lunes, 6 de diciembre de 2010
Cristales rotos.
Lo mismo pasa con esos cristales imaginarios que separan las cosas, no eres consciente de que están ahí hasta que abres la boca innecesariamente, hablando tan alto que haces que estallen y que el estruendo suene en el interior de esa otra persona. Esos cristales suponen un límite, un límite que si sobrepasas sin darte cuenta, no volverá a existir. Cuando rompes uno de ellos, el límite desaparece, haciendo desaparecer también parte de lo que habían de delimitar, separando todo aún más por una gruesa capa de humo que no deja pasar la luz, bajo la que sólo se adivinan aún los restos de esos cristales, recordándote tu error.
Pues si existe un límite, es precisamente porque traspasarlo indebidamente puede hacer que todo se tambalee. Para hacer que éste desaparezca, debes pulir poco a poco la superficie del cristal, con suavidad y confianza, debes saber hacerlo. Y si no tienes los suficientes conocimientos sobre lo que vas a hacer, lo mejor es procurar no hablar demasiado alto, o aventurarse a lo primero que se te ocurra, pues recuerda que lo que tienes delante es un cristal frágil, y si se rompe, los pedazos al saltar podrán cortar a la persona que te espera detrás, haciendo que ésta se aleje, que huya con un pequeño corte que dejará cicatriz.
Y cuando algo se rompe, es muy difícil repararlo, nunca quedará como antes estaba, sino mucho más frágil, y si lo consigues, una vez lo tengas reconstruido, tendrás que comenzar otra vez a pulirlo, lentamente, con cuidado de no hacer que salte en añicos, mientras la persona de detrás te mira seriamente, sin ánimo alguno de que consigas pulir ya el cristal, haciéndolo un poco más grueso cada vez que tú dejes de esforzarte en él.
P.D: cuando te pedí una historia bonita quería ver si quedaba algo de felicidad en ti que usar para hacerte sonreir, con tu irónica respuesta me quedó claro que no.
Zorita.
lunes, 29 de noviembre de 2010
Kolo
jueves, 11 de noviembre de 2010
Inmortal.
Allí estábamos, sentados sobre el lago helado, en medio de la nada, yo únicamente vestida con su gran camisa negra, adornada por mi pelo desordenado al rededor de la cabeza, él llevaba aquéllos pantalones que tanto me gustaban, sus pies descalzos se deslizaban sobre el hielo como queriendo dibujarme una sonrisa. El vaho se escapaba de nuestros labios con cada respiración, atravesando los millones de diminutos copos de nieve que caían lentamente, casi estáticos en el aire, dando al ambiente un extraño aspecto mágico. La nieve rodeaba todo aquello a partir de los límites del lago, pero nosotros no sentíamos frío, no había nada malo que sentir allí, y ninguno de los dos, sumergidos en aquella extraña, mágica y sobrecogedora situación, íbamos a cuestionar su naturaleza, no nos atrevíamos, Morfeo así lo había querido, él nos lo había dado y él nos lo podía quitar.
-Tengo algo que entregarte...
-Lo sé mi amor, si tú lo sabes, yo lo sabré.
Con una breve inclinación de cabeza, él sacó de su espalda una preciosa rosa negra de cristal, los detalles eran tales en aquella hermosa escultura, que si no hubiera sido por su traslúcido aspecto no habría sabido diferenciarla de una verdadera rosa. Su belleza era sobrecogedora, estática, eterna. Las rosas eran hermosas no sólo por su belleza, si no porque ésta era efímera, cuando menos te lo esperabas había desaparecido, convirtiéndo la bella rosa en una rosa marchita, débil. Pero aún así la rosa seguirá siendo hermosa, su significado perdurará en tu recuerdo, recordándote que no todo dura para siempre ante tus ojos, pero sí en tu memoria. Sin embargo, el sentimiento de belleza en aquella rosa no existía, ella ya estaba muerta, por lo tanto su significado también lo estaba. Él no podía parar de pensar en ello una vez se dió cuenta, me había regalado una rosa muerta, sin belleza verdadera, tratando inconscientemente de reparar aquélla que yo ya había perdido, él no podía quitárselo ya de la cabeza, por lo tanto, yo tampoco. Sostenía la rosa entre sus manos, sus labios habían formado una mueca rabiosa, impotente y contenida, y con un gemido, las lágrimas comenzaron a brotar líquidas de sus ojos, convirtiéndose en pequeños cristales brillantes antes de chocar contra la superficie del lago y hacerse añicos. Al ver ésto, su rabia tomó por completo la expresión de su rostro, lanzando con fuerza la rosa de cristal sobre la superficie de hielo.
- ¡Ni siquiera mis lágrimas son ya de verdad! ¡Ni siquiera ellas tienen ya sentido! - Su grito quedó ahogado por el estruendo de cristales y hielo, pero su dolor me llegó desde el interior. Me quedé inmóvil, como hasta entonces, mientras una pequeña tristeza se iba apoderando de mí, creciendo en mi pecho. No era una tristeza con la que llorar, de la que intentar escapar para buscar desesperadamente la felicidad, ésta era ya una tristeza calmada, paciente, era la tristeza de quien no espera ya que vuelva la felicidad, era una tristeza que se mantendría allí hasta el fin verdadero de mi recuerdo. Él me miró, aún con los ojos inhundados en lágrimas de diamante, suplicante, pidiéndome que cambiase lo que sucedía. Pero él sabía ya que aquéllo no dependía de mí, que había quedado solamente en sus manos y en las del tiempo, y por lo tanto, yo lo sabía con él.
- Es la hora mi amor.
- No...no lo es, aún no han cantado los pájaros.
