lunes, 29 de noviembre de 2010
Kolo
jueves, 11 de noviembre de 2010
Inmortal.
Allí estábamos, sentados sobre el lago helado, en medio de la nada, yo únicamente vestida con su gran camisa negra, adornada por mi pelo desordenado al rededor de la cabeza, él llevaba aquéllos pantalones que tanto me gustaban, sus pies descalzos se deslizaban sobre el hielo como queriendo dibujarme una sonrisa. El vaho se escapaba de nuestros labios con cada respiración, atravesando los millones de diminutos copos de nieve que caían lentamente, casi estáticos en el aire, dando al ambiente un extraño aspecto mágico. La nieve rodeaba todo aquello a partir de los límites del lago, pero nosotros no sentíamos frío, no había nada malo que sentir allí, y ninguno de los dos, sumergidos en aquella extraña, mágica y sobrecogedora situación, íbamos a cuestionar su naturaleza, no nos atrevíamos, Morfeo así lo había querido, él nos lo había dado y él nos lo podía quitar.
-Tengo algo que entregarte...
-Lo sé mi amor, si tú lo sabes, yo lo sabré.
Con una breve inclinación de cabeza, él sacó de su espalda una preciosa rosa negra de cristal, los detalles eran tales en aquella hermosa escultura, que si no hubiera sido por su traslúcido aspecto no habría sabido diferenciarla de una verdadera rosa. Su belleza era sobrecogedora, estática, eterna. Las rosas eran hermosas no sólo por su belleza, si no porque ésta era efímera, cuando menos te lo esperabas había desaparecido, convirtiéndo la bella rosa en una rosa marchita, débil. Pero aún así la rosa seguirá siendo hermosa, su significado perdurará en tu recuerdo, recordándote que no todo dura para siempre ante tus ojos, pero sí en tu memoria. Sin embargo, el sentimiento de belleza en aquella rosa no existía, ella ya estaba muerta, por lo tanto su significado también lo estaba. Él no podía parar de pensar en ello una vez se dió cuenta, me había regalado una rosa muerta, sin belleza verdadera, tratando inconscientemente de reparar aquélla que yo ya había perdido, él no podía quitárselo ya de la cabeza, por lo tanto, yo tampoco. Sostenía la rosa entre sus manos, sus labios habían formado una mueca rabiosa, impotente y contenida, y con un gemido, las lágrimas comenzaron a brotar líquidas de sus ojos, convirtiéndose en pequeños cristales brillantes antes de chocar contra la superficie del lago y hacerse añicos. Al ver ésto, su rabia tomó por completo la expresión de su rostro, lanzando con fuerza la rosa de cristal sobre la superficie de hielo.
- ¡Ni siquiera mis lágrimas son ya de verdad! ¡Ni siquiera ellas tienen ya sentido! - Su grito quedó ahogado por el estruendo de cristales y hielo, pero su dolor me llegó desde el interior. Me quedé inmóvil, como hasta entonces, mientras una pequeña tristeza se iba apoderando de mí, creciendo en mi pecho. No era una tristeza con la que llorar, de la que intentar escapar para buscar desesperadamente la felicidad, ésta era ya una tristeza calmada, paciente, era la tristeza de quien no espera ya que vuelva la felicidad, era una tristeza que se mantendría allí hasta el fin verdadero de mi recuerdo. Él me miró, aún con los ojos inhundados en lágrimas de diamante, suplicante, pidiéndome que cambiase lo que sucedía. Pero él sabía ya que aquéllo no dependía de mí, que había quedado solamente en sus manos y en las del tiempo, y por lo tanto, yo lo sabía con él.
- Es la hora mi amor.
- No...no lo es, aún no han cantado los pájaros.
Una leve mirada de la misma tristeza se apoderó de mis ojos, quedando reemplazada rápidamente por el amor, que bullía en mi pecho y luchaba por salir a traves de mis ojos para encontrarse nuevamente con los suyos. Pero no era amor real, era aquél que él tanto deseaba volver a ver, que ya sólo existía en aquel hermoso lago. Bajé la cabeza y dejé que, como todas las noches, desde las puntas de mis dedos hasta mi interior, el fuego decidiera ponerle fin. Él, como siempre, gritó millones de súplicas, mientras sus lágrimas de cristal continuaban resbalando por sus mejillas. A mi alrededor, los copos suspendidos en el aire habían desaparecido, consumidos por el calor de mis llamas. Quería decirle que no me dolía, que ya había pasado, que me había resignado a ello y sólo deseaba que fuera feliz, pero Morfeo no me lo permitía, había decidido que era la hora de marcharse, llenando la estática imagen del lago con los cantos de unos pájaros inexistentes. Sí me iría, pero antes debía despedirme, como nunca pude hacer. Levanté lentamente la mano, acercándola a su rostro, acariciando su suave mejilla mojada por las lágrimas con las yemas de mis dedos, mi piel y su camisa seguían intactas sobre mi cuerpo a pesar del fuego. Siempre adoraba ver el hermoso fenómeno que se producía en ese instante; las llamas de mi mano se volvían azuladas, y conforme la acercaba lentamente a su rostro se iban extinguiendo, evitando la peligrosa caricia, como si una cúpula invisible de dióxido de carbono le protegiera del dolor.
