jueves, 19 de mayo de 2011

...

Soy patético = )

J.


jueves, 12 de mayo de 2011

Trenes

"¿Pero es posible cambiar?. Los optimistas tienden a creer en esa posibilidad, con la implicación de que las cosas además cambiarán a mejor. La idea de que no podemos cambiar sugiere que no podemos mejorar, y nadie quiere creer esto, aunque algunos se pueden consolar con lo que también implica esta afirmación, no podemos empeorar. La pregunta es: ¿En qué medida es posible el cambio y hasta que punto no lo es?. ¿Es nuestra naturaleza como un palíndromo de alguna forma, impermeable al cambio por mucho que, paradójicamente cambiemos?. Algunos pueden encontrar la idea de que nunca cambiamos deprimente y determinista. Y aún así la incapacidad es en muchos aspectos liberalizadora, te libera entre otras cosas de la obligación de cambiar. Y aceptar esta incapacidad puede ser una manera de consolarse: nadie es inmune, todo el mundo debe ser quien es. Puede haber una sensación de estar condenado, pero también de redención."
Todd Solondz


De todos los años que llevo viviendo he aprendido a ver los patrones del pasado reflejados en el futuro. Cosas que han pasado en circunstancias similares me hacen capaz de predecir lo que pasará en determinadas ocasiones con determinadas personas.
El universo es cruel, en ocasiones me pregunto si tiene una voluntad si, en algún lugar, nos observa y se ríe de nosotros como el genio maligno de Descartes... No lo se, no lo creo aunque, en muchas ocasiones, parece que así sea. Lo que nos da, nos lo quita, entiendo porque a la gente le resulta tan fácil creer en un dios o una entidad superior, es porque es muy tranquilizador echarle a él la culpa de las cosas que te pasan, y que tú no has podido hacer nada por evitar. Los humanos somos supersticiosos, nos cuesta aceptar que nos pasan cosas malas por un cúmulo de casualidades e interacciones con el medio que nos rodea, necesitamos tener a alguien a quién culpar, alguien que responda a la pregunta "¿Por qué a mí?".
He vuelto a ver el futuro reflejado en el pasado, otro espejo de esperanzas banas, mea culpa por haberme ilusionado con algo que iba en contra de mí propia prudencia, no voy a volver a permitir que me pase, ahora que ya veo como va a acabar...
Ojala me equivoque, en todo caso, al menos he vuelto a escribir lo que se me pasa por la cabeza aunque de forma chapucera. No hay mal que por mal no venga. Hace tanto que no lo hacía que se me han acabado hasta las metáforas.

Ahora viene la parte complicada ¿Qué hago con esto? ¿Lo borro? ¿Lo publico? No he encontrado ninguna cita que le pegue del todo en mi memoria, y buscarlas en la red es cutre, tampoco ninguna canción. Quizá estoy oxidado

jueves, 28 de abril de 2011

Crónicas de Zorita 1.

Para ver en tamaño original clickear en la imagen ^^

lunes, 6 de diciembre de 2010

Cristales rotos.

   La familia de tu madre había conservado el jarrón durante generaciones, ella esperaba ahora dártelo a ti, con ilusión, ahora ella mira sus pedazos esparcidos en el suelo, suspirando. "No pasa nada", te dice, pero tú sabes que no es verdad, con el golpe, la confianza que existía en el interior del jarrón ha quedado esparcida, desapareciendo, y la desilusión se ha materializado en el aire, sobre los pedazos de cerámica. Ella no te lo volverá a recriminar, pero la culpabilidad volverá a tus ojos cada vez que en una conversación familiar pueda adivinarse tu torpeza, mientras ella baja la mirada y te sonríe forzadamente. Pues lo que tú nunca sabrás es lo que ella se afanaba en cuidarlo, en ese jarrón se escondía más que el polvo, en ese jarrón ella guardaba sus miedos, y esperaba que tú algún día le ayudaras a vaciarlo. Al romperlo le has recordado lo que pasaba en su interior, y ahora que lo has roto, ya no queda sitio donde guardarlos, ni alguien en quien confiar para dejar ese jarrón a su cuidado algún día, cuando estuviera vacío.

