Hace 10 años
jueves, 11 de noviembre de 2010
Inmortal.
Allí estábamos, sentados sobre el lago helado, en medio de la nada, yo únicamente vestida con su gran camisa negra, adornada por mi pelo desordenado al rededor de la cabeza, él llevaba aquéllos pantalones que tanto me gustaban, sus pies descalzos se deslizaban sobre el hielo como queriendo dibujarme una sonrisa. El vaho se escapaba de nuestros labios con cada respiración, atravesando los millones de diminutos copos de nieve que caían lentamente, casi estáticos en el aire, dando al ambiente un extraño aspecto mágico. La nieve rodeaba todo aquello a partir de los límites del lago, pero nosotros no sentíamos frío, no había nada malo que sentir allí, y ninguno de los dos, sumergidos en aquella extraña, mágica y sobrecogedora situación, íbamos a cuestionar su naturaleza, no nos atrevíamos, Morfeo así lo había querido, él nos lo había dado y él nos lo podía quitar.
-Tengo algo que entregarte...
-Lo sé mi amor, si tú lo sabes, yo lo sabré.
Con una breve inclinación de cabeza, él sacó de su espalda una preciosa rosa negra de cristal, los detalles eran tales en aquella hermosa escultura, que si no hubiera sido por su traslúcido aspecto no habría sabido diferenciarla de una verdadera rosa. Su belleza era sobrecogedora, estática, eterna. Las rosas eran hermosas no sólo por su belleza, si no porque ésta era efímera, cuando menos te lo esperabas había desaparecido, convirtiéndo la bella rosa en una rosa marchita, débil. Pero aún así la rosa seguirá siendo hermosa, su significado perdurará en tu recuerdo, recordándote que no todo dura para siempre ante tus ojos, pero sí en tu memoria. Sin embargo, el sentimiento de belleza en aquella rosa no existía, ella ya estaba muerta, por lo tanto su significado también lo estaba. Él no podía parar de pensar en ello una vez se dió cuenta, me había regalado una rosa muerta, sin belleza verdadera, tratando inconscientemente de reparar aquélla que yo ya había perdido, él no podía quitárselo ya de la cabeza, por lo tanto, yo tampoco. Sostenía la rosa entre sus manos, sus labios habían formado una mueca rabiosa, impotente y contenida, y con un gemido, las lágrimas comenzaron a brotar líquidas de sus ojos, convirtiéndose en pequeños cristales brillantes antes de chocar contra la superficie del lago y hacerse añicos. Al ver ésto, su rabia tomó por completo la expresión de su rostro, lanzando con fuerza la rosa de cristal sobre la superficie de hielo.
- ¡Ni siquiera mis lágrimas son ya de verdad! ¡Ni siquiera ellas tienen ya sentido! - Su grito quedó ahogado por el estruendo de cristales y hielo, pero su dolor me llegó desde el interior. Me quedé inmóvil, como hasta entonces, mientras una pequeña tristeza se iba apoderando de mí, creciendo en mi pecho. No era una tristeza con la que llorar, de la que intentar escapar para buscar desesperadamente la felicidad, ésta era ya una tristeza calmada, paciente, era la tristeza de quien no espera ya que vuelva la felicidad, era una tristeza que se mantendría allí hasta el fin verdadero de mi recuerdo. Él me miró, aún con los ojos inhundados en lágrimas de diamante, suplicante, pidiéndome que cambiase lo que sucedía. Pero él sabía ya que aquéllo no dependía de mí, que había quedado solamente en sus manos y en las del tiempo, y por lo tanto, yo lo sabía con él.
- Es la hora mi amor.
- No...no lo es, aún no han cantado los pájaros.
Una leve mirada de la misma tristeza se apoderó de mis ojos, quedando reemplazada rápidamente por el amor, que bullía en mi pecho y luchaba por salir a traves de mis ojos para encontrarse nuevamente con los suyos. Pero no era amor real, era aquél que él tanto deseaba volver a ver, que ya sólo existía en aquel hermoso lago. Bajé la cabeza y dejé que, como todas las noches, desde las puntas de mis dedos hasta mi interior, el fuego decidiera ponerle fin. Él, como siempre, gritó millones de súplicas, mientras sus lágrimas de cristal continuaban resbalando por sus mejillas. A mi alrededor, los copos suspendidos en el aire habían desaparecido, consumidos por el calor de mis llamas. Quería decirle que no me dolía, que ya había pasado, que me había resignado a ello y sólo deseaba que fuera feliz, pero Morfeo no me lo permitía, había decidido que era la hora de marcharse, llenando la estática imagen del lago con los cantos de unos pájaros inexistentes. Sí me iría, pero antes debía despedirme, como nunca pude hacer. Levanté lentamente la mano, acercándola a su rostro, acariciando su suave mejilla mojada por las lágrimas con las yemas de mis dedos, mi piel y su camisa seguían intactas sobre mi cuerpo a pesar del fuego. Siempre adoraba ver el hermoso fenómeno que se producía en ese instante; las llamas de mi mano se volvían azuladas, y conforme la acercaba lentamente a su rostro se iban extinguiendo, evitando la peligrosa caricia, como si una cúpula invisible de dióxido de carbono le protegiera del dolor.