Una leve mirada de la misma tristeza se apoderó de mis ojos, quedando reemplazada rápidamente por el amor, que bullía en mi pecho y luchaba por salir a traves de mis ojos para encontrarse nuevamente con los suyos. Pero no era amor real, era aquél que él tanto deseaba volver a ver, que ya sólo existía en aquel hermoso lago. Bajé la cabeza y dejé que, como todas las noches, desde las puntas de mis dedos hasta mi interior, el fuego decidiera ponerle fin. Él, como siempre, gritó millones de súplicas, mientras sus lágrimas de cristal continuaban resbalando por sus mejillas. A mi alrededor, los copos suspendidos en el aire habían desaparecido, consumidos por el calor de mis llamas. Quería decirle que no me dolía, que ya había pasado, que me había resignado a ello y sólo deseaba que fuera feliz, pero Morfeo no me lo permitía, había decidido que era la hora de marcharse, llenando la estática imagen del lago con los cantos de unos pájaros inexistentes. Sí me iría, pero antes debía despedirme, como nunca pude hacer. Levanté lentamente la mano, acercándola a su rostro, acariciando su suave mejilla mojada por las lágrimas con las yemas de mis dedos, mi piel y su camisa seguían intactas sobre mi cuerpo a pesar del fuego. Siempre adoraba ver el hermoso fenómeno que se producía en ese instante; las llamas de mi mano se volvían azuladas, y conforme la acercaba lentamente a su rostro se iban extinguiendo, evitando la peligrosa caricia, como si una cúpula invisible de dióxido de carbono le protegiera del dolor.
- ¿No lo ves?- Preguntaba, como cada vez, ahogado por las lágrimas.- Me haces más daño tratando de apartar el dolor de mí que dejando que me queme, y como cada vez, hoy no podrás despedirte.
La losa de culpa volvía a caer sobre mis hombros.
- Lo siento. - Cerré los ojos y bajé la cabeza, dejando escapar una pequeña lágrima de fuego que él jamás vería.
Mi cuerpo despareció, convirtiéndose en una suave ráfaga de ceniza transportada por el viento que había comenzado a soplar con el extraño canto de las aves. Y allí se quedó él, inmóvil, junto con sus lágrimas inmóviles en su mejilla, los copos inmóviles sobre el aire y los cristales rotos de la rosa inmóviles sobre el hielo, cerrando lentamente los ojos y convirtiéndose para él el canto de los pájaros en un pitido incómodo que anunciaba el fin de la noche.
Ahora era un recuerdo, el recuerdo de aquella vez, correteando por el pequeño bosque delimitado por el asfalto que había enfrente de mi casa. Corríamos entre carcajadas mientras la lluvia caliente del verano nos empapaba rápidamente, atravesando la capucha de mi sudadera y empapando mis piernas desnudas que sólo cubría parcialmente su minifalda favorita, con cada pisada, mis viejas converse se inhundaban y el agua helaba mis pies, pero en aquellos momentos no me importaba, me encontraba demasiado ocupada observando cómo su camiseta de manga corta empapada se pegaba a su cuerpo y como su pelo chorreaba, empapando su nuca. Paramos de correr, deteniéndonos cerca de la puerta de mi casa.
-Te tengo que dejar ya pequeña, voy a llegar a mi casa empapado.- El amor de sus ojos me llegaba como una ráfaga de felicidad.
- Vale, no pasa nada, desde aquí llego yo solita, no creo que me ataquen por el camino.- Con una pequeña risotada, me acerqué a él y de puntillas le di un suave beso de despedida que respondió atrapándome en un largo abrazo. Luego salí corriendo, con la suerte del tonto feliz, pisando todos los charcos que iban creciendo a mi paso sin importarme lo más mínimo.
Ahora dormía en su cama, ahora le besaba con amor, ahora le gritaba enfadada por una estupidez, ahora le pedía disculpas, ahora le abraza mientras lloraba, ahora miraba con alegría por la ventanilla de su coche con el pelo revuelto por el viento, ahora le dibujaba un corazón de tinta azul en sus apuntes, ahora cantaba nuestra canción favorita...
Ojalá pudiera borrarlo, reaccionar para decirle que no quería sentir su dolor, pero no era así, pues no había nada que decir ni sentir por mí misma, tan sólo era el recuerdo que él decidía que yo fuera, con tristeza y dolor me llevaba de un lado a otro con la esperanza de no dejarme morir, de hacerme inmortal en su pequeño mundo. Nadaba en un mar de imágenes e historias, recuperando pequeños retazos de su alegría pasada, pero no de su felicidad. Yo vivía en su recuerdo, era una vida hermosa, él me recordaba feliz, por lo tanto yo era feliz. Pero odiaba las noches, ellas tan sólo le daban el dolor, por lo que me lo daban a mí, le recordaban que nunca se podría librar de aquel sueño en el que desaparezco para siempre, hacían que me odiara, que me culpara por no seguir a su lado para siempre.
Deseaba que el sueño desapareciera, cuando se olvidase esa pequeña parte de mí yo moriría un poco, pero él podría volver a encontrar la felicidad, y yo seguiría viviendo en sus difusos recuerdos, ya no tan dolorosos, que irían espaciándose con el paso del tiempo hasta desaparecer, llevándome al olvido a mí con ellos, lamentando solamente no poder ser yo quien le diese vida después de su muerte.
Zorita.
P.D: el último vídeo no me gusta, pero la letra de la canción quedaba bien con la historia xD
lunes, 25 de octubre de 2010
El Bosque
La primera persona no podía dormir, los insectos le molestaban, así que fumigó todo el bosque, aniquiló a todos los insectos que quedaban vivos y la jugada le salió redonda, ya que con ellos cayeron los pájaros que de ellos se alimentaban y cuyo canto a aquella persona también le molestaba. La segunda persona indagó un poco, recolecto algunas frutas y se fabricó una loción que repelía a los insectos que se untaba en la piel cada noche.
Un día la primera persona miró a su alrededor y descubrió que ya no quedaba nada de bosque. Había moldeado a su antojo aquel lugar hasta que había perdido lo que lo hacía tan especial, entonces se sintió como si el bosque le hubiera abandonado.
Para la segunda persona ese día nunca llego.
Pequeña alegoría.
