Es curiosa la forma en la que ves las cosas cuando caes con el rostro vuelto hacia el cielo.
Ves como todo se aleja en una carrera desenfrenada hacia el suelo.
Ves a la última persona que trató de cogerte y su rostro se graba a fuego en tu retina, incluso después de muerto. Te preguntas que piensa mientras te contempla cayendo al vacío con la cara retorcida por el terror y la angustia, probablemente eso, terror y angustia, porque en esos instantes tu cerebro trabaja a mucha más velocidad que el suyo ¡ah! el instinto de supervivencia, la eterna lucha entre animal y hombre, entre emoción y voluntad... La primera y última barrera que mantiene a raya el nihilismo auto destructivo de los hombres. Nunca es superada del todo sin embargo, una vez se cruza la línea ya no hay nada que pueda contener la marea. Notas el aire nocturno, húmedo y fresco acariciando tu rostro y te despides de él, allí donde vas no hay sensaciones, ni pensamientos, ni dolor...
Es curioso la maraña de pensamientos que desborda tu mente cuando caes con el rostro vuelto hacia el cielo. Piensas en como has llegado allí, en quién eres y quién fuiste un día menos sombrío. Piensas en los que dejas arriba y en el dolor que les vas a infligir, pero sabes que son fuertes y se tienen unos a otros, el mundo seguirá girando después con fría indiferencia. Piensas en seres inferiores que nunca te volverán a ver y que nunca entenderán qué paso, compasivos animales que solo tienen amor para dar al mundo y que, en demasiadas ocasiones, el mundo solo les devuelve desprecio.
Es curioso como la luz de la luna puede llegar a deslumbrar ¿O es quizá que tu percepción sensorial se sobreexcita por la adrenalina? Es difícil saber dónde radica la diferencia, pero no es importante, en realidad sabes que todo dejará de importar en unos segundos.
Es curioso las sensaciones que despiertan, como nuevas, cuando caes con el rostro vuelto hacia el cielo. La negrura aterciopelada del cielo, cuajado de pequeños puntos blancos. El sonido suave y melancólico de las olas, acunadas por la misma brisa que te acuna a ti. El tono rojizo de la tierra, alzándose imponente y señorial ante tus ojos. El tacto de tu propia ropa, suave, acariciador, entonces sabes que estás mas vivo que nunca.
La cuestión es si eres capaz de controlarte para disfrutar ese momento, el último o el miedo y la negrura se apoderarán de tu ser. Pero ya lo sabes, la culpa y el dolor te han acompañado durante cada día de tu vida, arrastrando tus errores, empañando tus victorias. Es pues lo justo que sientas entonces la culpa por cómo finaliza tu corta vida y sientas el dolor que vas a infligir. Pero no importa ya.
Un instante de infinito dolor cuando tu columna se rompe contra las rocas, tan intenso que tu cuerpo se convulsiona, pero después dejas de sentirlos, tanto cuerpo como dolor. Ves una mancha rojiza teñir el agua, rielar a la luz de la Luna, te sorprende descubrir que es tuya, tanto tiempo sintiendo el vacío que habías empezado a creer que no eras más que una cáscara. Se oscurece tu mirada poco a poco y sientes como tu conciencia se evapora en el viento, en un ultimo esfuerzo hercúleo tratas de cerrar los párpados para que los que te encuentren no vean tu cara de dolor, pero no lo consigues. Se te niega la visión, se te niegan los sentidos, se te niega el pensamiento...
y mueres.
J.