- ¿No lo ves?- Preguntaba, como cada vez, ahogado por las lágrimas.- Me haces más daño tratando de apartar el dolor de mí que dejando que me queme, y como cada vez, hoy no podrás despedirte.
La losa de culpa volvía a caer sobre mis hombros.
- Lo siento. - Cerré los ojos y bajé la cabeza, dejando escapar una pequeña lágrima de fuego que él jamás vería.
Mi cuerpo despareció, convirtiéndose en una suave ráfaga de ceniza transportada por el viento que había comenzado a soplar con el extraño canto de las aves. Y allí se quedó él, inmóvil, junto con sus lágrimas inmóviles en su mejilla, los copos inmóviles sobre el aire y los cristales rotos de la rosa inmóviles sobre el hielo, cerrando lentamente los ojos y convirtiéndose para él el canto de los pájaros en un pitido incómodo que anunciaba el fin de la noche.
Ahora era un recuerdo, el recuerdo de aquella vez, correteando por el pequeño bosque delimitado por el asfalto que había enfrente de mi casa. Corríamos entre carcajadas mientras la lluvia caliente del verano nos empapaba rápidamente, atravesando la capucha de mi sudadera y empapando mis piernas desnudas que sólo cubría parcialmente su minifalda favorita, con cada pisada, mis viejas converse se inhundaban y el agua helaba mis pies, pero en aquellos momentos no me importaba, me encontraba demasiado ocupada observando cómo su camiseta de manga corta empapada se pegaba a su cuerpo y como su pelo chorreaba, empapando su nuca. Paramos de correr, deteniéndonos cerca de la puerta de mi casa.
-Te tengo que dejar ya pequeña, voy a llegar a mi casa empapado.- El amor de sus ojos me llegaba como una ráfaga de felicidad.
- Vale, no pasa nada, desde aquí llego yo solita, no creo que me ataquen por el camino.- Con una pequeña risotada, me acerqué a él y de puntillas le di un suave beso de despedida que respondió atrapándome en un largo abrazo. Luego salí corriendo, con la suerte del tonto feliz, pisando todos los charcos que iban creciendo a mi paso sin importarme lo más mínimo.
Ahora dormía en su cama, ahora le besaba con amor, ahora le gritaba enfadada por una estupidez, ahora le pedía disculpas, ahora le abraza mientras lloraba, ahora miraba con alegría por la ventanilla de su coche con el pelo revuelto por el viento, ahora le dibujaba un corazón de tinta azul en sus apuntes, ahora cantaba nuestra canción favorita...
Ojalá pudiera borrarlo, reaccionar para decirle que no quería sentir su dolor, pero no era así, pues no había nada que decir ni sentir por mí misma, tan sólo era el recuerdo que él decidía que yo fuera, con tristeza y dolor me llevaba de un lado a otro con la esperanza de no dejarme morir, de hacerme inmortal en su pequeño mundo. Nadaba en un mar de imágenes e historias, recuperando pequeños retazos de su alegría pasada, pero no de su felicidad. Yo vivía en su recuerdo, era una vida hermosa, él me recordaba feliz, por lo tanto yo era feliz. Pero odiaba las noches, ellas tan sólo le daban el dolor, por lo que me lo daban a mí, le recordaban que nunca se podría librar de aquel sueño en el que desaparezco para siempre, hacían que me odiara, que me culpara por no seguir a su lado para siempre.
Deseaba que el sueño desapareciera, cuando se olvidase esa pequeña parte de mí yo moriría un poco, pero él podría volver a encontrar la felicidad, y yo seguiría viviendo en sus difusos recuerdos, ya no tan dolorosos, que irían espaciándose con el paso del tiempo hasta desaparecer, llevándome al olvido a mí con ellos, lamentando solamente no poder ser yo quien le diese vida después de su muerte.
Zorita.
P.D: el último vídeo no me gusta, pero la letra de la canción quedaba bien con la historia xD
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