- ¿No lo ves?- Preguntaba, como cada vez, ahogado por las lágrimas.- Me haces más daño tratando de apartar el dolor de mí que dejando que me queme, y como cada vez, hoy no podrás despedirte.
La losa de culpa volvía a caer sobre mis hombros.
- Lo siento. - Cerré los ojos y bajé la cabeza, dejando escapar una pequeña lágrima de fuego que él jamás vería.
Mi cuerpo despareció, convirtiéndose en una suave ráfaga de ceniza transportada por el viento que había comenzado a soplar con el extraño canto de las aves. Y allí se quedó él, inmóvil, junto con sus lágrimas inmóviles en su mejilla, los copos inmóviles sobre el aire y los cristales rotos de la rosa inmóviles sobre el hielo, cerrando lentamente los ojos y convirtiéndose para él el canto de los pájaros en un pitido incómodo que anunciaba el fin de la noche.
Ahora era un recuerdo, el recuerdo de aquella vez, correteando por el pequeño bosque delimitado por el asfalto que había enfrente de mi casa. Corríamos entre carcajadas mientras la lluvia caliente del verano nos empapaba rápidamente, atravesando la capucha de mi sudadera y empapando mis piernas desnudas que sólo cubría parcialmente su minifalda favorita, con cada pisada, mis viejas converse se inhundaban y el agua helaba mis pies, pero en aquellos momentos no me importaba, me encontraba demasiado ocupada observando cómo su camiseta de manga corta empapada se pegaba a su cuerpo y como su pelo chorreaba, empapando su nuca. Paramos de correr, deteniéndonos cerca de la puerta de mi casa.
-Te tengo que dejar ya pequeña, voy a llegar a mi casa empapado.- El amor de sus ojos me llegaba como una ráfaga de felicidad.
- Vale, no pasa nada, desde aquí llego yo solita, no creo que me ataquen por el camino.- Con una pequeña risotada, me acerqué a él y de puntillas le di un suave beso de despedida que respondió atrapándome en un largo abrazo. Luego salí corriendo, con la suerte del tonto feliz, pisando todos los charcos que iban creciendo a mi paso sin importarme lo más mínimo.
Ahora dormía en su cama, ahora le besaba con amor, ahora le gritaba enfadada por una estupidez, ahora le pedía disculpas, ahora le abraza mientras lloraba, ahora miraba con alegría por la ventanilla de su coche con el pelo revuelto por el viento, ahora le dibujaba un corazón de tinta azul en sus apuntes, ahora cantaba nuestra canción favorita...
Ojalá pudiera borrarlo, reaccionar para decirle que no quería sentir su dolor, pero no era así, pues no había nada que decir ni sentir por mí misma, tan sólo era el recuerdo que él decidía que yo fuera, con tristeza y dolor me llevaba de un lado a otro con la esperanza de no dejarme morir, de hacerme inmortal en su pequeño mundo. Nadaba en un mar de imágenes e historias, recuperando pequeños retazos de su alegría pasada, pero no de su felicidad. Yo vivía en su recuerdo, era una vida hermosa, él me recordaba feliz, por lo tanto yo era feliz. Pero odiaba las noches, ellas tan sólo le daban el dolor, por lo que me lo daban a mí, le recordaban que nunca se podría librar de aquel sueño en el que desaparezco para siempre, hacían que me odiara, que me culpara por no seguir a su lado para siempre.
Deseaba que el sueño desapareciera, cuando se olvidase esa pequeña parte de mí yo moriría un poco, pero él podría volver a encontrar la felicidad, y yo seguiría viviendo en sus difusos recuerdos, ya no tan dolorosos, que irían espaciándose con el paso del tiempo hasta desaparecer, llevándome al olvido a mí con ellos, lamentando solamente no poder ser yo quien le diese vida después de su muerte.
Zorita.
P.D: el último vídeo no me gusta, pero la letra de la canción quedaba bien con la historia xD
lunes, 25 de octubre de 2010
El Bosque
La primera persona no podía dormir, los insectos le molestaban, así que fumigó todo el bosque, aniquiló a todos los insectos que quedaban vivos y la jugada le salió redonda, ya que con ellos cayeron los pájaros que de ellos se alimentaban y cuyo canto a aquella persona también le molestaba. La segunda persona indagó un poco, recolecto algunas frutas y se fabricó una loción que repelía a los insectos que se untaba en la piel cada noche.