   Lo mismo pasa con esos cristales imaginarios que separan las cosas, no eres consciente de que están ahí hasta que abres la boca innecesariamente, hablando tan alto que haces que estallen y que el estruendo suene en el interior de esa otra persona. Esos cristales suponen un límite, un límite que si sobrepasas sin darte cuenta, no volverá a existir. Cuando rompes uno de ellos, el límite desaparece, haciendo desaparecer también parte de lo que habían de delimitar, separando todo aún más por una gruesa capa de humo que no deja pasar la luz, bajo la que sólo se adivinan aún los restos de esos cristales, recordándote tu error.
   Pues si existe un límite, es precisamente porque traspasarlo indebidamente puede hacer que todo se tambalee. Para hacer que éste desaparezca, debes pulir poco a poco la superficie del cristal, con suavidad y confianza, debes saber hacerlo. Y si no tienes los suficientes conocimientos sobre lo que vas a hacer, lo mejor es procurar no hablar demasiado alto, o aventurarse a lo primero que se te ocurra, pues recuerda que lo que tienes delante es un cristal frágil, y si se rompe, los pedazos al saltar podrán cortar a la persona que te espera detrás, haciendo que ésta se aleje, que huya con un pequeño corte que dejará cicatriz.
   Y cuando algo se rompe, es muy difícil repararlo, nunca quedará como antes estaba, sino mucho más frágil, y si lo consigues, una vez lo tengas reconstruido, tendrás que comenzar otra vez a pulirlo, lentamente, con cuidado de no hacer que salte en añicos, mientras la persona de detrás te mira seriamente, sin ánimo alguno de que consigas pulir ya el cristal, haciéndolo un poco más grueso cada vez que tú dejes de esforzarte en él.



P.D: cuando te pedí una historia bonita quería ver si quedaba algo de felicidad en ti que usar para hacerte sonreir, con tu irónica respuesta me quedó claro que no.

Zorita.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Kolo

Kolo es una de mis mascotas favoritas. Es un galgo precioso de color marrón moteado y blanco, tiene unas patas largas, un cuerpo delgado y un hocico alargado, que cuando abre para jadear después de una carrera, parece una sonrisa perruna llena de dientes blancos y afilados. Kolo es un perro cariñoso y leal, nunca le he oído gruñir a nadie, sus únicos ladridos han sido de alegría, y cuando hace algo mal agacha la cabeza avergonzado y te mira con ojos tristes, es imposible enfadarse con él.
A Kolo le gusta jugar con un hueso de goma que tiene en su cesta, se pasa horas zarandeandolo de un lado a otro y tirándolo hacia arriba con el hocico para correr detrás de él. También le gusta que le tiren una pelota de tenis cuando pasea por el parque, para ir veloz en pos de ella a recogerla, brincando alegremente con sus largas patas y su lengua colgando, sí, creo que Kolo es un gran perro.

Es mentira, no conozco a Kolo, probablemente no sea su verdadero nombre, ni tan siquiera sé si es un macho, solo que es un galgo. El domingo pasado mi padre me llevó a Alicante en coche, bajando por la salida de la autovía, vimos un galgo que venía por el centro de la carretera, en dirección contraria, solo, de noche. Mi padre lo esquivó y el coche de atrás también, pero no puede ver más alla cuando se perdió por el centro de la carretera. Lo más probable es que Kolo fuera brutalmente atropellado y muriera al instante o pasara unos minutos de dolor insufrible antes de que lo atropellara otro coche.
No sé si quien dejo a Kolo suelto lo hizo a conciencia o por descuido, solo sé que se merece una muerte horrible.

A ver si cualquier día le hacemos un favor al mundo y nos extinguimos.

J.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Inmortal.





