Y de la semilla, nace la vida. Bajo una húmeda capa de tierra fértil, una pequeña semilla es abierta. Sus raíces, suaves y tiernas, alcanzan cuantos nutrientes pueden para permitir la germinación del tallo. Éste, cual topo en sus túneles, se abre paso a través de las capas de tierra que hay encima de él. Sin embargo, parece que el tramo nunca termina. El tallo sube y sube, pero no consigue alcanzar la luz. Por suerte, no se da por vencido y consigue resquebrajar el suelo. Mas no se encuentra lo que esperaba. No hay luz. No existe el brillante destello del sol. Sólo oscuridad. El cielo, totalmente apagado. Ni luna ni estrellas enturbian la sobrecogedora oscuridad. El recién nacido, asustado, no sabe qué hacer. Tiene miedo a crecer, pues esa oscuridad podría engullirlo. Su piel, verde brillante, adquiere tonalidades amarillentas frente a ese miedo repentino. No sabe qué hacer. De repente, sus raíces se mueven solas, sin preguntar a su voluntad. Buscan algo, pero... ¿qué? Ni siquiera el mismo tallo lo sabe. Ni siquiera sabe que el color marrón tenue de sus raíces se ha tornado oscuro, casi negro como el carbón. No sabe que esas raíces, que deberían dar vida, sólo traerán muerte. Aquello que buscan esas ennegrecidas raíces es algo a lo que aferrarse, como el marinero que se aferra a un tablón de madera despues del naufragio. Las raíces se aferran a la vida. Se aferran a la muerte. De pronto, encuentran algo enorme en comparación a su diminuto tamaño. Aunque lo más importante es que desprende alegría. Desprende vida. Las raíces se aferran a ello. Al instante, un agónico dolor recorre todo el camino que habían recorrido el tallo y las raíces hasta ahora. Seguidamente, un imperioso impulso por consumirlo todo. No se ha dado cuenta que ha perdido todo su verde vivaracho y que su sustituto es un ponzoñoso amarillo oscuro descolorido. Sin embargo, el dolor se atenua al absorber la vida a la que se han aferrado sus raíces. Ello le proporciona un placer extremo, casi orgásmico. Un placer morboso y macabro. El tallo se siente bien. Ya no recuerda el miedo a la oscuridad, por lo que retoma su crecimiento. Y a medida que crece, un halo de putrefacción se extiende a su alrededor. Muerte y caos se arremolinan tanto alrededor de las raíces como alrededor del tallo de la planta. Incluso las hojas han perdido su color verde vivo. Y cuando sus raíces no pueden extender más su aura de muerte, empiezan a agrandarse al mismo tiempo que la planta florece. Sus flores, de colores apagados, emiten un olor desagradable, propio de un cadáver en descomposicón. Sus formas grotescas espantan la poca vida que queda a su alrededor. La planta se siente satisfecha. No obstante, al poco tiempo, sus flores se pudren. No han logrado ser fecundadas. La planta se siente desolada. Se pregunta qué habrá hecho mal. Le queda poco tiempo. Se arrepiente de haber arrancado tanta vida. Sin embargo, su arrepentimiento no la curará de su desdicha ni de su muerte.
Kratos
Good job, mas vale tarde que nunca xD
ResponderEliminarPronto escribiré algo yo también, que ya me he tomado mucho tiempo.
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