J.
miércoles, 13 de octubre de 2010
The Fourth
"We're all one thing, Lieutenant. That's what I've come to realize. Like cells in a body. 'Cept we can't see the body. The way fish can't see the ocean. And so we envy each other. Hurt each other. Hate each other. How silly is that? A heart cell hating a lung cell." Donald Kaufman, The three.
The young man, tied up to a chair, stared at his opponent with the hate burning in his eyes.
–You fucking monster! How do you dare to do this to me?! I´ll kill you! and you– his eyes fell upon a figure who stood at the corner
–How can you let him to do what he wants? You, probably the best person in this room.
The man opposite to the chair laughed.
–Calm yourself down J. Or I must remember you how finished your reign? Let me think... Oooh yeah, I remember, with a fucking ocean of pain.
–He´s right J. He is on charge because is the better for all of us.
–Oh really? So tell me: How are you doing guys? Do you feel happier? Cause I´m actually not.
–Well, then cry. That´s what you know to do best aren´t you?
–You bastard! In fact I think that you know a lot of it too.
–Maybe but do you know something? At least my butt is not tied up to a chair yet.
–By the moment.
–Why are you always fighting? I can´t have a moment of peace...
–You know this is bad, you know that he just have brought pain to us and to others. J. Stop him now that you can.
–Actually I can´t, J. He have been in charge too much time, now he´s smarter than me.
–So close your mouth, what a hell of guy, stop babbling you give me headache.
–We´re doomed...
At this moment, the room´s door opened slowly, across the doorway, a young man was waiting to enter to the room. He was an average-heighted man, black curly hair, brown eyes and serious look painted in her face.
He advanced to penetrate into the room and closed the door behind him.
–And who the heck are you boy?
–You don´t know? I am the fourth, I´m here to fix your mistakes.
–My mistakes?! That´s incredible man, go away before I kick your butt to the stratosphere.
–I don´t think so, I am the next we want to be and I have strong ties to fight for.
J.´s face turned white, but he recovered quickly and adopted a defensive position.
–Well, you know how this thing works...
The newcomer adopted the same position and faced him.
–For your information I didn´t expected nothing less.
Fable.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Hoppeless
sábado, 3 de julio de 2010
No es país para memos
domingo, 27 de junio de 2010
Las suaves y frías gotas de lluvia caían sobre mis hundidos hombros, mojando la carga que se cernía sobre ellos con pequeñas dosis de culpa. Los pequeños pedacitos de cristal brillaban como estrellas escarlata en un oscuro fondo de asfalto, mientras los árboles alrededor se me antojaban viejos y sabios jueces, tristes testigos de mi insensatez. “Tú…tú…has sido tú…”, me susurraba el viento, acusador, “es tu culpa…para siempre...para ellas”. Y tenía razón, si no hubiera tenido tanta prisa por llegar a aquel sitio maldito, podría haber vuelto, evitando el asesinato de mi historia. Más adelante, un automóvil descansaba bajo un enorme sauce llorón, cubierto por sus muertas ramas, que atravesaban su techo y a su conductor, clavando a su vez una enorme estaca en mi pecho…maldita prisa, maldito antro, maldita idea, estúpida cabeza. El cielo tomaba poco a poco el color de la carretera, reflejo de la sangre que ahora la cubría. Caminé lentamente hacia el coche para siempre aparcado, introduciendo la cabeza por la ventanilla, observé aquel demacrado rostro ensangrentado; las lágrimas aún resbalaban por su inerte mejilla, surcando de ríos los desolados parajes de la piel de lo que antes fue mi rostro. Acaricié con la yema de mis insustanciales dedos el comienzo del pelo, dejando escapar finas lágrimas de mis inexistentes ojos, reflejo de las que aún permanecían en mi cuerpo. Pude imaginar en la guantera las fotos de aquella aún hermosa mujer a la que ya no podría pedir disculpas por mi estupidez, las suaves caritas de ojos azules de las mellizas, que ya ni siquiera volverían a ver a su padre para poder recordarlo.La gente se equivoca, pensé: la muerte no es lo terrible, lo terrible es el crimen, el asesinato de una vida, de una historia, la muerte de lo que podría haber sido la vida de aquellas personas de mis fotos. Y la causa fue mi inconsciencia; la consecuencia, la muerte; el castigo, la culpa.martes, 22 de junio de 2010
Oh, Luna, ¿dónde estás?
sábado, 19 de junio de 2010
(Sin título)
Me desperté fuera de lugar. Un sudor frío empapaba mi cabello, mis mejillas, mi torso. Empapaba también las sábanas y la almohada. “Otra pesadilla”, pensé. Sin embargo, esta vez parecía más real que el resto. Habría jurado que tenía de irreal lo que tiene una rosa de fealdad. Me había visto a mí mismo corriendo, perseguido por una muchedumbre enfurecida. Lo extraño es que llevaban ropa que me resultaba familiar, al igual que sus cuerpos. No obstante, lo más sobrecogedor de todo aquello eran sus rostros. O más bien su ausencia de rostros. Allí donde deberían estar sus caras, simplemente había una zona ensombrecida. Y me perseguían a mí. Me perseguían con actitud furiosa, como si hubiera matado a sus familias, robado su dinero o ultrajado su orgullo. Podría haberlos afrontado, pero el hecho de resultarme tan familiares me impidió parar y enfrentarme a ellos. Corría todo lo que mis piernas me permitían, hasta que encontré un lugar donde esconderme. Estaba a salvo. O eso creía. De repente, mi propia sombra empezó a tomar forma de brazo. La mano que había en su extremo me apretó el cuello hasta que desperté.