  Allí estábamos, sentados sobre el lago helado, en medio de la nada, yo únicamente vestida con su gran camisa negra, adornada por mi pelo desordenado al rededor de la cabeza, él llevaba aquéllos pantalones que tanto me gustaban, sus pies descalzos se deslizaban sobre el hielo como queriendo dibujarme una sonrisa. El vaho se escapaba de nuestros labios con cada respiración, atravesando los millones de diminutos copos de nieve que caían lentamente, casi estáticos en el aire, dando al ambiente un extraño aspecto mágico. La nieve rodeaba todo aquello a partir de los límites del lago, pero nosotros no sentíamos frío, no había nada malo que sentir allí, y ninguno de los dos, sumergidos en aquella extraña, mágica y sobrecogedora situación, íbamos a cuestionar su naturaleza, no nos atrevíamos, Morfeo así lo había querido, él nos lo había dado y él nos lo podía quitar.
-Tengo algo que entregarte...
-Lo sé mi amor, si tú lo sabes, yo lo sabré.
  Con una breve inclinación de cabeza, él sacó de su espalda una preciosa rosa negra de cristal, los detalles eran tales en aquella hermosa escultura, que si no hubiera sido por su traslúcido aspecto no habría sabido diferenciarla de una verdadera rosa. Su belleza era sobrecogedora, estática, eterna. Las rosas eran hermosas no sólo por su belleza, si no porque ésta era efímera, cuando menos te lo esperabas había desaparecido, convirtiéndo la bella rosa en una rosa marchita, débil. Pero aún así la rosa seguirá siendo hermosa, su significado perdurará en tu recuerdo, recordándote que no todo dura para siempre ante tus ojos, pero sí en tu memoria. Sin embargo, el sentimiento de belleza en aquella rosa no existía, ella ya estaba muerta, por lo tanto su significado también lo estaba. Él no podía parar de pensar en ello una vez se dió cuenta, me había regalado una rosa muerta, sin belleza verdadera, tratando inconscientemente de reparar aquélla que yo ya había perdido, él no podía quitárselo ya de la cabeza, por lo tanto, yo tampoco. Sostenía la rosa entre sus manos, sus labios habían formado una mueca rabiosa, impotente y contenida, y con un gemido, las lágrimas comenzaron a brotar líquidas de sus ojos, convirtiéndose en pequeños cristales brillantes antes de chocar contra la superficie del lago y hacerse añicos. Al ver ésto, su rabia tomó por completo la expresión de su rostro, lanzando con fuerza la rosa de cristal sobre la superficie de hielo.
- ¡Ni siquiera mis lágrimas son ya de verdad! ¡Ni siquiera ellas tienen ya sentido! - Su grito quedó ahogado por el estruendo de cristales y hielo, pero su dolor me llegó desde el interior. Me quedé inmóvil, como hasta entonces, mientras una pequeña tristeza se iba apoderando de mí, creciendo en mi pecho. No era una tristeza con la que llorar, de la que intentar escapar para buscar desesperadamente la felicidad, ésta era ya una tristeza calmada, paciente, era la tristeza de quien no espera ya que vuelva la felicidad, era una tristeza que se mantendría allí hasta el fin verdadero de mi recuerdo. Él me miró, aún con los ojos inhundados en lágrimas de diamante, suplicante, pidiéndome que cambiase lo que sucedía. Pero él sabía ya que aquéllo no dependía de mí, que había quedado solamente en sus manos y en las del tiempo, y por lo tanto, yo lo sabía con él.
- Es la hora mi amor.
- No...no lo es, aún no han cantado los pájaros.
  Una leve mirada de la misma tristeza se apoderó de mis ojos, quedando reemplazada rápidamente por el amor, que bullía en mi pecho y luchaba por salir a traves de mis ojos para encontrarse nuevamente con los suyos. Pero no era amor real, era aquél que él tanto deseaba volver a ver, que ya sólo existía en aquel hermoso lago. Bajé la cabeza y dejé que, como todas las noches, desde las puntas de mis dedos hasta mi interior, el fuego decidiera ponerle fin. Él, como siempre, gritó millones de súplicas, mientras sus lágrimas de cristal continuaban resbalando por sus mejillas. A mi alrededor, los copos suspendidos en el aire habían desaparecido, consumidos por el calor de mis llamas. Quería decirle que no me dolía, que ya había pasado, que me había resignado a ello y sólo deseaba que fuera feliz, pero Morfeo no me lo permitía, había decidido que era la hora de marcharse, llenando la estática imagen del lago con los cantos de unos pájaros inexistentes. Sí me iría, pero antes debía despedirme, como nunca pude hacer. Levanté lentamente la mano, acercándola a su rostro, acariciando su suave mejilla mojada por las lágrimas con las yemas de mis dedos, mi piel y su camisa seguían intactas sobre mi cuerpo a pesar del fuego. Siempre adoraba ver el hermoso fenómeno que se producía en ese instante; las llamas de mi mano se volvían azuladas, y conforme la acercaba lentamente a su rostro se iban extinguiendo, evitando la peligrosa caricia, como si una cúpula invisible de dióxido de carbono le protegiera del dolor.
- ¿No lo ves?- Preguntaba, como cada vez, ahogado por las lágrimas.- Me haces más daño tratando de apartar el dolor de mí que dejando que me queme, y como cada vez, hoy no podrás despedirte.
  La losa de culpa volvía a caer sobre mis hombros.
- Lo siento. - Cerré los ojos y bajé la cabeza, dejando escapar una pequeña lágrima de fuego que él jamás vería.
  Mi cuerpo despareció, convirtiéndose en una suave ráfaga de ceniza transportada por el viento que había comenzado a soplar con el extraño canto de las aves. Y allí se quedó él, inmóvil, junto con sus lágrimas inmóviles en su mejilla, los copos inmóviles sobre el aire y los cristales rotos de la rosa inmóviles sobre el hielo, cerrando lentamente los ojos y convirtiéndose para él el canto de los pájaros en un pitido incómodo que anunciaba el fin de la noche.

