota de esperanza. La jaula había desaparecido, y, desíntegrándose en su sueño, pudo adivinar de fondo la nana de su madre, sonando con más fuerza que nunca, inundando de paz la oscuridad. Y, esta vez, cuando el despertador volvió a sonar, en su rostro podía adivinarse una extraña sonrisa de determinación.




Zorita.

P.D: En cuanto al título; Judd, lo prometido es deuda (aunque no tenga mucho que ver) ^^

                                   

jueves, 8 de abril de 2010

El monstruo


"¿Pero es posible cambiar?. Los optimistas tienden a creer en esa posibilidad, con la implicación de que las cosas además cambiarán a mejor. La idea de que no podemos cambiar sugiere que no podemos mejorar, y nadie quiere creer esto, aunque algunos se pueden consolar con lo que también implica esta afirmación, no podemos empeorar. La pregunta es: ¿En qué medida es posible el cambio y hasta que punto no lo es?. ¿Es nuestra naturaleza como un palíndromo de alguna forma, impermeable al cambio por mucho que, paradójicamente cambiemos?. Algunos pueden encontrar la idea de que nunca cambiamos deprimente y determinista. Y aún así la incapacidad es en muchos aspectos liberalizadora, te libera entre otras cosas de la obligación de cambiar. Y aceptar esta incapacidad puede ser una manera de consolarse: nadie es inmune, todo el mundo debe ser quien es. Puede haber una sensación de estar condenado, pero también de redención."

Todd Solondz



">>Mi corazón latía con rapidez. Había llegado la hora del juicio que decidiría si mis esperanzas estaban bien fundadas o mis peores temores se confirmaban. Los criados se habían marchado a una feria cercana. todo estaba en silencio dentro y en los alrededores de la casa: era una oportunidad excelente. Pero, cuando procedí a ejecutar mi plan, me fallaron las piernas y caí al suelo. Me levanté y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, quité los tableros del cuchitril que ocultaban mi presencia. El aire fresco me me despejó y, con renovada determinación, me acerqué a la puerta de la casa y llamé.

>>-¿Quién es?-dijo el anciano-. Entre.

>>-Perdone la intromisión -dije entrando en la casa-. Soy un viajero que necesita descanso. Me sentiría muy agradecido si me permitiera calentarme junto al fuego.

>>-Pase-dijo De Lacey-. Intentaré aliviar sus fatigas. Por desgracia mis hijos han salido y, como soy ciego, me temo que me costará encontrar algo de comer.

>>-No se moleste, señor. Tengo comida. Solo necesito descansar y entrar en calor.

>>Me senté y nos quedamos en silencio. Sabía que cada minuto era precioso y, sin embargo, no conseguía iniciar la conversación. En ese momento el anciano me dirigió la palabra.

-A juzgar por su lenguaje, señor, supongo que es de mi país. ¿Es francés?

>>No, pero me educó una familia francesa y solo entiendo este idioma. Voy a pedir la protección de unos amigos, a quienes quiero con toda mi alma, y que espero que me acojan.

>>-¿Son alemanes?

>>-No, franceses; pero cambiemos de tema. Soy infeliz porque fui abandonado. No tengo parientes ni amigos. Esta gente tan agradable a quien voy a ver no sabe quién soy. Tengo mucho miedo porque si fracaso seré un marginado, un ser expulsado del mundo para siempre.

>>-No se desespere. Carecer de amigos es sin duda una desgracia, pero el corazón de los hombres, si ningún interés egoísta lo anima, rebosa de amor fraternal y caridad. Confíe en sus esperanzas y, si sus amigos son buenos y afables, no pierda la fe.

>>-Son amables, sí. . . Son los seres más fantásticos del planeta, pero, por desgracia, tienen prejuicios contra mí. Yo soy de buen natural. Hasta el momento no he causado daño alguno y mi vida ha sido, hasta cierto punto, satisfactoria. No obstante un prejuicio fatal les nubla la mirada y, en lugar de ver a un amigo compasivo y amable, solo contemplan a un monstruo detestable.