Un día la primera persona miró a su alrededor y descubrió que ya no quedaba nada de bosque. Había moldeado a su antojo aquel lugar hasta que había perdido lo que lo hacía tan especial, entonces se sintió como si el bosque le hubiera abandonado.
Para la segunda persona ese día nunca llego.
Pequeña alegoría.
J.
miércoles, 13 de octubre de 2010
The Fourth
"We're all one thing, Lieutenant. That's what I've come to realize. Like cells in a body. 'Cept we can't see the body. The way fish can't see the ocean. And so we envy each other. Hurt each other. Hate each other. How silly is that? A heart cell hating a lung cell." Donald Kaufman, The three.
The young man, tied up to a chair, stared at his opponent with the hate burning in his eyes.
–You fucking monster! How do you dare to do this to me?! I´ll kill you! and you– his eyes fell upon a figure who stood at the corner
–How can you let him to do what he wants? You, probably the best person in this room.
The man opposite to the chair laughed.
–Calm yourself down J. Or I must remember you how finished your reign? Let me think... Oooh yeah, I remember, with a fucking ocean of pain.
–He´s right J. He is on charge because is the better for all of us.
–Oh really? So tell me: How are you doing guys? Do you feel happier? Cause I´m actually not.
–Well, then cry. That´s what you know to do best aren´t you?
–You bastard! In fact I think that you know a lot of it too.
–Maybe but do you know something? At least my butt is not tied up to a chair yet.
–By the moment.
–Why are you always fighting? I can´t have a moment of peace...
–You know this is bad, you know that he just have brought pain to us and to others. J. Stop him now that you can.
–Actually I can´t, J. He have been in charge too much time, now he´s smarter than me.
–So close your mouth, what a hell of guy, stop babbling you give me headache.
–We´re doomed...
At this moment, the room´s door opened slowly, across the doorway, a young man was waiting to enter to the room. He was an average-heighted man, black curly hair, brown eyes and serious look painted in her face.
He advanced to penetrate into the room and closed the door behind him.
–And who the heck are you boy?
–You don´t know? I am the fourth, I´m here to fix your mistakes.
–My mistakes?! That´s incredible man, go away before I kick your butt to the stratosphere.
–I don´t think so, I am the next we want to be and I have strong ties to fight for.
J.´s face turned white, but he recovered quickly and adopted a defensive position.
–Well, you know how this thing works...
The newcomer adopted the same position and faced him.
–For your information I didn´t expected nothing less.
Fable.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Hoppeless
sábado, 3 de julio de 2010
No es país para memos
domingo, 27 de junio de 2010
Las suaves y frías gotas de lluvia caían sobre mis hundidos hombros, mojando la carga que se cernía sobre ellos con pequeñas dosis de culpa. Los pequeños pedacitos de cristal brillaban como estrellas escarlata en un oscuro fondo de asfalto, mientras los árboles alrededor se me antojaban viejos y sabios jueces, tristes testigos de mi insensatez. “Tú…tú…has sido tú…”, me susurraba el viento, acusador, “es tu culpa…para siempre...para ellas”. Y tenía razón, si no hubiera tenido tanta prisa por llegar a aquel sitio maldito, podría haber vuelto, evitando el asesinato de mi historia. Más adelante, un automóvil descansaba bajo un enorme sauce llorón, cubierto por sus muertas ramas, que atravesaban su techo y a su conductor, clavando a su vez una enorme estaca en mi pecho…maldita prisa, maldito antro, maldita idea, estúpida cabeza. El cielo tomaba poco a poco el color de la carretera, reflejo de la sangre que ahora la cubría. Caminé lentamente hacia el coche para siempre aparcado, introduciendo la cabeza por la ventanilla, observé aquel demacrado rostro ensangrentado; las lágrimas aún resbalaban por su inerte mejilla, surcando de ríos los desolados parajes de la piel de lo que antes fue mi rostro. Acaricié con la yema de mis insustanciales dedos el comienzo del pelo, dejando escapar finas lágrimas de mis inexistentes ojos, reflejo de las que aún permanecían en mi cuerpo. Pude imaginar en la guantera las fotos de aquella aún hermosa mujer a la que ya no podría pedir disculpas por mi estupidez, las suaves caritas de ojos azules de las mellizas, que ya ni siquiera volverían a ver a su padre para poder recordarlo.La gente se equivoca, pensé: la muerte no es lo terrible, lo terrible es el crimen, el asesinato de una vida, de una historia, la muerte de lo que podría haber sido la vida de aquellas personas de mis fotos. Y la causa fue mi inconsciencia; la consecuencia, la muerte; el castigo, la culpa.