  Ahora era un recuerdo, el recuerdo de aquella vez, correteando por el pequeño bosque delimitado por el asfalto que había enfrente de mi casa. Corríamos entre carcajadas mientras la lluvia caliente del verano nos empapaba rápidamente, atravesando la capucha de mi sudadera y empapando mis piernas desnudas que sólo cubría parcialmente su minifalda favorita, con cada pisada, mis viejas converse se inhundaban y el agua helaba mis pies, pero en aquellos momentos no me importaba, me encontraba demasiado ocupada observando cómo su camiseta de manga corta empapada se pegaba a su cuerpo y como su pelo chorreaba, empapando su nuca. Paramos de correr, deteniéndonos cerca de la puerta de mi casa.
-Te tengo que dejar ya pequeña, voy a llegar a mi casa empapado.- El amor de sus ojos me llegaba como una ráfaga de felicidad.
- Vale, no pasa nada, desde aquí llego yo solita, no creo que me ataquen por el camino.- Con una pequeña risotada, me acerqué a él y de puntillas le di un suave beso de despedida que respondió atrapándome en un largo abrazo. Luego salí corriendo, con la suerte del tonto feliz, pisando todos los charcos que iban creciendo a mi paso sin importarme lo más mínimo.

  Ahora dormía en su cama, ahora le besaba con amor, ahora le gritaba enfadada por una estupidez, ahora le pedía disculpas, ahora le abraza mientras lloraba, ahora miraba con alegría por la ventanilla de su coche con el pelo revuelto por el viento, ahora le dibujaba un corazón de tinta azul en sus apuntes, ahora cantaba nuestra canción favorita...