>>-Eso sí que es una desgracia, pero, si realmente es usted inocente, ya encontrara el modo de desengañarlos.

>>-Esa es la tarea que voy a a acometer. Estoy aterrorizado. Quiero a esos amigos con todo mi corazón. Desde hace muchos meses, sin que lo sospecharan, he adquirido la costumbre de procurarles atenciones cada día, pero ellos creen que deseo lastimarles, y ese es el error que deseo aclarar.

>>-¿Dónde residen esos amigos?

>>-Cerca de aquí.

>>Si desea confiarme sin reservas los pormenores de su historia -dijo el anciano tras permanecer un rato en silencio-, quizá le pueda prestar mi ayuda para sacarlos de su error. Soy ciego y no puedo juzgar cómo es su rostro, pero algo en sus palabras me dice que es sincero. Yo soy pobre, un exiliado, pero será un gran placer prestar mis servicios a un ser humano.

>>-¡Es usted un hombre excelente! Se lo agradezco y ac epto su generosa oferta. Su gentileza conseguirá salvarme; y confío en que, gracias a su ayuda, no me veré privado de la compañía y la compasión de sus semejantes.

>>-¡Que el cielo no lo permita! Aunque fuese un criminal lo haría, porque lo contrario solo conduce a la desesperación y no conmina a practicar la virtud. Yo también soy afortunado. Mi familia y yo fuimos condenados a pesar de nuestra inocencia. Juzgue, por consiguiente, si no soy capaz de apiadarme de sus infortunios.

>>-¿Cómo se lo podría agradecer, mi preciado y único benefactor? De sus labios oigo por primera vez que alguien me dirige palabras de afecto. Le estaré siempre agradecido, y la humanidad que ahora me demuestra me hace confiar en esos amigos a quién estoy a punto de conocer me recibirán con los brazos abiertos.

>>¿Puede decirme el nombre de sus amigos y el lugar dónde viven?

>>Permanecí en silencio. Había llegado el momento de decidirse, pensé, el momento que iba a privarme de la felicidad, o a concedérmela para siempre. Hice acopio de valor para responderle, pero fue en vano. El esfuerzo había terminado con las pocas fuerzas que me quedaban. Me hundí en la silla y empecé a sollozar. Fue entonces cuando oí los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía ni un momento que perder y, cogiendo al hombre de la mano, grité:

>>-¡Esta es la ocasión…! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son los amigos que busco. ¡No me abandone en la hora del juicio!

>>-¡Santo cielo! –exclamó el anciano-. Dígame, ¿quién es usted?

>>En ese instante la puerta de la casa se abrió y Félix, Safie y Agatha entraron. ¿Quién iba a describir el terror y la consternación que sintieron al verme? Ágatha se desmalló y Safie, incapaz de ayudar a su amiga, salió corriendo. Félix saltó sobre mí y, con una fuerza sobrenatural, me apartó de su padre, a cuyas rodillas yo estaba aferrado. Dominado por la furia, me lanzó al suelo y me golpeó violentamente con un palo. Yo habría podido despedazarlo, miembro a miembro, como el león destroza al antílope. No obstante, me hundí en el más amargo de los pozos y me abstuve de defenderme. Cuando vi que Félix iba a reemprender su ataque, embargado por el dolor y la angustia, salí de casa y, en medio del desconcierto general, logré escabullirme hasta el cobertizo.

-¡Maldito sea mi creador! ¿Por qué me has hecho vivir? ¿Por qué en este mismo instante no extingo la llama de la existencia que, de un modo absurdo, me otorgaste? No lo sé. La desesperación todavía no se había apoderado de mi ser y mis sentimientos eran de rabia y venganza. Podría haber destruido la casita y a sus habitantes con infinito placer y saciar mi ira con sus gritos y su infortunio. […]

Aquel ser terminó de hablar y me miró fijamente, esperando mi respuesta. Yo estaba horrorizado y perplejo, y me sentí incapaz de hilvanar mis pensamientos para comprender el pleno alcance de su propuesta. El monstruo tomó la palabra de nuevo.