“Menos mal que todo ha sido una pesadilla”. Me levanté de la cama y salí de la habitación. Estaba deshidratado. Me acerqué a la cocina y tragué tanta agua como mi cuerpo me permitió. Luego me metí en el cuarto de baño para darme una ducha. Al encender la luz, volvió a aparecer la sombra de mi sueño. Antes de poder gritar para pedir ayuda, mi cuello ya estaba oprimido por esa fuerza sobrehumana. La ausencia de respiración fue menguando mi oxígeno en sangre. Mis ojos empezaron a cerrarse, a la par que todo adquiría un matiz borroso. Cerré los ojos y me desplomé sobre el suelo del baño.
Me levanté violentamente. “Joder, otra vez la misma pesadilla”. Y entre miedo y somnolencia, me volví a dormir.
miércoles, 9 de junio de 2010
(Sin título)
Voy a probar eso de las bandas sonoras:
Entré al hospital con el corazón en un puño, tropezándome con cada banco, con cada acera, con cada viejo que me encontraba por la calle. La noticia de su colapso me había llegado vía e-mail. El contenido de éste afirmaba que yo era la única persona con la que habían podido contactar y que acudiera al Hospital General de Barcelona para poder “entrevistarme”. También constataba que habría sufrido las consecuencias de una enfermedad hasta ahora desconocida del corazón y que estaba recibiendo un seguimiento monitorizado. Al leer dicho correo, mi reacción fue de esperar: salí corriendo como un bólido, presa del pánico, pues a mi amada le podían quedar segundos de vida. Tal fue la sorpresa de la recepcionista al verme entrar tan abruptamente que en seguida supo quién era y a qué venía. Me acompañó al despacho del doctor que estaba estudiando el caso. Al verme entrar, me reconoció al instante, de la misma manera que lo reconocí yo a él. Era Salva, mi amigo de la infancia. Me dijo: “De todas las personas que podrían haber estado relacionadas con ella, tú eras la última que esperaba ver”. Seguidamente, me dio un abrazo y continuó: “Lamento decirte que Andrea padece una enfermedad cardiovascular que nunca habíamos visto hasta ahora y para la cual no hemos encontrado cura posible. Es más, podría morir mientras nosotros hablamos”. Mi reacción fue posiblemente catalogada de insólita en la mente de mi amigo. En ese momento, yo ya estaba más calmado, pues el pequeño “paseo” con la recepcionista me había permitido ordenar mis ideas. Lo único que hice fue asentir y preguntarle a Salva: “¿Estás totalmente seguro de que no hay ninguna cura y que su vida está totalmente perdida?”. Esa pregunta hizo que se girara y empezara a pensar, o, al menos, eso me pareció a mí. Al minuto, volvió a dirigirse a mí con una mirada totalmente fría, diferente a la cálida y comprensiva con la que me había recibido. Me dijo: “Quizás sí la haya, pero el precio es muy elevado”. Yo, sin dudarlo, contesté: “Pagaré lo que sea”. Salva negó con la cabeza y me explicó la situación: “Hemos descubierto que esa enfermedad está ligada únicamente al corazón de la víctima, por lo que un trasplante es lo único que podría salvarla. Y, como bien sabrás, Jose, hoy en día no hay donantes de corazón. No sé si me explico…”. De repente, mi mirada se iluminó. Existía una salvación para ella. Aunque el precio a pagar era muy alto. Quizás demasiado. Pero dio la casualidad de que, en esos últimos días, estuve pensando en una situación parecida. ¿Valdría la pena dar mi vida por ella si ello significara salvar la suya? Si yo no daba mi corazón para salvar su vida, ella moriría y yo me sentiría culpable por no haber intentado salvarla. Sin duda, ello sería el peor de los castigos que yo podría recibir. Sin embargo, si le entregaba mi corazón, yo moriría feliz por haberle dado una segunda oportunidad a Andrea y ella podría seguir viviendo e intentar encontrar la felicidad, aunque no fuera conmigo. Quizás fue egoísta por mi parte tomar la elección que tomé, pues ella tendría que vivir sin mí. Eso fue lo único que turbó brevemente mis pensamientos momentos después. Sin embargo, Salva no pareció sorprendido al oírme decir que quería donar mi corazón para que ella pudiera continuar viviendo. También le dije que me prestara un papel y un bolígrafo para dejarle un mensaje que pudiera leer una vez hubiera salido de la operación y estuviera estable.
Al cabo de media hora, Salva ya había hecho las preparaciones para llevar a cabo la operación. Antes de meterme en la sala de operaciones, Salva me dijo: “No hay forma de que cambies de opinión, ¿verdad?”. Negué con la cabeza. “Está bien. Procedamos con la operación”.
Ahora estoy a su lado. Puedo contemplar su belleza por última vez. Sin duda, creo que he tomado el camino correcto. Y, a diferencia de otras personas cuando están frente a la muerte, yo no veo desolación, ni agonía, ni ningún sentimiento parecido. Sólo recuerdo los momentos que pasé junto a ella. Las risas, los abrazos, los besos, las caricias, el tiempo que gastamos juntos. No los malgastamos. Y no me importa lo que haya después de esta vida. Lo único importante ahora es tener la certeza que ella tendrá una segunda oportunidad para ser feliz, aunque carezca de mi compañía. Tengo fe en que la aprovechará.
Al fin, la anestesia empieza a hacer su efecto. Me pesan los párpados. Creo que he hecho lo correcto…
Lo que Andrea leyó una vez estuvo totalmente recuperada fue lo siguiente:
“Si Salva, el médico que estaba a cargo de ti, no te ha dicho todavía por qué no estoy a tu lado, no creo que sea oportuno preguntárselo. Simplemente, aprovecha la vida que alguien te ha dado. Yo no creo que pueda estar contigo a partir de ahora, pues estoy en el extranjero por cuestiones un tanto secretas. Ya sabes, podría estar en un apuro si alguien más leyera esto. Sólo te pido que no me odies por ello, pues tu vida, para mí, es lo más importante que he tenido entre mis manos. Por favor, intenta ser feliz con esta segunda oportunidad y no la malgastes llorando por no poder estar conmigo. En el mundo hay muchos hombres que estarán dispuestos a hacerte feliz. Sin embargo, hay algo que sí puedo asegurarte: mi corazón y todos los sentimientos hacia ti que éste albergaba estarán siempre contigo. Puedo asegurarte que el amor que siento por ti no podrá acallarlo ni la misma Muerte.