  Ojalá pudiera borrarlo, reaccionar para decirle que no quería sentir su dolor, pero no era así, pues no había nada que decir ni sentir por mí misma, tan sólo era el recuerdo que él decidía que yo fuera, con tristeza y dolor me llevaba de un lado a otro con la esperanza de no dejarme morir, de hacerme inmortal en su pequeño mundo. Nadaba en un mar de imágenes e historias, recuperando pequeños retazos de su alegría pasada, pero no de su felicidad. Yo vivía en su recuerdo, era una vida hermosa, él me recordaba feliz, por lo tanto yo era feliz. Pero odiaba las noches, ellas tan sólo le daban el dolor, por lo que me lo daban a mí, le recordaban que nunca se podría librar de aquel sueño en el que desaparezco para siempre, hacían que me odiara, que me culpara por no seguir a su lado para siempre.
  Deseaba que el sueño desapareciera, cuando se olvidase esa pequeña parte de mí yo moriría un poco, pero él podría volver a encontrar la felicidad, y yo seguiría viviendo en sus difusos recuerdos, ya no tan dolorosos, que irían espaciándose con el paso del tiempo hasta desaparecer, llevándome al olvido a mí con ellos, lamentando solamente no poder ser yo quien le diese vida después de su muerte.

Zorita.




P.D: el último vídeo no me gusta, pero la letra de la canción quedaba bien con la historia xD

lunes, 25 de octubre de 2010

El Bosque

"—Date –conminó de nuevo– o te mato.
El capitán reflexionó un instante. Conocía la suerte que esperaba a los regicidas: torturados hasta la muerte y luego hechos cuartos. No era un futuro agradable.
—Mejor me matas.
Miraba el rostro barbudo del que hasta esa noche había sido su amigo –estaba perdiendo amigos con demasiada rapidez."


Dos personas llegaron a un mismo bosque en dos dimensiones paralelas. Las dos exploraron el bosque y decidieron que les gustaba, por ello, decidieron quedarse a vivir en el lugar.

La primera persona quería hacerse una casa, así que diseñó una mansión de mil metros cuadrados, taló todos los árboles que estaban en el lugar donde iba a construirla y con su madera se fabricó la mansión. La segunda persona también quería una casa, de modo que espero recogiendo las ramas que caían de los árboles, durmiendo al raso muchas noches, hasta que pudo construir una humilde cabaña en un pequeño claro, cerca de un álamo.

La primera persona descubrió que la maleza le dificultaba el paso, así que la arrancó toda y asfaltó un camino con alquitrán para caminar cómodamente. La segunda persona sin embargo decidió que la dificultad para caminar era algo que pertenecía al bosque, y aprendió a vivir con ello.

La primera persona encontró un gran lago transparente con corales en el fondo. Para aprovecharlo mejor, lo drenó completamente con un camión cisterna y se hizo una enorme piscina con jacuzzi en el porche de su mansión, cogió los corales que quedaban en el fondo y los empleó para hacer una exquisita decoración para su casa. La segunda persona, maravillada por la majestuosidad del lago, se construyó un diminuto muelle en una de sus orillas, con cuidado de no tocar demasiado el lago, y a este amarró una pequeña balsa que fabricó con las ramas que le sobraron de la cabaña. Y cada día cogió un cubo de agua para beber y regar el álamo que crecía junto a su cabaña.

La primera persona no podía dormir, los insectos le molestaban, así que fumigó todo el bosque, aniquiló a todos los insectos que quedaban vivos y la jugada le salió redonda, ya que con ellos cayeron los pájaros que de ellos se alimentaban y cuyo canto a aquella persona también le molestaba. La segunda persona indagó un poco, recolecto algunas frutas y se fabricó una loción que repelía a los insectos que se untaba en la piel cada noche.

Un día la primera persona miró a su alrededor y descubrió que ya no quedaba nada de bosque. Había moldeado a su antojo aquel lugar hasta que había perdido lo que lo hacía tan especial, entonces se sintió como si el bosque le hubiera abandonado.

Para la segunda persona ese día nunca llego.

Pequeña alegoría.

J.