-Tienes que crear una mujer para mí, con la que pueda vivir e intercambiar el afecto que tan necesario resulta para mi ser. Solo tú puedes hacerlo, y te lo exijo como un derecho que no debes negarme.

Este último comentario volvió a prender en mí la llama de la cólera que su relato sobre la tranquila vida junto a los habitantes de la casita había logrado extinguir, y, tras oír su discurso me resultó imposible calmar la vida que empezaba a dominarme.

-¡me niego rotundamente!- -le contesté-. ¡Ni la más vil tortura logrará que acceda a tal cosa! Aunque por tu culpa me convierta en el ser más desgraciado de toda la humanidad, jamás conseguirás que me rebaje hasta tal extremo. ¿Acaso piensas que crearía a otro ser igual que tú para que con vuestras maldades pudierais causar la desolación en este mundo? ¡Fuera de mi vista! Ya tienes tu respuesta. Por más que me tortures, jamás consentiré en ello.”

Diálogo entre Frankenstein y su monstruo. Mary Shelley.



Aquella noche, en el principio y el final de las cosas. La Luna asomaba sobre las nubes y se reflejaba en un mar que se me antojaba extraño. Y allí estaba ella, sonriendo con esa sonrisa cálida y reconfortante, como el Sol…

Había otros, pero a ella no le interesaron, no aquella vez. Me sonrió, quemándome con aquel Sol, abrasando no mi piel sino mi alma, y yo, sonreí a mi vez, pues recordé los versos de aquel poeta… “Acaso ella se ríe como me río yo”. Pero no era así. Me tranquilizó, inundándome de serenidad, de paz, aquella noche, en el principio y el final de las cosas.

En blanca mano tendida, me ofreció de beber y yo, alma ingenua, acepté sin recelos pues nada, pensé, tenía que temer de aquel ser y ella volvió a sonreír, y yo me contagié de su alegría y deseé hacer el bien a aquel ser, desee complacerla, y seguí bebiendo mientras contemplaba el principio y el final de las cosas.

De improviso calló y me miró con la inteligencia reflejada en los ojos, y aquella mirada me heló la sangre. Me desnudó. No hubo proposición, no hubo solicitud, simplemente se lo propuso y lo hizo, nada tuvo que ver mi voluntad entonces. Lo hubiera hecho yo mismo si lo hubiera pedido, pero ella simplemente lo hizo, y yo nada pude hacer para evitarlo, para no desvelar mi verdadero aspecto, mi monstruo interior. Temblé, pues empezó a levantarse viento, y yo estaba desnudo. Después de observarme, de absorberme y congelarme en aquellos ojos, alzó una mano, acariciando mi pecho, y aquella caricia fue como el fuego del horno, tórrida, asfixiante, abrasadora. Entonces grité de dolor, cuando aquella delicada y pálida mano se hundió en mi piel, desgarrando y revolviendo mis entrañas, destrozándome por dentro y dejándome, si era posible, aún más vacío, sin otro testigo que el principio y el final de las cosas.

¿Cuánto tiempo pasó? No sabría decirlo. Horas, siglos, ya no importaba, en aquella agonía el tiempo había perdido su significado, en aquella agonía solo había lugar para el dolor. Cuando se cansó volvió a mirarme, pero después de todo aquello no reconocí aquella expresión ¿Compasión? Quizá. Y en aquel momento comencé a sentir alivio, me estaba curando. El dolor disminuyó y se evaporó, como si nunca hubiera existido. Volví a sentirme como al principio, pero ella no se detuvo, trató de seguir sanando mis heridas, y allí, en el principio y el final de las cosas le mostré la más ácida de mis sonrisas y negué con la cabeza “no puedes” susurré, y su mirada se torno furia y pena, y así permanecimos hasta que me desperté en otro lugar, allí, en el principio y el final de las cosas.


J.


She broke her little bones on the boulders below...