Cuídate, mi vida.
Te amo.
Jose.”
domingo, 23 de mayo de 2010
Bajas Presiones
domingo, 16 de mayo de 2010
(Sin título)
Y de la semilla, nace la vida. Bajo una húmeda capa de tierra fértil, una pequeña semilla es abierta. Sus raíces, suaves y tiernas, alcanzan cuantos nutrientes pueden para permitir la germinación del tallo. Éste, cual topo en sus túneles, se abre paso a través de las capas de tierra que hay encima de él. Sin embargo, parece que el tramo nunca termina. El tallo sube y sube, pero no consigue alcanzar la luz. Por suerte, no se da por vencido y consigue resquebrajar el suelo. Mas no se encuentra lo que esperaba. No hay luz. No existe el brillante destello del sol. Sólo oscuridad. El cielo, totalmente apagado. Ni luna ni estrellas enturbian la sobrecogedora oscuridad. El recién nacido, asustado, no sabe qué hacer. Tiene miedo a crecer, pues esa oscuridad podría engullirlo. Su piel, verde brillante, adquiere tonalidades amarillentas frente a ese miedo repentino. No sabe qué hacer. De repente, sus raíces se mueven solas, sin preguntar a su voluntad. Buscan algo, pero... ¿qué? Ni siquiera el mismo tallo lo sabe. Ni siquiera sabe que el color marrón tenue de sus raíces se ha tornado oscuro, casi negro como el carbón. No sabe que esas raíces, que deberían dar vida, sólo traerán muerte. Aquello que buscan esas ennegrecidas raíces es algo a lo que aferrarse, como el marinero que se aferra a un tablón de madera despues del naufragio. Las raíces se aferran a la vida. Se aferran a la muerte. De pronto, encuentran algo enorme en comparación a su diminuto tamaño. Aunque lo más importante es que desprende alegría. Desprende vida. Las raíces se aferran a ello. Al instante, un agónico dolor recorre todo el camino que habían recorrido el tallo y las raíces hasta ahora. Seguidamente, un imperioso impulso por consumirlo todo. No se ha dado cuenta que ha perdido todo su verde vivaracho y que su sustituto es un ponzoñoso amarillo oscuro descolorido. Sin embargo, el dolor se atenua al absorber la vida a la que se han aferrado sus raíces. Ello le proporciona un placer extremo, casi orgásmico. Un placer morboso y macabro. El tallo se siente bien. Ya no recuerda el miedo a la oscuridad, por lo que retoma su crecimiento. Y a medida que crece, un halo de putrefacción se extiende a su alrededor. Muerte y caos se arremolinan tanto alrededor de las raíces como alrededor del tallo de la planta. Incluso las hojas han perdido su color verde vivo. Y cuando sus raíces no pueden extender más su aura de muerte, empiezan a agrandarse al mismo tiempo que la planta florece. Sus flores, de colores apagados, emiten un olor desagradable, propio de un cadáver en descomposicón. Sus formas grotescas espantan la poca vida que queda a su alrededor. La planta se siente satisfecha. No obstante, al poco tiempo, sus flores se pudren. No han logrado ser fecundadas. La planta se siente desolada. Se pregunta qué habrá hecho mal. Le queda poco tiempo. Se arrepiente de haber arrancado tanta vida. Sin embargo, su arrepentimiento no la curará de su desdicha ni de su muerte.
Kratos
domingo, 9 de mayo de 2010
Despertar
La noche era opaca, una espesa niebla cubría,como si de ceniza se tratase,la ciudad. La humedad y el frío entraban por igual en sus pulmones, a la par que el el viento musitaba una extraña sinfonía en sus oidos. Su sombra se alargaba tras el paso de cada farola y la luz de la siguiente farola era la única guía en aquel paseo. Se había hecho ese camino miles de veces y sin embargo le seguía resultando desconcertante.
Una sombra negra apoyada a una columna de ladrillo rojizo espera pacientemente como cada dia desde cuando podía recordar."Sabes lo que te conviene" le musitaba al oído mientras el caminante pasaba de largo, como si de una nube de polvo y ceniza se tratase. Aquella sombra era insistente, se había pasado años intentándolo, su vida dependía de ello pero el caminante nunca se planteaba escucharlo.
El videoclub estaba cada vez más cerca, sólo un polideportivo ruinoso y en obras le separaban de aquella luz rojiza de 24 H. Sin embargo la sombra era insistente, había llegado casi la hora y como cada noche luchaba por evitar su muerte, era hábil pero sólo podía esperar e intentar hablar con el caminante.
El corazón de nuestro caminante se aceleraba al paso del polideportivo, y alli volvía a esperarlo aquella infame sombra, apoyado sobre la reja oxidada. No podía evitar sentir miedo y a la par atracción, eran tantos años a su lado...
"¿Vas a dejarlo así?", aquella voz, tan familiar...tan profunda...su respiración aún seguía cortándose cada vez que la oía, sin desacelerar su paso nuestro peregrino saca de su bolsillo un cigarrillo, el tabaco había sido su mejor metodo de abstracción, aunque sabía cual era el precio a pagar...
Apenas quedaban unos diez metros para llegar a gestor de renta de películas, se podía sentir en sus ojos aquella ansia de terminar con aquel paseo, aquella necesidad de acortar aquellos desesperantes momentos...miró un momento su móvil, la hora llegaba.
La centralita estaba vacía, algo le desconcertaba, aquella sombra no le espera en la columna como era costumbre, se relaja, nuestro protagonista siente la calma de después de la tormenta, busca en su chaqueta la tarjeta para poder hacer posible la devolución, y alza la vista...
Su corazon se acelera, su repiración se corta y una ardiente ira se apodera de su cuerpo. Por fin aquella maldita sombra se había mostrado, le miraba fijamente a los ojos, aquellos ojos desafiantes...
Le golpea consicutivamente, sus manos sangran, pero el dolor aún no se hace presente, la sombra le sonríe, "Sabes que serías capaz...liberame".
Tanto sufrimiento, tanto dolor la razón vuelve a nuestro caminante, ve el cristal de la centralita destrozado y como su sangre fluye por sus manos y por los cristales rotos, la alarma suena...Busca en sus bolsillos, la encuentra, pero esta vez no se la introduce en la boca, espera...piensa...
Sus ojos muestran el mismo signo de desesperación y cansancio que los de quella sombra...escucha un suave murmullo "Vuelve a ser tú".
Muchos son los pensamientos que abordan a nuestro caminantes, posibilidades remotas y posibles, necesidades y ambiciones, pero todas convergen en un punto...él mismo. En un acto de determinación lanza la pastilla y una tormentas de ideas le saturan. Sonríe, se siente relajado, completo, capaz. Mira a su alrededor y solo dislumbra la luz de las farolas sobre una atmósfera de ceniza. Tantos años inutilizado, tantas afrentas recibidas, una mueca surge en su rostro, sabe que es la compensación de la sombra a su decisión. Devuelve la película y camina hacia la oscuridad, tantas cosas que planear y tan poco tiempo...la noche es muy larga...
Asomado en su balcón observa como una figura pensativa camina a lo largo de la carretera...ambos se miran...un escalofrío recorre su espalda mientras la figura desaparece en la noche.
martes, 27 de abril de 2010
Chaos Mind
-¿Qué tal el examen?-. Pregunté.
-Como siempre...- Dijo Lore.
-Siempre dices lo mismo y luego apruebas-.
-Sí, sí, pero Elia se ha pasado un montón esta vez-.
-Pues menuda novedad, al menos has estudiado más que yo ¿No?... ¿Lore?-.
-¿Con quién hablas?-
Me sobresalté, Sandra me miraba sonriendo y no había ni rastro de Lore.
-Con Lorena ¿Se ha ido ya a la parada del bús?-
Me miró con complicidad, pero al ver que yo la miraba confuso su rostro demudó en preocupación.
-Jota... hace más de un mes que Lorena viene y va en coche a su casa-.
Me paré en seco mientras procesaba aquello... la miré.
-Es cierto, perdona no me acordaba-.
Sonrió y me tocó en el hombro.
-Deja de hacerte el idiota y vamonos que empieza a hacer frío-.
Reanudamos la marcha mientras ella hablaba de como le había ido el examen, lo que había respondido, lo que se había dejado... Yo dejé de escucharla cuando empecé a pensar en lo que había ocurrido un rato antes, debía de haber flipado o algo así porque hubiera jurado que...
Me detuve en seco.
-Un momento- Dije -Tú no has hecho el examen, eres de primero, no tienes esa asignatura-.
Pero allí solo estaba yo. Miré a mi alrededor, en el fondo sabía que había ido solo todo el camino desde que había salido del examen de Elia. Me estaba empezando a asustar, saqué los cascos de mi bolsillo y conecte el reproductor del movil. Me sentí un poco más tranquilo cuando empezó a sonar "Inis Mona" a un volumen respetable. Eché a andar con el paso acelerado que imprimía siempre a mis pasos cuando iba solo a cualquier parte y salí del recinto de la universidad. Crucé la carretera y entré al portal de mi edificio. A esas horas, no había un alma en el portal, aunque normalmente era bastante frecuentado en las horas puntas. Subí en el ascensor hasta mi piso y abrí la puerta del piso.
Avancé por el recibidor hasta las escaleras y ví a Juan haciéndose la cena mientras tarareaba una canción, lo saludé y me respondió meneando la cabeza y sonriendo. Subí a mi habitación y encendí el PC. Zorita estaba conectada en el msn.
La verdad está sobrevalorada ^^ {5477} dice:
*...
*te vas a reir pero cada día se me va más la cabeza xD
*estas?
Esperé, pero no me respondió "Bueno, pues nada" pensé para mis adentros, saqué una de las láminas que tenía que entregar y comencé a darle color con las acuarelas. En ese instanté los ojos se me abrieron de par en par. Sin querer, derramé el agua del bote donde limpiaba los pinceles sobre la lámina que comenzó a combarse. Juan no vivía en el piso desde el año pasado, se había graduado... y Elia no era mi profesora, era la profesora del otro grupo, mi profesor era Andrés. Mi cabeza comenzó a dar vueltas ¿Qué era real? ¿Qué no lo era? Me mareé, sentí nauseas y de repente la verdad me alcanzó como un rayo alcanza a un hombre en el centro de una llanura... yo... no existía tal cosa, yo era nada. Mi visión comenzó a distorsionarse y mis sentidos se resquebrajaron, mi mente se ahogó y mi cuerpo comenzó a desvanecerse, y sonreí, porque sabía que no habría un recuerdo de mí en ninguna parte, aún cuando aquellos que puedieran recordarme existieran y todo se apagó, mi conciencia se extinguió hasta que solo quedo... oscuridad.
Abrí los ojos y divisé el techo de mi habitación. Me puse las zapatillas y fuí al baño. Respiré con alivio al ver como mi reflejo me observaba desde el otro lado, acaricié mi rostro empapado en sudor y me recogí la melena pelirroja a la espalda. Me observé atentamente, estaba un poco más pálida de lo normal y en mis verdes ojos aún ardían unos pocos rescoldos de miedo. Me lavé la cara y regresé a mi cama. Me tendí, esperaba poder dormir tranquila el resto de la noche... a veces me preguntaba a mí misma de dónde sacaba mi mente aquellos personajes extraños y desconocidos que moraban en algunos de mis sueños... y pesadillas.
Echo de menos vivir en casa de mis padres mucho mas de lo que probablemente estaría dispuesto a admitir...
viernes, 23 de abril de 2010
Lágrimas de fuego.
Del enorme ojo salieron las grandes lágrimas que siempre habían salido, se había terminado, eso era cierto, pero esta vez las lágrimas, además de la acostumbrada tristeza, albergaban alguna gota de esperanza. La jaula había desaparecido, y, desíntegrándose en su sueño, pudo adivinar de fondo la nana de su madre, sonando con más fuerza que nunca, inundando de paz la oscuridad. Y, esta vez, cuando el despertador volvió a sonar, en su rostro podía adivinarse una extraña sonrisa de determinación.
Zorita.
P.D: En cuanto al título; Judd, lo prometido es deuda (aunque no tenga mucho que ver) ^^
jueves, 8 de abril de 2010
El monstruo
"¿Pero es posible cambiar?. Los optimistas tienden a creer en esa posibilidad, con la implicación de que las cosas además cambiarán a mejor. La idea de que no podemos cambiar sugiere que no podemos mejorar, y nadie quiere creer esto, aunque algunos se pueden consolar con lo que también implica esta afirmación, no podemos empeorar. La pregunta es: ¿En qué medida es posible el cambio y hasta que punto no lo es?. ¿Es nuestra naturaleza como un palíndromo de alguna forma, impermeable al cambio por mucho que, paradójicamente cambiemos?. Algunos pueden encontrar la idea de que nunca cambiamos deprimente y determinista. Y aún así la incapacidad es en muchos aspectos liberalizadora, te libera entre otras cosas de la obligación de cambiar. Y aceptar esta incapacidad puede ser una manera de consolarse: nadie es inmune, todo el mundo debe ser quien es. Puede haber una sensación de estar condenado, pero también de redención."
Todd Solondz
">>Mi corazón latía con rapidez. Había llegado la hora del juicio que decidiría si mis esperanzas estaban bien fundadas o mis peores temores se confirmaban. Los criados se habían marchado a una feria cercana. todo estaba en silencio dentro y en los alrededores de la casa: era una oportunidad excelente. Pero, cuando procedí a ejecutar mi plan, me fallaron las piernas y caí al suelo. Me levanté y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, quité los tableros del cuchitril que ocultaban mi presencia. El aire fresco me me despejó y, con renovada determinación, me acerqué a la puerta de la casa y llamé.
>>-¿Quién es?-dijo el anciano-. Entre.
>>-Perdone la intromisión -dije entrando en la casa-. Soy un viajero que necesita descanso. Me sentiría muy agradecido si me permitiera calentarme junto al fuego.
>>-Pase-dijo De Lacey-. Intentaré aliviar sus fatigas. Por desgracia mis hijos han salido y, como soy ciego, me temo que me costará encontrar algo de comer.
>>-No se moleste, señor. Tengo comida. Solo necesito descansar y entrar en calor.
>>Me senté y nos quedamos en silencio. Sabía que cada minuto era precioso y, sin embargo, no conseguía iniciar la conversación. En ese momento el anciano me dirigió la palabra.
-A juzgar por su lenguaje, señor, supongo que es de mi país. ¿Es francés?
>>No, pero me educó una familia francesa y solo entiendo este idioma. Voy a pedir la protección de unos amigos, a quienes quiero con toda mi alma, y que espero que me acojan.
>>-¿Son alemanes?
>>-No, franceses; pero cambiemos de tema. Soy infeliz porque fui abandonado. No tengo parientes ni amigos. Esta gente tan agradable a quien voy a ver no sabe quién soy. Tengo mucho miedo porque si fracaso seré un marginado, un ser expulsado del mundo para siempre.
>>-No se desespere. Carecer de amigos es sin duda una desgracia, pero el corazón de los hombres, si ningún interés egoísta lo anima, rebosa de amor fraternal y caridad. Confíe en sus esperanzas y, si sus amigos son buenos y afables, no pierda la fe.
>>-Son amables, sí. . . Son los seres más fantásticos del planeta, pero, por desgracia, tienen prejuicios contra mí. Yo soy de buen natural. Hasta el momento no he causado daño alguno y mi vida ha sido, hasta cierto punto, satisfactoria. No obstante un prejuicio fatal les nubla la mirada y, en lugar de ver a un amigo compasivo y amable, solo contemplan a un monstruo detestable.
>>-Eso sí que es una desgracia, pero, si realmente es usted inocente, ya encontrara el modo de desengañarlos.
>>-Esa es la tarea que voy a a acometer. Estoy aterrorizado. Quiero a esos amigos con todo mi corazón. Desde hace muchos meses, sin que lo sospecharan, he adquirido la costumbre de procurarles atenciones cada día, pero ellos creen que deseo lastimarles, y ese es el error que deseo aclarar.
>>-¿Dónde residen esos amigos?
>>-Cerca de aquí.
>>Si desea confiarme sin reservas los pormenores de su historia -dijo el anciano tras permanecer un rato en silencio-, quizá le pueda prestar mi ayuda para sacarlos de su error. Soy ciego y no puedo juzgar cómo es su rostro, pero algo en sus palabras me dice que es sincero. Yo soy pobre, un exiliado, pero será un gran placer prestar mis servicios a un ser humano.
>>-¡Es usted un hombre excelente! Se lo agradezco y ac epto su generosa oferta. Su gentileza conseguirá salvarme; y confío en que, gracias a su ayuda, no me veré privado de la compañía y la compasión de sus semejantes.
>>-¡Que el cielo no lo permita! Aunque fuese un criminal lo haría, porque lo contrario solo conduce a la desesperación y no conmina a practicar la virtud. Yo también soy afortunado. Mi familia y yo fuimos condenados a pesar de nuestra inocencia. Juzgue, por consiguiente, si no soy capaz de apiadarme de sus infortunios.
>>-¿Cómo se lo podría agradecer, mi preciado y único benefactor? De sus labios oigo por primera vez que alguien me dirige palabras de afecto. Le estaré siempre agradecido, y la humanidad que ahora me demuestra me hace confiar en esos amigos a quién estoy a punto de conocer me recibirán con los brazos abiertos.
>>¿Puede decirme el nombre de sus amigos y el lugar dónde viven?
>>Permanecí en silencio. Había llegado el momento de decidirse, pensé, el momento que iba a privarme de la felicidad, o a concedérmela para siempre. Hice acopio de valor para responderle, pero fue en vano. El esfuerzo había terminado con las pocas fuerzas que me quedaban. Me hundí en la silla y empecé a sollozar. Fue entonces cuando oí los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía ni un momento que perder y, cogiendo al hombre de la mano, grité:
>>-¡Esta es la ocasión…! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son los amigos que busco. ¡No me abandone en la hora del juicio!
>>-¡Santo cielo! –exclamó el anciano-. Dígame, ¿quién es usted?
>>En ese instante la puerta de la casa se abrió y Félix, Safie y Agatha entraron. ¿Quién iba a describir el terror y la consternación que sintieron al verme? Ágatha se desmalló y Safie, incapaz de ayudar a su amiga, salió corriendo. Félix saltó sobre mí y, con una fuerza sobrenatural, me apartó de su padre, a cuyas rodillas yo estaba aferrado. Dominado por la furia, me lanzó al suelo y me golpeó violentamente con un palo. Yo habría podido despedazarlo, miembro a miembro, como el león destroza al antílope. No obstante, me hundí en el más amargo de los pozos y me abstuve de defenderme. Cuando vi que Félix iba a reemprender su ataque, embargado por el dolor y la angustia, salí de casa y, en medio del desconcierto general, logré escabullirme hasta el cobertizo.
-¡Maldito sea mi creador! ¿Por qué me has hecho vivir? ¿Por qué en este mismo instante no extingo la llama de la existencia que, de un modo absurdo, me otorgaste? No lo sé. La desesperación todavía no se había apoderado de mi ser y mis sentimientos eran de rabia y venganza. Podría haber destruido la casita y a sus habitantes con infinito placer y saciar mi ira con sus gritos y su infortunio. […]
Aquel ser terminó de hablar y me miró fijamente, esperando mi respuesta. Yo estaba horrorizado y perplejo, y me sentí incapaz de hilvanar mis pensamientos para comprender el pleno alcance de su propuesta. El monstruo tomó la palabra de nuevo.
-Tienes que crear una mujer para mí, con la que pueda vivir e intercambiar el afecto que tan necesario resulta para mi ser. Solo tú puedes hacerlo, y te lo exijo como un derecho que no debes negarme.
Este último comentario volvió a prender en mí la llama de la cólera que su relato sobre la tranquila vida junto a los habitantes de la casita había logrado extinguir, y, tras oír su discurso me resultó imposible calmar la vida que empezaba a dominarme.
-¡me niego rotundamente!- -le contesté-. ¡Ni la más vil tortura logrará que acceda a tal cosa! Aunque por tu culpa me convierta en el ser más desgraciado de toda la humanidad, jamás conseguirás que me rebaje hasta tal extremo. ¿Acaso piensas que crearía a otro ser igual que tú para que con vuestras maldades pudierais causar la desolación en este mundo? ¡Fuera de mi vista! Ya tienes tu respuesta. Por más que me tortures, jamás consentiré en ello.”
Diálogo entre Frankenstein y su monstruo. Mary Shelley.
Aquella noche, en el principio y el final de las cosas.
Había otros, pero a ella no le interesaron, no aquella vez. Me sonrió, quemándome con aquel Sol, abrasando no mi piel sino mi alma, y yo, sonreí a mi vez, pues recordé los versos de aquel poeta… “Acaso ella se ríe como me río yo”. Pero no era así. Me tranquilizó, inundándome de serenidad, de paz, aquella noche, en el principio y el final de las cosas.
En blanca mano tendida, me ofreció de beber y yo, alma ingenua, acepté sin recelos pues nada, pensé, tenía que temer de aquel ser y ella volvió a sonreír, y yo me contagié de su alegría y deseé hacer el bien a aquel ser, desee complacerla, y seguí bebiendo mientras contemplaba el principio y el final de las cosas.
De improviso calló y me miró con la inteligencia reflejada en los ojos, y aquella mirada me heló la sangre. Me desnudó. No hubo proposición, no hubo solicitud, simplemente se lo propuso y lo hizo, nada tuvo que ver mi voluntad entonces. Lo hubiera hecho yo mismo si lo hubiera pedido, pero ella simplemente lo hizo, y yo nada pude hacer para evitarlo, para no desvelar mi verdadero aspecto, mi monstruo interior. Temblé, pues empezó a levantarse viento, y yo estaba desnudo. Después de observarme, de absorberme y congelarme en aquellos ojos, alzó una mano, acariciando mi pecho, y aquella caricia fue como el fuego del horno, tórrida, asfixiante, abrasadora. Entonces grité de dolor, cuando aquella delicada y pálida mano se hundió en mi piel, desgarrando y revolviendo mis entrañas, destrozándome por dentro y dejándome, si era posible, aún más vacío, sin otro testigo que el principio y el final de las cosas.
¿Cuánto tiempo pasó? No sabría decirlo. Horas, siglos, ya no importaba, en aquella agonía el tiempo había perdido su significado, en aquella agonía solo había lugar para el dolor. Cuando se cansó volvió a mirarme, pero después de todo aquello no reconocí aquella expresión ¿Compasión? Quizá. Y en aquel momento comencé a sentir alivio, me estaba curando. El dolor disminuyó y se evaporó, como si nunca hubiera existido. Volví a sentirme como al principio, pero ella no se detuvo, trató de seguir sanando mis heridas, y allí, en el principio y el final de las cosas le mostré la más ácida de mis sonrisas y negué con la cabeza “no puedes” susurré, y su mirada se torno furia y pena, y así permanecimos hasta que me desperté en otro lugar, allí, en el principio y el final de las cosas.
J.
She broke her little bones on the boulders below...
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